Boko Haram sacude Camerún
COLUMNISTAS
El salvaje grupo armado denominado Boko Haram milita en el fundamentalismo islámico yihadista. Su accionar es, entonces, siempre violento. Y brutal. Bárbaro, más bien. Su insurgencia se remonta al 2009, cuando comenzó en el deprimido noreste de Nigeria, una región donde la pobreza es endémica y realmente extrema.
En sus correrías, la banda armada asoló hasta ahora fundamentalmente Nigeria, Níger y Chad. Operó también en Camerún, donde llevaba a los secuestrados europeos, negociaba el rescate y procedía luego a liberarlos, con tanta frecuencia que hasta se suponía que había algún grado de complicidad por parte de las autoridades camerunesas y los dirigentes del grupo. Ocurre que las primeras dejaban hacer a Boko Haram casi sin perseguirlo, lo que naturalmente encendía las sospechas del caso.
Pero las cosas han cambiado. Mucho, como veremos. El gobierno autoritario de Camerún ya no luce cercano a Boko Haram. En rigor, está ahora enfrentado abiertamente a ese movimiento. Hablamos de la administración autoritaria del presidente Paul Biya, que con ya 81 años a cuestas gobierna el país desde su capital, Yaundé, desde hace tres interminables décadas. Implacablemente. Como su dueño y señor.
Las huestes de Boko Haram han asesinado ya nada menos que a unas 12.000 personas -muchas más, ciertamente, que todas las bajas de los tres enfrentamientos entre Israel y Hamas en la Franja de Gaza sumadas- y secuestrado a centenares de niñas cristianas en Nigeria. Pero pocos, muy pocos, hablan de esto.
En los últimos dos meses las autoridades de Camerún han evidenciado un notorio cambio de actitud al ser presionadas fuertemente por sus pares de los países vecinos que en sus propios territorios tienen tolerancia cero con el grupo terrorista afiliado a Al Qaeda.
Presionadas también por Francia, las autoridades de Camerún han enviado tropas al norte de su país para perseguir allí a Boko Haram -y terminar con su brutalidad-, precisamente en la zona de la frontera con Nigeria y Chad, impidiendo que sus movimientos con los rehenes que están en sus manos sean todo lo fáciles que han sido al menos en los últimos tiempos cuando, presuntamente a cambio de no secuestrar a los locales, Boko Haram gozaba de gran impunidad en Camerún.
En señal de su evidente cambio de actitud, que ha dejado ya de ser complaciente, las autoridades de Camerún apresaron y juzgaron públicamente a 14 miembros de la organización, condenándolos a purgar en prisión penas de entre 10 y 20 años. Duras, entonces.
Por ello, las autoridades de Camerún ahora sufren en carne propia las fechorías de la banda islámica armada, que acaba de secuestrar nada menos que a la esposa del vice primer ministro de Camerún. El operativo comando ocurrió al norte de Yaundé -a unos 1.200 kilómetros de esa ciudad y con el concurso de milicianos fuertemente armados-, en la pequeña ciudad de Kolofata, donde la familia del esposo de la secuestrada mantiene propiedades. Como saldo de la operación quedaron varios muertos entre los guardaespaldas de Amadou Ali, el vice primer ministro. A un par de semanas del hecho, las autoridades aún no tienen la menor idea de dónde puede estar la secuestrada, como suele suceder con Boko Haram.
Por lo sucedido, Nigeria, Níger, Chad y Camerún han creado una fuerza especial para combatir en sus fronteras a Boko Haram. Cada uno de ellos aportó unos 700 efectivos que operan coordinadamente con los de los demás como si fueran una sola fuerza.
Ésta es, ciertamente, una buena noticia. Pero la lucha contra el grupo terrorista es un esfuerzo de largo plazo, un ejercicio de paciencia y una exigencia de la horrible realidad que, en materia de seguridad, se vive en el centro mismo del Continente Negro.
GUSTAVO CHOPITEA
Analista del Grupo Agenda Internacional
GUSTAVO CHOPITEA