60 años de «Paint It Black», de Los Rolling Stones: música para un mundo enrarecido

El 7 de mayo de 1966, Los Rolling Stones editaron uno de sus hits más icónicos. Incluido en Aftermath, cuarto álbum de estudio de la banda, la composición sobresale por la interpretación del sitar de Brian Jones.

Por Juan Mocciaro

Brian Jones era un genio. Era el espíritu genuinamente creativo de Los Rolling Stones. El músico capaz de llevar a la banda a otra dimensión estética. Era guitarrista, pero su condición de multiinstrumentista le permitía llevar la música stone a nuevas estructuras. Pero era un genio demasiado inestable, una personalidad compleja cada vez más difícil de controlar. Un tipo peligros, abuso de drogas mediante.
Y estaba en la mira de Andrew Loog-Oldham, el manager que mejor entendió cómo hacer para y competir en la era beatle y no disolverse (ni enloquecer) en el intento. Loog-Oldham ya tenía resuelto que nada ni nadie rompería ese diamante en bruto que había resultado ser Jagger & Richards. Menos aún, Brian Jones.


Cada vez más desinteresado en la guitarra, Jones se interesó cada vez más en cualquier otro instrumento que ninguno de sus compañeros supiera tocar y darles a las canciones de Los Rolling Stones un toque diferente a todo. Estaban muy bien los riffs de Richards, las líneas de bajo de Wyman o el pulso de Watts, pero… ¿qué es eso que se escucha allí? Es Brian Jones.


Eso pasó en “Paint It Black”, el gran hit que Los Rolling Stones grabaron en marzo de 1966, incluyeron en la edición estadounidense de Aftermath y editaron como single el siete de mayo de aquel año. Algo raro sonaba allí. Por supuesto, era Brian Jones tocando el sitar.


Por entonces, Los Rolling Stones era una banda bajo presión, necesitaban un nuevo éxito y no veían muy claro que “Paint It Black” lo fuera. Los Stones habían liderado las listas desde el verano de 1964, pero solo un año antes, con el lanzamiento de “The Last Time” en febrero de 1965, habían empezado a triunfar con material original de Jagger y Richards. Le siguieron una serie de números uno, una racha ganadora que no querían romper. Sin embargo, sentían que les faltaba algo fuerte. No era para menos, venían de pegarla con éxitos anteriores como “(I Can’t Get No) Satisfaction” y “19th Nervous Breakdown”.

Brian Jones y el sitar, una combinación que elevó la música de los Stones.


Y ahí estaban, empantanados con “Paint It Black”. Entonces, tras escuchar la última reproducción, Bill Wyman tuvo una idea inusual. “Sugerí usar los pedales del órgano Hammond”, dijo el bajista. “Me tiré en el suelo debajo del órgano y toqué un segundo riff de bajo en los pedales, con los puños, a doble velocidad”.


El efecto engrosó de inmediato los graves de la canción, tal como Wyman había previsto, pero, más importante aún, la desvió de su sentido inicial. La canción se adentraba en un territorio mucho más exótico del que los Stones habían explorado hasta entonces.


Pero será Brian Jones que tenga la última palabra: en vez de la guitarra, tocó el sitar y lo hizo increíble. Destacando la melodía vocal en las estrofas y aportando a la canción su singular y conmovedor riff de introducción. Luego del punteo de Richards que abre la canción, el golpe de la batería de Richards y el sitar de Jones marcarán el tono definitivo a una de las canciones emblemáticas de Los Rolling Stones. “Fue más que un simple adorno”, tuvo que reconocer Oldham. “A veces, Brian le daba cohesión a todo el disco”. Con el retumbar de la batería bajo el inquietante zumbido del sitar, “Paint It Black” era el sonido del peligro: un escalofriante presagio de un terror inminente. Ese terror era Vietnam.


Brian Jones era un genio. Era el espíritu genuinamente creativo de Los Rolling Stones. El músico capaz de llevar a la banda a otra dimensión estética. Era guitarrista, pero su condición de multiinstrumentista le permitía llevar la música stone a nuevas estructuras. Pero era un genio demasiado inestable, una personalidad compleja cada vez más difícil de controlar. Un tipo peligros, abuso de drogas mediante.
Y estaba en la mira de Andrew Loog-Oldham, el manager que mejor entendió cómo hacer para y competir en la era beatle y no disolverse (ni enloquecer) en el intento. Loog-Oldham ya tenía resuelto que nada ni nadie rompería ese diamante en bruto que había resultado ser Jagger & Richards. Menos aún, Brian Jones.

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