Caras ocultas

Redacción

Por Redacción

Cuando 335 diputados de la Asamblea Nacional francesa contra uno votaron por prohibir “la disimulación del rostro” en espacios públicos no pensaban en los anarquistas o los extremistas de izquierda que, como los piqueteros de nuestro país, suelen cubrirse la cara a fin de intimidar mejor a los demás y no ser identificados por la policía sino en el desafío supuesto por la negativa de aquellos islamistas que se resisten a dejarse integrar. Si bien en Francia pocas mujeres llevan el burka, un invento afgano que supuestamente las protege de la lascivia masculina, o el niqab, una prenda levemente más reveladora, puede entenderse la preocupación de buena parte de la clase política gala por las tendencias separatistas de una minoría religiosa de aproximadamente 6 millones. A pesar de los esfuerzos por minimizar los peligros planteados por la creciente militancia islámica –los medios franceses suelen llamar “jóvenes” a los revoltosos que periódicamente protagonizan disturbios en gran escala, como los que en el 2005 provocaron tantos estragos en los suburbios dominados por musulmanes–, incluso los partidarios del multiculturalismo han llegado a la conclusión de que una cosa es tolerar las costumbres de los inmigrantes y otra muy distinta sería permitir que socavaran el consenso nacional sobre la igualdad sexual. En opinión del presidente Nicolas Sarkozy y de los 335 diputados, el uso del velo integral entre los musulmanes sirve para subrayar la condición inferior de la mujer. Comparten su punto de vista el grueso de los políticos belgas y muchos españoles e italianos. En los demás países europeos el tema aún no se considera prioritario, pero es de prever que la resistencia popular a permanecer pasivo frente a lo que se toma por una ofensiva cultural musulmana obligue a los parlamentarios a prestarle más atención. Para los contrarios a legislación que afectaría principalmente a los musulmanes, la “islamofobia” es una forma de racismo, pero sucede que por tratarse de un credo religioso hay musulmanes de todas las etnias concebibles. Así y todo, son los únicos que se niegan a asimilarse a la sociedad anfitriona. A diferencia de los inmigrantes hindúes, vietnamitas, chinos y africanos de otras creencias, una proporción significante de los musulmanes supone que las suyas justifican la resistencia a acatar las reglas de convivencia comunes. Por lo demás, el resurgimiento del extremismo islámico, un fenómeno atribuible a la convicción de que las sociedades occidentales son decadentes y que en consecuencia ha llegado la hora de librar contra ellas una guerra santa, ha dado pie a una multitud de agrupaciones terroristas sumamente agresivas que no vacilan en matar a quienes, según las pautas occidentales, son sus propios compatriotas pero que a juicio de los yihadistas les son irremediablemente ajenos. En teoría, la supremacía militar occidental sigue siendo abrumadora, pero la incapacidad de los norteamericanos y sus aliados de derrotar a los talibán en Afganistán o a los vinculados con la red Al Qaeda en Pakistán, Yemen y Somalia ha hecho pensar a los islamistas más fervientes que andando el tiempo podrían triunfar. Asimismo, se sienten alentados por la voluntad evidente de tantos gobiernos europeos y norteamericanos de intentar apaciguarlos haciéndoles concesiones, entre ellas la aprobación de leyes destinadas a prohibir la expresión de opiniones críticas del Islam so pretexto de que las manifestaciones de hostilidad de dicho tipo sólo servirían para radicalizar aún más a los ya militantes. Dadas las circunstancias, el miedo a hacer frente a los fanáticos es natural, puesto que se han mostrado capaces de reaccionar ante cualquier desaire, por menor que fuera, con atentados sanguinarios, pero brindar la impresión de debilidad podría resultar más peligroso todavía. Será por este motivo que los diputados franceses acaban de votar tardíamente a favor de una medida que reafirma sus propias tradiciones a sabiendas de que muchos musulmanes, incluyendo aquellos que creen que el uso del burka y el niqab es una costumbre bárbara, protestarán porque entienden que se trata de un intento por obligarlos a asimilarse a una sociedad comprometida con el laicismo que es muy pero muy distinta de la propuesta por el Corán.


