Assange no debe aceptar el asilo que México le ofrece

Carlos Loret de Mola A. *

Desde su conferencia mañanera, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), cotidianamente insulta y calumnia a los periodistas que sacan a la luz la corrupción o la ineficacia de su gobierno. En sus primeros dos años de mandato, según la consultora Spin, atacó más de 800 veces a medios y periodistas.
Desde el mismo escenario, recientemente anunció su intención de desaparecer el Instituto Nacional de Transparencia. Dice que cuesta mucho dinero mantenerlo y no le encuentra “propósito social”. Sin la plataforma de datos abiertos que abriga esa institución, es probable que la mayor parte de los escándalos de corrupción de sus colaboradores y familiares en este sexenio no habría sido descubierta.


Por ello, bajo ningún parámetro puede considerarse a AMLO un defensor de la libertad de expresión ni del derecho a la información. Todo lo contrario. La intolerancia a la crítica y a la información independiente han sido marca de su gestión. Varios organismos internacionales defensores de los derechos de los periodistas han emitido alertas condenando estas actitudes que empiezan por el presidente pero permean a todo su gobierno en uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo.


Sin embargo, el presidente anunció hace dos semanas que su gobierno le ofrecía asilo político al activista australiano Julian Assange, encarcelado en Reino Unido. AMLO adelantó que la Cancillería mexicana haría “gestiones” para que Assange sea indultado y México lo reciba como asilado, “porque es un periodista y merece una oportunidad”.


Esta oferta de asilo tiene dos lecturas inmediatas. La primera es que, con un gesto de esta envergadura internacional, AMLO busca maquillar frente al mundo su verdadero rostro. El presidente que se resiste a la transparencia y detesta a cualquier periodista que no se somete a su estrategia propagandística permanente quiere que en el concierto internacional lo vean como el demócrata que abrió las puertas del asilo al famoso activista.

Assange no debe aceptar el asilo en México porque no debe prestarse al juego perverso de AMLO. No debe convertirse en el candil de la calle que facilite al mandatario mexicano mantener la oscuridad en la casa.
Una segunda lectura tiene que ver con la posición que está adoptando el presidente frente a Estados Unidos y su flamante presidente, Joe Biden. Ese país busca procesar a Assange por conspiración para robar y divulgar información clasificada, poner en riesgo la seguridad nacional y espionaje. En 2010, siendo vicepresidente en la administración de Barack Obama, Biden se refirió a Assange como un “terrorista de alta tecnología”.


A diferencia del trato amistoso que ha dado el exmandatario de ese país, Donald Trump, AMLO ha sido áspero con Biden. A Trump no lo criticó jamás, por duro que fuera con México y los mexicanos. A Trump le dedicó el único viaje al extranjero que ha hecho: lo visitó en la Casa Blanca en medio de la campaña presidencial para llenarlo de elogios y convertirse en un ejemplo para atraer el voto latino. Cedió a sus chantajes y acató al pie de la letra las instrucciones de política migratoria que le giró desde Washington, a costa de borrar sus propias promesas de privilegiar los derechos humanos de los migrantes.


No puede considerarse a AMLO un defensor de la libertad de expresión. Todo lo contrario. La intolerancia a la crítica y a la información independiente han sido marca de su gestión.



Con Biden la actitud ha sido diametralmente opuesta. Se negó a reconocer su triunfo cuando el resto del mundo lo hizo, con la excusa de esperar a que se agotara el proceso legal, e incluso alentó indirectamente las versiones infundadas de Trump de que se había llevado a cabo un fraude electoral, al compararlo con sus propias querellas de fraude en el pasado. Cuando finalmente envió una felicitación a Biden, lo hizo en términos hostiles.

AMLO no condenó el ataque al Congreso de Estados Unidos, en contraste con líderes democráticos del mundo. Y unas horas después de que se negó la extradición de Assange a Estados Unidos, decidió ofrecerle asilo. Más recientemente, acusó a la Administración de Control de Drogas estadounidense de fabricar un caso contra Salvador Cienfuegos, exsecretario de la Defensa Nacional.


Las razones estratégicas de la idea de ofrecer asilo a Assange, si es que las hay, no se han explicitado. Puede interpretarse como otra señal de hostilidad al nuevo presidente estadounidense. ¿Para endurecer la postura mexicana frente a previsibles presiones del gobierno de Biden en materia comercial, laboral, energética, ambiental, de libertades democráticas? ¿Como parte de una decisión de buscar pelea con “el imperio”, al estilo de los regímenes de Venezuela, Nicaragua o Cuba, para victimizarse y justificar la falta de resultados domésticos? La respuesta se verá en las próximas semanas y meses.


Porque eso de que lo hizo por el deseo de proteger a un periodista no se lo cree nadie. No con la historia pública de AMLO, que siempre ha concebido a la prensa como un brazo de propaganda y que no duda en atacarla cuando no le gusta lo que publica. No con su estrategia explícita de desmantelar las instituciones autónomas que auditan y obligan al gobierno a la transparencia.

* Columnista de The Washington Post


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