Bloqueo ficticio
El bloqueo a Cuba es meramente metafórico. Desde el punto de vista estadounidense, está resultando contraproducente.
A juzgar por los acontecimientos de las semanas últimas, el político extranjero más admirado por la clase dirigente nacional es un dictador que prefiere un uniforme militar a un traje civil, que tiene aproximadamente 17 mil fusilamientos en su haber, que ha obligado a una proporción notable de sus compatriotas a exiliarse y que se las ha arreglado para depauperar a un país que antes de su llegada se contaba entre los más prósperos de la región. En efecto, desde que Fidel Castro insultó a «la Argentina» por ser en su opinión demasiado propensa a alinearse con Estados Unidos, una serie interminable de notables locales le ha estado manifestando su «solidaridad». Si bien puede entenderse la voluntad de muchos de procurar reducir la influencia internacional de la superpotencia por motivos nacionalistas o culturales, es preocupante que tantos hayan optado por hacerlo endiosando a un personaje que, sus pretensiones «marxista-leninistas» no obstante, es en el fondo un tirano latinoamericano tradicional.
Además de Raúl Alfonsín y otros pesos pesados del progresismo, individuos ubicados en lo que suele considerarse, acaso equivocadamente, el otro extremo del espectro ideológico como el sindicalista «gordo» Rodolfo Daer que acaba de salir en defensa del dictador, afirman que criticarlo por su desprecio por los derechos humanos equivaldría a ser contrario a la «autodeterminación de los pueblos», declaración que tal vez tendría algún sentido si el poder de «Fidel» se basara en el resultado de elecciones libres. Asimismo, Daer se pronunció contra «el boicot que perjudica al pueblo de Cuba», tema éste que agita aún más a los «intelectuales y artistas» que firmaron una petición en la que condenan vigorosamente «el inhumano bloqueo económico que desde hace cuarenta años viene padeciendo el pueblo de Cuba». De más está decir que muchos otros, entre ellos los miembros del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, también se oponen al «inhumano bloqueo», dando por descontado que es la causa principal del derrumbe de la economía de la isla.
Por fortuna, en el caso de Cuba el «bloqueo» que tantos han denunciado con fervor digno de otra causa es meramente metafórico. Todas las naciones del mundo salvo una, Estados Unidos, pueden vender bienes a los cubanos que viven en su país, además de comprar sus productos, de suerte que se trata del «bloqueo» más benigno de la historia. Las relaciones comerciales de Cuba con la Unión Europea, Canadá, Japón y, huelga decirlo, América Latina no se han visto interrumpidas y, puesto que Castro siempre ha tratado a Estados Unidos como un país enemigo y abomina de su sistema económico, es de suponer que le encantaría poder «bloquearlo» a su vez, prohibiendo el ingreso de los perversos productos norteamericanos.
¿Tiene derecho el gobierno estadounidense a ordenar a los ciudadanos de su país abstenerse de hacer negocios con los cubanos de Cuba? Un «neoliberal» doctrinario diría que no, que ningún gobierno debería intervenir en lo que a su juicio es un asunto privado, pero ocurre que virtualmente todos los críticos del «bloqueo» -la palabra correcta es «embargo», pero a esta altura sería inútil insistir- están plenamente en favor de que los gobiernos manejen a su antojo el comercio exterior, lo cual hace pensar que en su opinión el único gobierno sin el derecho a hacer valer su soberanía de esta manera es el norteamericano.
Sea como fuere, desde el punto de vista estadounidense, el «bloqueo» está resultando contraproducente porque agrega muy poco a las penurias de los cubanos, pero permite que Castro achaque las consecuencias desastrosas de su propia gestión a sus adversarios más tenaces, tesis que a pesar de su irracionalidad patente ha sido aceptada en buena parte de América Latina. De levantarse mañana el «bloqueo», los beneficios para la economía cubana se verían limitados por la pobreza de la isla, que no está en condiciones de comprarles mucho a los norteamericanos, aunque sería de prever que una consecuencia inmediata consistiría en un aumento espectacular de la influencia norteamericana en Cuba, resultado éste que sin duda indignaría sobremanera a los muchos amigos de Castro que están luchando heroicamente contra el «bloqueo» a pesar de que en verdad quisieran que se prolongara muchos años más.