Aún en cuarentena

Por Redacción

A juzgar por lo dicho por sus voceros y por las medidas que ha tomado, el gobierno está convencido no sólo de que ya tiene un «plan» económico viable, sino también de que está funcionando de forma más que adecuada, de suerte que debería hacer lo posible por impedir que los demás lo obstaculicen. En efecto, tanto el presidente Néstor Kirchner como el ministro de Economía, Roberto Lavagna, han repetido una y otra vez que no firmarán ningún acuerdo con el FMI que ponga en peligro el crecimiento, actitud que no tendría mucho sentido a menos que se basara en el presupuesto de que siempre y cuando logren mantener a raya a los «liberales» u «ortodoxos» y los empresarios foráneos, la economía continuará recuperándose hasta que por fin el país esté en condiciones de prestar atención a los reclamos de los acreedores, de los dueños de las empresas privatizadas y de aquellos gobernantes extranjeros que, por los motivos que fueran, insisten en reclamarle reformas profundas que a su juicio no serían positivas ni necesarias.

Kirchner y Lavagna parecen creer que las tácticas dilatorias que eligieron no deberían atribuirse a que todavía no han conseguido confeccionar «un plan» coherente, como pretenden sus críticos, porque se basan en su decisión de defender lo argentino contra una ofensiva emprendida por quienes quieren volver a enriquecerse a expensas de la gente. Con todo, aunque Kirchner y Lavagna tuvieran razón en cuanto a los méritos del «modelo» efectivamente existente que aspiran a consolidar, esto no significaría que los costos de demorar ciertas decisiones con la esperanza de que el país siga sorprendiendo a los economistas no resultaran excesivos.  Conforme a algunos cálculos, por rehusar llegar a un acuerdo cuanto antes con los acreedores más importantes ya hemos perdido varios miles de millones de dólares. Hayan exagerado o no los responsables de tales análisis, cuando de las finanzas se trata el viejo adagio norteamericano, «el tiempo es dinero», aunque sólo fuera a causa de los intereses, conserva toda su validez, motivo por el que en situaciones como la provocada por el default casi siempre es mejor apurarse que intentar estirar las negociaciones. Asimismo, si bien en la actualidad las tasas de interés internacionales son insólitamente bajas, lo que debería ayudar a los países «emergentes» que estén dispuestos a ofrecer un poco más, no hay ninguna garantía de que tal situación se perpetúe.

Otro factor que el gobierno tendrá que tomar en cuenta es el precio que estamos pagando por vernos aislados de los mercados de crédito y de inversiones. Cuanto más tiempo permanezcamos marginados, mayor se hará el atraso de la industria y de aquellos servicios que requieren renovaciones constantes. Sin embargo, aun cuando el escepticismo del FMI y los gobiernos del Primer Mundo frente a las perspectivas del país a menos que se concreten muy pronto algunas reformas políticamente difíciles se inspirara en nada más que su ignorancia o en prejuicios ideológicos absurdos, tendrían que transcurrir varios años antes de que por fin aceptaran que Kirchner y Lavagna han acertado al negarse a dejarse conmover por sus planteos, años en los que los inversores, incluyendo a los argentinos, continuarían optando por boicotearnos.

Así las cosas, convendría que el gobierno aclarara cuanto antes cuál es su actitud, explicando en detalle su «plan», si es que ya tiene uno, a fin de defenderlo contra sus críticos o, caso contrario, poniendo en marcha un programa de reformas internas y ofreciendo a los acreedores una propuesta genuina para que de este modo la idea de que la Argentina está por solucionar los problemas ocasionados por el default nos deje salir de la cuarentena financiera en la que estamos internados desde hace más de un año y medio. Hasta ahora, la escasa información difundida por el gobierno acerca de sus intenciones a mediano plazo se ha visto imputada a su necesidad de familiarizarse con la situación en la que el país se encuentra, pero sucede que, a pesar de que ya han transcurrido más de dos meses desde que Kirchner iniciara su gestión, los lineamientos de lo que será su «proyecto económico» siguen siendo tan borrosos como eran cuando, para sorpresa de muchos, fue declarado el próximo presidente de la República.


Exit mobile version