Aterrizaje chino
Según la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, la francesa Christine Lagarde, la crisis cuyo epicentro actual se ubica en la Unión Europea amenaza con provocar una depresión mundial comparable con la que hizo tan terribles los años 30 del siglo pasado. Días atrás advirtió que “no hay una sola economía en el mundo, ni los países de bajos ingresos, los mercados emergentes, los países de ingresos medios o las superavanzadas economías que será inmune a la crisis que vemos que no sólo se está extendiendo sino intensificándose”. El pesimismo que se ha apoderado de la titular de un organismo cuyos representantes entienden muy bien la importancia de la confianza en el ámbito de los negocios se debe no sólo a la escasa voluntad de los líderes europeos de tomar las medidas que se suponen necesarias para estabilizar la Eurozona sino también a lo que está ocurriendo en China. Aunque las estadísticas chinas son a menudo tan arbitrarias como las nuestras, últimamente se han multiplicado las señales de que la nueva locomotora de la economía mundial está desacelerándose con rapidez alarmante. Si bien el gobierno nominalmente comunista prevé que el año que viene China seguirá creciendo a una tasa que podría calificarse de kirchnerista, no parecen compartir su punto de vista los inversores extranjeros que desde mediados de año están buscando otros lugares a su juicio más seguros. También motivan preocupación una burbuja inmobiliaria parecida a aquella cuyo estallido contribuyó tanto a frenar la expansión de la economía española –según se informa, abundan los barrios fantasma llenos de edificios nuevos deshabitados– y los síntomas de malestar social que están proliferando a lo ancho y lo largo del inmenso país. De acuerdo común, China tiene que mantener un ritmo de crecimiento de por lo menos el 8% anual porque una tasa inferior tendría repercusiones sociales muy negativas tanto en los centros urbanos como en las paupérrimas zonas rurales. El “modelo” chino, como otros de Asia oriental, se basa en la exportación de bienes manufacturados. Aunque las autoridades comunistas, conscientes de que hay un límite a lo que el resto del mundo está en condiciones de comprar, quieren estimular la demanda interna, parecería que, fuera de algunos enclaves que se han hecho célebres por los gustos extravagantes de los recién enriquecidos, los sumamente ahorrativos chinos están menos dispuestos que los europeos o norteamericanos a entregarse al consumismo. Así las cosas, la recesión que están experimentando Europa y, en menor medida, Estados Unidos ha tenido un impacto muy doloroso en las zonas fabriles de Shanghai y otras ciudades. Para remediar la situación el gobierno chino se ha propuesto emprender una ofensiva exportadora en Rusia y otros países “emergentes”, pero en ellos el poder adquisitivo es una mera fracción del de la Unión Europea y Estados Unidos, de suerte que sólo sería cuestión de un paliativo. Por lo demás, los gobiernos de los emergentes son aún más propensos que los de los países desarrollados a erigir barreras proteccionistas para defender a los productores locales contra una eventual “invasión” china. En todas partes las crisis económicas suelen tener consecuencias políticas, pero mientras que en las democracias consolidadas es habitual que tomen la forma de un cambio de gobierno, como ha sido el caso en España, Italia y Grecia, en China una desaceleración abrupta plantearía un riesgo muy grave al sistema político mismo. Desde hace más de treinta años la supuesta legitimidad de la dictadura del Partido Comunista chino descansa en los muy exitosos resultados de su política económica “liberal”, la que ha beneficiado enormemente a centenares de millones de personas, ya que a esta altura a muy pocos les interesa la ideología marxista. Así las cosas, de producirse una crisis económica grave, aun cuando se debiera a los problemas de Europa y Estados Unidos, al régimen comunista, que en muchas partes del país ya es blanco de protestas violentas a causa de la corrupción insolente de los funcionarios, no le resultaría del todo fácil seguir justificando su monopolio del poder. Puede entenderse, pues, la preocupación que sienten los convencidos de que el largamente previsto “aterrizaje forzoso” de la economía china no tardará en concretarse.
