Brote de barbarie
Es una verdad a medias señalar que la Argentina consiguió mantenerse libre de xenofobia, a la luz de los brotes de intolerancia hacia inmigrantes latinoamericanos.
Si Los Cardales estuviera en Austria, políticos del mundo entero, entre ellos el presidente Fernando de la Rúa, estarían advirtiéndonos en tono dramático sobre los graves peligros planteados por el resurgimiento violento del nazismo, pero puesto que sólo se trata de una localidad bonaerense, pocos se han dejado preocupar por los episodios salvajes que se han producido en aquel lugar. Asimismo, de haber sido judíos las víctimas de los ataques racistas que han estado perpetrando pandillas de encapuchados que al parecer operan sin muchos problemas en la zona, la reacción tanto nacional como internacional hubiera sido más vigorosa porque el antisemitismo, lo mismo que el neonazismo, es uno de aquellos temas que siempre son de interés mediático. Pero como quiera que sólo ha sido cuestión de la tortura sistemática de una treintena de bolivianos, gente «humilde», que viven y trabajan en las quintas que rodean a Escobar y Campana, la noticia no ha provocado demasiada inquietud en La Plata o Buenos Aires, para no hablar del resto del mundo. En efecto, para algunos, los episodios deberían atribuirse a nada más que la saña de los delincuentes que están azotando a tantas partes del país, actitud que se basa en el presupuesto de que es normal que bandas de ladrones armados hasta los dientes hayan invertido horas en intimidar a personas que nunca se han destacado por su opulencia.
Por fortuna, a esta altura pocos dirigentes políticos presentables negarían que el neonazismo y el antisemitismo constituyen aberraciones intolerables, pero convendría que los comprometidos con la convivencia civilizada reconocieran que de todos los grupos étnicos o nacionales definibles que se dan en el país los más vulnerables, y por lo tanto los más perseguidos, son los conformados por los inmigrantes pobres de los países limítrofes que no cuentan con el apoyo automático de organizaciones internacionales poderosas. Y, si bien los especialistas concuerdan en que los bolivianos están entre los más respetuosos de la ley y de los derechos ajenos, su presencia es la que más molesta a los racistas, algunos de los cuales han estado esforzándose por sembrar sentimientos antibolivianos desde emisoras de radio y revistas, mientras que sindicalistas y políticos populistas los acusan de robarles el trabajo a los nativos aceptando empleos a la vez desagradables y pésimamente remunerados.
Durante años ha sido habitual afirmar que, a pesar de todos sus muchos problemas económicos y sociales, la Argentina ha conseguido mantenerse libre de la xenofobia que afecta a tantos países europeos, y que si bien de vez en cuando se producen incidentes antisemitas, son obra de una minoría minúscula que se ha contagiado de prejuicios foráneos. Es a lo sumo una verdad a medias porque, desgraciadamente, la realidad es menos idílica de lo que tantos quisieran creer. Además de la antipatía notoria pero a juicio de muchos sin importancia que tantos sienten hacia «los negros» -categoría que aquí tiene más connotaciones sociales que étnicas-, todo hace pensar que está cobrando cada vez más fuerza el repudio a los inmigrantes económicos procedentes de otras partes de América Latina donde, no lo olvidemos, el ingreso per cápita es decididamente inferior al argentino. Por ahora, ningún movimiento político significante ha hecho de la xenofobia una de sus banderas, lo cual es sin duda un alivio, pero ha sido llamativa la resistencia de los dirigentes a solidarizarse explícitamente con los blancos de las campañas supuestamente espontáneas que están concretándose. Asimismo, si bien el que los políticos hayan preferido no hablar mucho del tema puede haber servido para asegurar que la xenofobia no diera pie a un movimiento organizado, los racistas y xenófobos toman su indiferencia aparente por una forma astuta de aprobar su conducta, dando por descontado que a muchos dirigentes les gustaría poder expulsar a los inmigrantes oriundos de los países vecinos, sobre todo a los bolivianos, pero que por motivos tácticos tienen que limitarse a usar métodos indirectos, tolerando a los xenófobos e incluso estimulándolos con guiños, pero cuidándose de quedar comprometidos con ellos.