Buenas personas
Gracias al maestro de ceremonias televisivo Marcelo Tinelli, sabemos que a Mauricio Macri le gusta bailar en público, que Daniel Scioli es capaz de atar su corbata sin que nadie lo ayude y que a Sergio Massa le preocupa mucho el delito, además de otros detalles importantes acerca de los talentos y prioridades de los candidatos presidenciales que encabezan todas las encuestas, pero acaso convendría que los tres nos dijeran algo más sobre sus respectivos planes de gobierno. Aunque ya estamos a menos de seis meses de las elecciones, los aspirantes principales a suceder a Cristina Fernández de Kirchner como jefe de Estado siguen estando más interesados en convencernos de que son buenas personas que en explicarnos lo que harían en el caso de triunfar. Si bien se ha difundido la sensación de que, cuando de la economía se trata, lo que tienen en mente es más o menos lo mismo, ya que los tres son centristas pragmáticos que se afirman decididos a conservar lo bueno y remediar lo malo, a estimular las inversiones y mantener los programas sociales, hablan como si confiaran en recibir una herencia fácilmente manejable, lo que, por desgracia, parece muy poco probable. Por el contrario, todo hace prever que el próximo presidente tendrá que encargarse de un país en graves problemas económicos en que, para hacer aún más difícil la tarea que le espera, las expectativas no guardan relación alguna con las posibilidades. Por motivos electoralistas, los tres presidenciables dan a entender que, si bien la economía está en crisis, estarían en condiciones de frenar la inflación, hacer subir las reservas del Banco Central, aumentar las exportaciones, defender el poder de compra de los asalariados y reducir la pobreza extrema sin verse constreñidos a tomar medidas dolorosas que afectarían no sólo a un puñado de malos –especuladores, corruptos, ñoquis militantes–, sino también a millones de ciudadanos comunes. Tienen que hablar así. Si a un candidato se le ocurriera señalar que, dadas las circunstancias, no le quedaría más alternativa que la de ordenar un ajuste brutal, sería acusado enseguida de ser un “neoliberal” sádico resuelto a hacer sufrir al pueblo trabajador. En algunos países, los votantes tienen la costumbre rara de premiar a quienes se animan a decirles la verdad, pero a juicio de los asesores de Scioli, Macri y Massa, en la Argentina la mayoría no toleraría mucha franqueza, razón por la que aconsejan a sus clientes limitarse a pronunciar frases reconfortantes con el propósito de crear la ilusión de que la buena voluntad que les atribuyen sería más que suficiente como para permitirles solucionar todos los problemas. Puede que los números digan otra cosa pero, desde el punto de vista de un político en campaña, prestarles atención sería un error imperdonable. Felizmente para los candidatos presidenciales, el gobierno de Cristina se las ha arreglado para provocar tantos escándalos que no se han sentido obligados a presentar programas de gobierno propios. La corrupción en escala industrial, el caso de la cadena de hoteles que, se sospecha, sirve para que la familia Kirchner lave dinero sucio, la denuncia de encubrimiento formulada por el fiscal Alberto Nisman que pronto se vería seguida por su muerte en circunstancias misteriosas y, últimamente, el acoso frenético por el oficialismo al juez decano de la Corte Suprema Carlos Fayt, les han ahorrado la necesidad de explicarnos lo que harían para bajar una tasa de inflación que está entre las más elevadas del planeta, desmantelar el sistema de subsidios que tanto ha beneficiado a la clase media urbana, frenar el aumento insostenible del gasto público sin despedir a muchísimos estatales superfluos y así, largamente, por el estilo. Puesto que no hay razones para suponer que el gobierno nacional deje de brindarles a los presidenciables excusas para pasar por alto la gravedad de la situación económica del país y cómo se propondrían enfrentar el desafío así planteado, no sorprendería que, poco antes de iniciar su gestión, el sucesor de Cristina se afirmara tan asombrado por la herencia que le ha tocado que no tendría más opción que la de olvidar por completo las promesas vagas que hizo en vísperas de la elección para entonces afirmarse resuelto a poner en marcha un plan de emergencia que, de haberlo propuesto antes, le hubiera asegurado una derrota histórica.
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