Ausentes, blancos, disponibles y volátiles
Antonio Camou (*)
De aquí a las elecciones de octubre los principales candidatos se enfrascarán en una lucha sin cuartel por mejorar los resultados obtenidos en las PASO del domingo pasado. Ya no hay margen para formar nuevas coaliciones electorales: la suerte está echada; mientras el oficialismo marchará unido, la oposición que no pudo, no supo o no quiso acordar en junio ya no podrá reunirse en primavera. Por eso, buena parte del esfuerzo de los equipos de campaña estará especialmente concentrada en desentrañar la ecuación ABDV: ausentes, blancos, disponibles y volátiles. Ausentes sin aviso. En el 2011, la asistencia a las urnas en las PASO fue del 81,41%, mientras que este año la participación fue mucho más baja: 73,96%. La participación en la elección presidencial del 2011, que terminó ganando Cristina Fernández de Kirchner por amplio margen, se ubicó más cerca del primer guarismo: 79,38%. Recalcular una estrategia para atraer a estos eventuales votantes puede agregar puntos decisivos a cualquier candidato. Un detalle digno de atención: comparado con el 2011, el padrón actual creció alrededor de un 10% (en cifras redondas, de casi 29 millones pasó a tener 32); parte del crecimiento se explica porque ahora integraron la nómina los jóvenes de entre 16 y 18 años, que tienen voto “optativo” por la ley promulgada en el 2013. ¿Quiénes son estos ausentes? ¿Hubo mayor ausentismo entre la categoría de votantes jóvenes? ¿Podrán los candidatos elaborar un discurso con propuestas capaces de interpelarlos? ¿Blanco que te quiero blanco? El nivel de voto en blanco fue básicamente similar entre las PASO del 2011 (4,44%) y las de este año (4,27), pero levemente superior al consignado en la elección presidencial del 2011: 3,50%. Es cierto, son décimas de diferencia, pero hay que ver cuántas carreras se pierden (o se ganan) en la vida por décimas de segundo. Estoy disponible, ¿me llamás? Aquí el asunto empieza a complicarse un poco. En principio, podemos calificar de “disponibles” los votos de todos los candidatos que no superaron la prueba de las PASO. Posiblemente algunos de esos votantes terminen alimentando la cuota de ausentes, blancos o anulados en la elección de octubre, pero otros seguramente reorientarán sus preferencias hacia las fuerzas que todavía siguen en carrera. Es un universo heterogéneo que podría dividirse en cinco segmentos. En primer lugar, los seguidores de la izquierda partidaria (Jorge Altamira, Manuela Castañeira y Alejandro Bodart) difícilmente vuelquen sus votos a los candidatos más identificados con el centro político. En segundo lugar, tenemos los poco más de 100.000 votantes que apostaron por el sindicalista Víctor de Gennaro, de la Alianza Frente Popular (0,5%). Un tercer grupo lo integran los casos más enigmáticos de Mauricio Yattah del Partido Popular, con el 0,38% de los votos, y Raúl Albarracín, del Movimiento de Acción Vecinal, que quedó a la cola con un 0,17% de los sufragios. Y, por supuesto, el espacio mayor: por un lado, el 5,8% de votos de origen “radical” (Sanz más Carrió) que Macri debe fidelizar tras su candidatura y, por otro, el manjar más apetecible: 1.403.908 almas (6,4%) que sufragaron por el cordobés José Manuel de la Sota. ¿Vuela, vuela? En un marco de identidades partidarias débiles, de fuerte personalización de la política y de ausencia de propuestas estratégicas que estructuren el debate público, la similitud de perfiles entre los principales contendientes puede movilizar –a último momento– a una porción significativa de votantes de un bando a otro. Estos movimientos bruscos y de difícil previsión suelen ser catalizados por alguna variable “exógena” (la economía, el estado del tiempo, un hecho de violencia, etcétera) que se sale de madre o por el derrape de algún candidato ante una situación coyuntural (el injustificable viaje de Scioli a Italia en medio de las inundaciones de la provincia de Buenos Aires es un buen o, mejor dicho, un mal ejemplo). En este contexto, el grueso de la lucha operará en dos niveles: de una parte, el trío formado por Scioli-Macri-Massa tratará de transformar el voto de candidatos que obtuvieron una magra cosecha electoral nacional (Stolbizer, 3,51%, o Rodríguez Saá, 2,11%) en un “voto útil” para definir la elección presidencial; de otra, la competencia al interior del trío mayor será palmo a palmo y cuerpo a cuerpo: ¡cada voto sacado al principal contrincante vale doble! Una última consideración. El juego electoral de aquí a octubre (como las PASO que ya vivimos) no se dará en un terreno plano con un juez imparcial arbitrando la competencia. Más bien todo lo contrario: habrá una cancha inclinada a favor de Scioli, quien contará con abundantes recursos de poder, dinero, logística y publicidad provenientes del Estado nacional, fuera de todo control. A esto debe agregarse un detalle que puede ser crucial: el candidato del Frente para la Victoria, que hoy figura a la cabeza de la elección con una buena luz de distancia, tiene a la vista una amplia franja de votantes de origen “peronista” (De la Sota, Rodríguez Saá, el propio Massa) para acercar a su ambicioso e indiscriminado molino. Tanto a nivel de acuerdos de cúpula como en términos de bases electorales, el exmotonauta parece contar con un margen de maniobras algo mayor que el del titular de Cambiemos. Claro que nadie tiene el destino comprado y la última palabra la tendrán siempre los ciudadanos y las ciudadanas; en este caso, sobre todo, los que estuvieron ausentes, los que votaron en blanco, los que quedaron disponibles y los que acabarán volando de un nido a otro en mitad de la tormenta. (*) Sociólogo. Miembro del Club Político Argentino