El ser o no ser de la Eurozona
No bien logró derrocar al primer ministro griego Giorgos Papandreou, la alianza conformada por los líderes más poderosos de la Eurozona y los mercados financieros se las arregló para desalojar al italiano Silvio Berlusconi. De haberse debido las convulsiones financieras europeas a los errores supuestamente cometidos por Papandreou o al libertinaje atribuido a Berlusconi, la próxima salida de los dos mandatarios hubiera restaurado la tranquilidad pero, desde luego, los problemas son mucho más graves. Aunque los parlamentarios italianos se aprestaban para aprobar un nuevo ajuste destinado a impresionar a la canciller alemana Angela Merkel y al presidente francés Nicolas Sarkozy, la prima de riesgo de la deuda pública de su país se fue por las nubes, superando ampliamente el nivel alcanzado por las de Portugal, Irlanda y Grecia cuando se vieron obligados a pedir ser rescatados por sus socios de la Unión Europea. Sin embargo, mientras que los tres “periféricos” son países pequeños de peso económico limitado, Italia es un grande, de suerte que en su caso un fondo de rescate tendría que medirse en billones de euros. Puede que Alemania esté en condiciones de aportar el dinero necesario, pero por motivos comprensibles los alemanes no quieren verse obligados a subsidiar por tiempo indefinido a países de costumbres políticas y económicas que les parecen lamentables. A esta altura, pocos apostarían mucho a la supervivencia de la Eurozona. Ya es evidente que un proyecto que fue ideado con el propósito de apurar la unificación política de los distintos países de Europa ha resultado ser contraproducente al ampliar todavía más las diferencias que las separan. Mal que bien, los griegos, italianos, españoles y portugueses no son alemanes, y es poco probable que prosperen los esfuerzos de éstos por obligarlos a remodelar sus economías respectivas. Antes de la creación del euro, muchos economistas advirtieron que para funcionar no sólo en los buenos tiempos sino también en los malos sería necesario que los países decididos a usarlo formaran una unión fiscal, con un ministro de Economía con lo que en efecto serían “superpoderes”, porque de otro modo los desacostumbrados a la disciplina financiera exigida aprovecharía la oportunidad para acumular deudas que andando el tiempo no serían capaces de pagar. Es lo que ocurrió. Sería inútil culpar a los griegos, italianos, españoles y portugueses por lo que hicieron, ya que en circunstancias parecidas todos los gobernantes, incluyendo a los alemanes, actuarían del mismo modo, tomando deuda a las tasas fijadas por el mercado sin preguntarse si su propia trayectoria justificaba la confianza de los inversores. Los problemas de la Eurozona son estructurales. Tienen más que ver con la brecha creciente entre la productividad, y por lo tanto competitividad, de Alemania en comparación con sus socios sureños que con la eventual irresponsabilidad de aquellos gobernantes que ahora están en la picota. Por lo tanto, para asegurar la convergencia de las economías de la agrupación, o los alemanes tendrían que frenar su propio desarrollo, lo que por motivos patentes sería absurdo, o todos los demás tendrían que emularlos, adoptando políticas de austeridad equiparables con las tomadas años antes del estallido de la crisis financiera internacional por el gobierno del entonces canciller Gerhard Schröder. Parecería que lo entienden muy bien muchos dirigentes de Irlanda y los países del sur europeo, de ahí su voluntad declarada de llevar a cabo reformas estructurales drásticas, pero en todos los casos se ven obstruidos por la oposición de sindicatos resueltos a aferrarse a su “conquistas sociales”, de los empleados públicos y de muchos otros que insisten en que los cambios previstos sólo beneficiarían a una minoría ya rica y que, de todos modos, dicen sentirse víctimas de la prepotencia de Alemania, el FMI y especuladores que operan a través de los mercados. Para salvar el euro sería necesario que los socios menos competitivos de Alemania se sometieran a una serie de ajustes traumáticos sin ninguna garantía de que resultaran suficientes como para asegurarles una recuperación vigorosa después de años de estancamiento y desempleo alto, motivo por el que son cada vez más los convencidos de que la Eurozona tiene los días contados.