Barreiro, una carta, un “Nabo”...

Durante la dictadura, un grupo de veteranos sepultureros y “morgueros” del cementerio central de Córdoba mandó una carta pidiendo aumento de sueldos. Consideraban que era trabajo a destajo enterrar los cuerpos que la tortura destrozaba. Por Carlos Torrengo.

DERECHOS HUMANOS

Jorge Rafael Videla leyó la carta. Y con desdén propio de ser duelo de vida y muerte, la olvidó sin más. Pero cometió un error. Rústicos en materia de funcionamiento neuronal, los generales de aquel régimen solo tuvieron habilidad para cometer errores. Soberbios, no estaban en condiciones psíquicas de entender que la vida suele ser dialéctica pura. Y porque no lo entendieron, fueron los únicos generales del mundo que se derrotaron a sí mismos.

El error de Videla fue guardar la carta en armario de la Rosada.

En 1981 la dictadura mudó de mando. Entonces, fue el turno de un general de rostro abotagado. Cianótico. Con dedos de manos que denunciaban problemas de oxigenación. Dedos con uñas “palillo de tambor”, define la clínica médica.

Se llamó Roberto Viola. Compinche total de Videla. Espalda con espalda. Un único reconocimiento merece desde la historia, esa relación: A capa y espada resistieron el embate de un grupo de asesinos que con entorchados de generales. Querían la guerra con Chile por tres rocas que no valen ni siquiera la muerte de las rudas ovejas que raspan el musgo de ese suelo que solo sabe de vientos huracanados. Las islas del Beagle.

Pero a Viola lo echaron de la Rosada por inútil. Y se fue sin saber que aquella carta estaba a metros suyos.

Fue entonces la hora de Leopoldo Fortunato Galtieri. El “El general majestuoso”, lo definió el Departamento de Estado de los EE.UU. Este “majestuoso” - que cuando entre vaso y vaso se empecinaba hablar en inglés solo lo entendían los catalanes -, tampoco supo de aquella carta que tenía a metros suyos.

Lo suyo era Malvinas. Y si Malvinas salía bien, atravesar Chile a bordo de un blindado. Como el nazi Rommel atravesó el norte de África. Porque en el delirio militarista de Galtieri, había que tirarse sobre Chile. Pero piruetas tiene la historia. Rommel y Galtieri se toparon con los tercos ingleses, que los aplastaron.

Pero seamos indulgentes con el “majestuoso”. Porque cuando se metió con Inglaterra, comenzó a germinar la democracia argentina.

¡Le debemos tanto a él y a la admirable Margarita Thatcher!

Y la carta seguía en la Rosada cuando llegó el último dictador de lo que ya era la hilacha de una dictadura: Reynaldo Bignone. El hombre que con gestos furiosos y la Colt 45 sobre su escritorio, le grito histéricamente a una madre desencajada por la angustia: “¡Señora, a los terroristas los matamos, los matamos!”.

Macho el general. Días después, aquella madre hoy abuela famosa, recibía el cuerpo de su hija. Torturada. Asesinada a balazos. No estaba el nene que aquella hoy abuela sabía que su hija había tenido en el campo de concentración.

Hoy aquel general se acerca a los ´90 años. Esta preso por violador de derechos humanos.

Nunca supo de la carta que seguía en la Rosada.

Y un día, un hombre digno llegó a la Rosada. Se llamó Raúl Alfonsín.

Y alguien de su entorno, revolviendo el desbarajuste dejado por la estampida de los dictadores, encontró la carta enviada a Videla a poco andar la dictadura.

Y esa carta se convertiría, de cara al juicio a las juntas militares, en un documento inapelable sobre el horror desencadenado por la dictadura.

Estaba escrita por un grupo de veteranos sepultureros y “morgueros” del cementerio central de Córdoba. Pedían aumento de sueldo debido a que en las madrugadas los militares les traían docenas de cuerpos destrozados por la tortura y asesinados a balazos. Cuerpos deshechos. Orden clara: enterrarlos sin más. Tarea que desequilibraba a morgueros y sepultureros por los términos en que llegaba esa muerte.

Muerte que tenía un orígen: los campos de concentración a cargo del Tercer Cuerpo de Ejército. Un matadero a cargo del general Luciano Benjamín Menéndez. El “Cachorro” Menéndez, consumado asesino. Hoy preso por asesino.

Entre los “Cachorros” que integraban las bandas de torturadores y asesinos lideraba por el “Cachorro” mayor, estaba el capitán - también preso -, Barreiro, alias “El Nabo”. Esforzado torturador de “La Perla”, la maquinaria de muerte más activa a mando del “Cachorro” mayor.

Por estas horas Barreiro ha vuelto ser noticia. Y tiene razón en cuanto a que antes de la dictadura, ya durante el régimen de la bailarina Isabel Perón, desapareció gente. Un proceso que sin embargo la democracia jamás investigó.

Sería interesante que ahora, “El Nabo” contara cuánto tuvo que ver con aquellas madrugadas cordobesas que tanto ensombrecieron a “morgueros” y sepultureros. Cuánto de ese trabajo a destajo manejando el horror, tuvo que ver con él.

Ese trabajo del que habla aquella carta que durmió años cerca de dictadores...

Carlos Torrengo


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