Según la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, la francesa Christine Lagarde, la crisis cuyo epicentro actual se ubica en la Unión Europea amenaza con provocar una depresión mundial comparable con la que hizo tan terribles los años 30 del siglo pasado. Días atrás advirtió que “no hay una sola economía en el mundo, ni los países de bajos ingresos, los mercados emergentes, los países de ingresos medios o las superavanzadas economías que será inmune a la crisis que vemos que no sólo se está extendiendo sino intensificándose”. El pesimismo que se ha apoderado de la titular de un organismo cuyos representantes entienden muy bien la importancia de la confianza en el ámbito de los negocios se debe no sólo a la escasa voluntad de los líderes europeos de tomar las medidas que se suponen necesarias para estabilizar la Eurozona sino también a lo que está ocurriendo en China. Aunque las estadísticas chinas son a menudo tan arbitrarias como las nuestras, últimamente se han multiplicado las señales de que la nueva locomotora de la economía mundial está desacelerándose con rapidez alarmante. Si bien el gobierno nominalmente comunista prevé que el año que viene China seguirá creciendo a una tasa que podría calificarse de kirchnerista, no parecen compartir su punto de vista los inversores extranjeros que desde mediados de año están buscando otros lugares a su juicio más seguros. También motivan preocupación una burbuja inmobiliaria parecida a aquella cuyo estallido contribuyó tanto a frenar la expansión de la economía española –según se informa, abundan los barrios fantasma llenos de edificios nuevos deshabitados– y los síntomas de malestar social que están proliferando a lo ancho y lo largo del inmenso país. De acuerdo común, China tiene que mantener un ritmo de crecimiento de por lo menos el 8% anual porque una tasa inferior tendría repercusiones sociales muy negativas tanto en los centros urbanos como en las paupérrimas zonas rurales. El “modelo” chino, como otros de Asia oriental, se basa en la exportación de bienes manufacturados. Aunque las autoridades comunistas, conscientes de que hay un límite a lo que el resto del mundo está en condiciones de comprar, quieren estimular la demanda interna, parecería que, fuera de algunos enclaves que se han hecho célebres por los gustos extravagantes de los recién enriquecidos, los sumamente ahorrativos chinos están menos dispuestos que los europeos o norteamericanos a entregarse al consumismo. Así las cosas, la recesión que están experimentando Europa y, en menor medida, Estados Unidos ha tenido un impacto muy doloroso en las zonas fabriles de Shanghai y otras ciudades. Para remediar la situación el gobierno chino se ha propuesto emprender una ofensiva exportadora en Rusia y otros países “emergentes”, pero en ellos el poder adquisitivo es una mera fracción del de la Unión Europea y Estados Unidos, de suerte que sólo sería cuestión de un paliativo. Por lo demás, los gobiernos de los emergentes son aún más propensos que los de los países desarrollados a erigir barreras proteccionistas para defender a los productores locales contra una eventual “invasión” china. En todas partes las crisis económicas suelen tener consecuencias políticas, pero mientras que en las democracias consolidadas es habitual que tomen la forma de un cambio de gobierno, como ha sido el caso en España, Italia y Grecia, en China una desaceleración abrupta plantearía un riesgo muy grave al sistema político mismo. Desde hace más de treinta años la supuesta legitimidad de la dictadura del Partido Comunista chino descansa en los muy exitosos resultados de su política económica “liberal”, la que ha beneficiado enormemente a centenares de millones de personas, ya que a esta altura a muy pocos les interesa la ideología marxista. Así las cosas, de producirse una crisis económica grave, aun cuando se debiera a los problemas de Europa y Estados Unidos, al régimen comunista, que en muchas partes del país ya es blanco de protestas violentas a causa de la corrupción insolente de los funcionarios, no le resultaría del todo fácil seguir justificando su monopolio del poder. Puede entenderse, pues, la preocupación que sienten los convencidos de que el largamente previsto “aterrizaje forzoso” de la economía china no tardará en concretarse.
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