Cuando 335 diputados de la Asamblea Nacional francesa contra uno votaron por prohibir “la disimulación del rostro” en espacios públicos no pensaban en los anarquistas o los extremistas de izquierda que, como los piqueteros de nuestro país, suelen cubrirse la cara a fin de intimidar mejor a los demás y no ser identificados por la policía sino en el desafío supuesto por la negativa de aquellos islamistas que se resisten a dejarse integrar. Si bien en Francia pocas mujeres llevan el burka, un invento afgano que supuestamente las protege de la lascivia masculina, o el niqab, una prenda levemente más reveladora, puede entenderse la preocupación de buena parte de la clase política gala por las tendencias separatistas de una minoría religiosa de aproximadamente 6 millones. A pesar de los esfuerzos por minimizar los peligros planteados por la creciente militancia islámica –los medios franceses suelen llamar “jóvenes” a los revoltosos que periódicamente protagonizan disturbios en gran escala, como los que en el 2005 provocaron tantos estragos en los suburbios dominados por musulmanes–, incluso los partidarios del multiculturalismo han llegado a la conclusión de que una cosa es tolerar las costumbres de los inmigrantes y otra muy distinta sería permitir que socavaran el consenso nacional sobre la igualdad sexual. En opinión del presidente Nicolas Sarkozy y de los 335 diputados, el uso del velo integral entre los musulmanes sirve para subrayar la condición inferior de la mujer. Comparten su punto de vista el grueso de los políticos belgas y muchos españoles e italianos. En los demás países europeos el tema aún no se considera prioritario, pero es de prever que la resistencia popular a permanecer pasivo frente a lo que se toma por una ofensiva cultural musulmana obligue a los parlamentarios a prestarle más atención. Para los contrarios a legislación que afectaría principalmente a los musulmanes, la “islamofobia” es una forma de racismo, pero sucede que por tratarse de un credo religioso hay musulmanes de todas las etnias concebibles. Así y todo, son los únicos que se niegan a asimilarse a la sociedad anfitriona. A diferencia de los inmigrantes hindúes, vietnamitas, chinos y africanos de otras creencias, una proporción significante de los musulmanes supone que las suyas justifican la resistencia a acatar las reglas de convivencia comunes. Por lo demás, el resurgimiento del extremismo islámico, un fenómeno atribuible a la convicción de que las sociedades occidentales son decadentes y que en consecuencia ha llegado la hora de librar contra ellas una guerra santa, ha dado pie a una multitud de agrupaciones terroristas sumamente agresivas que no vacilan en matar a quienes, según las pautas occidentales, son sus propios compatriotas pero que a juicio de los yihadistas les son irremediablemente ajenos. En teoría, la supremacía militar occidental sigue siendo abrumadora, pero la incapacidad de los norteamericanos y sus aliados de derrotar a los talibán en Afganistán o a los vinculados con la red Al Qaeda en Pakistán, Yemen y Somalia ha hecho pensar a los islamistas más fervientes que andando el tiempo podrían triunfar. Asimismo, se sienten alentados por la voluntad evidente de tantos gobiernos europeos y norteamericanos de intentar apaciguarlos haciéndoles concesiones, entre ellas la aprobación de leyes destinadas a prohibir la expresión de opiniones críticas del Islam so pretexto de que las manifestaciones de hostilidad de dicho tipo sólo servirían para radicalizar aún más a los ya militantes. Dadas las circunstancias, el miedo a hacer frente a los fanáticos es natural, puesto que se han mostrado capaces de reaccionar ante cualquier desaire, por menor que fuera, con atentados sanguinarios, pero brindar la impresión de debilidad podría resultar más peligroso todavía. Será por este motivo que los diputados franceses acaban de votar tardíamente a favor de una medida que reafirma sus propias tradiciones a sabiendas de que muchos musulmanes, incluyendo aquellos que creen que el uso del burka y el niqab es una costumbre bárbara, protestarán porque entienden que se trata de un intento por obligarlos a asimilarse a una sociedad comprometida con el laicismo que es muy pero muy distinta de la propuesta por el Corán.

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