Cambió los saltos del circo de Moscú por el amor en Neuquén

Vitaliy Chersunov nació en Bielorrusia. Ahora enseña a chicos neuquinos.

Por Redacción

NEUQUEN (AN).- Vitaliy Chersunov mira con preocupación los brazos de los pibes neuquinos.

«Los niños no tienen los brazos trabajados, y es lógico porque en Neuquén no hay árboles», razona.

«En mi país los niños aprenden a trepar al mismo tiempo que a caminar. A los cuatro años andamos todos colgados de los árboles», agrega el joven bielorruso, profesor de gimnasia acrobática y ex estrella del circo de Moscú, a quien más que el vodka le gustan el mate y el asado.

Chersunov tiene 29 años, es de estatura media, de pelo rubio y de ojos celestes. Nació y vivió en la helada Bielorrusia, una de las repúblicas que conformaban la Unión Soviética.

El hombre tiene una espalda casi triangular, atlética. Habla el castellano con bastante claridad y se entusiasma cada vez que explica su profesión. Vitaliy camina con seguridad a pesar de que está habituado a andar por el aire, a más de quince metros de altura, con el solo resguardo de una colchoneta, abajo.

«No hay peligro, es una cuestión de confianza», asegura. Y su lengua tropieza con la r.

Hace un par de años, Vitaliy llegó a Neuquén con el circo de Moscú, donde con seis compañeros presentaba un número con el que recorrieron el mundo.

«El circo fue una salida laboral, porque en realidad todos nos recibimos en la universidad, pero no conseguíamos trabajo como profesores de acrobática», relata.

Una tarde, cuando se disponía a trepar la avenida Olascoaga, como es rigor en todos los que visitan esta ciudad, el acróbata cruzó su mirada con la de Giselle Dubois, una neuquina que por entonces tenía 21 años.

Se miraron, se sonrieron y enseguida charlaron en idioma neutral: inglés.

«Son cosas que pasan, fue de inmediato, nos enamoramos», explica el profesor que por estos días sigue patas para arriba. Es que también está perdidamente enamorado de la pequeña Anuk, su hija nacida en Neuquén hace un año y siete meses.

«Cuando lo vi en la calle lo reconocí enseguida, porque un par de días antes había llevado a mis sobrinas al circo y me encantó el número que hicieron», recuerda Giselle.

Desde hace más de un año, el profesor de «acrobática» -tal como el define su profesión- vive en Neuquén, muy lejos de los bosques y lagos fríos de su país natal. Y está contento, y tiene planes y es agradecido.

«Los argentinos son cálidos, muy diferentes a mi país, muy diferente», agrega y se ríe cuando le garantizan que éste es el país ideal para vivir a los saltos.

La decisión de mudarse a 30.000 kilómetros de su casa no fue fácil.

«Al principio mi familia tenía un poco de miedo porque parecía que nos íbamos a Bielorrusia. Por lo demás, me apoyaron en todo. A la semana de que se fue el circo, yo viajé a Santiago del Estero donde nos volvimos a juntar», explica Giselle mientras intenta contener los pucheritos de Anuk que amenazan con transformarse en llanto.

La comprensión de papá (Sergio Dubois) no fue casual. Es belga-francés y hace 35 años vino a la Argentina a trabajar, pero en el interín se enamoró de una argentina y ancló definitivamente en nuestro país.

«Son las piruetas de la vida «, afirma Vitaliy, festejando la definición que hizo un periodista neuquino sobre su caso.

Cuando estudiaba, el acróbata sólo identificaba Argentina como un punto en el mapa, que se ve muy distinto desde el otro hemisferio.

«Las cosas no están bien allá (por Bielorrusia), la gente no la está pasando bien. Todo fue muy brusco. Se tardaron 70 años en hacer un país que se destruyó en apenas cinco», se lamenta el muchacho que nació y se crió dentro de la desaparecida Unión Soviética.

Vitaly no termina de entender algunas cosas de este país, pero está convencido de que éste es su lugar. En febrero tendrá su documento argentino y piensa nacionalizarse.

El hombre, que cuando chico trepaba árboles y más árboles detrás de su hermano Igor, levanta hacia el cielo a la pequeña Anuk que llora si entender, y se abraza a su esposa Giselle.

El acróbata está feliz e imagina varias vidas posibles.

Acróbata antes de nacer

«Creo que era acróbata aun antes de nacer», admite Chersunov, quien asegura que cualquier persona puede sumarse a la actividad.

«Mi papá era acróbata y aprendió solo estudiando con un libro en el campo. El leía y practicaba y a pesar de que tiene 62 años y un poco de panza igual hace algunos ejercicios en la barra», contó el joven que actualmente está dando clases de acrobacia en el gimnasio del Parque Central de esta ciudad. Chersunov, además, está trabajando en el polideportivo de la Universidad Nacional del Comahue (UNC) con estudiantes de la casa de altos estudios.

«Estoy muy agradecido porque me he encontrado con mucha gente que me ha ayudado», enfatizó.En la actualidad está trabajando con chicos de entre cinco y once años, pero la idea es formar grupos con niños de las mismas edades.

«Hay muchos proyectos que estamos tratando de llevar adelante, cuando empecé en la universidad no teníamos ni siquiera una colchoneta, ahora tenemos cinco. Creo que hay que hacer una inversión para equipar un gimnasio, no es mucho dinero. Quizá lo que cuesta un vehículo nuevo», agregó.

El año pasado, Vitaliy trabajó en el club Independiente de Neuquén y también participó de algunas actividades con un grupo que se llama Acro Art que combina la acrobacia con el arte. (R.Ch.)

«Uno va por su destino»

El profesor de acrobacia ganó varios campeonatos internacionales representando a su país. Desde muy chico recorrió distintos países del mundo como integrante del equipo de gimnastas de Bielorrusia. Su hermano Igor (de 37 años) fue campeón de la Unión Soviética.

Siempre le gustó viajar y conocer lugares, pero nunca imaginó que caminando por la avenida Olascoaga de la capital neuquina iba a encontrar al amor de su vida.

«Apenas nos conocimos estuvimos cuatro días en Neuquén, todo fue hablado con los padres de Giselle que nos apoyaron en todo momento. Después nos fuimos a Santiago del Estero y Giselle viajó hasta allá», relató el acróbata.

«Sabíamos desde un principio que teníamos que estar juntos, lo que no sabíamos era dónde íbamos a vivir. En algún momento pensamos seriamente irnos a Bielorrusia. Desde la Argentina el circo se fue a Brasil: Allá vivimos juntos tres meses y medio», rememora Giselle.

Vitaliy pidió permiso en el circo y desde Brasil volvieron a Neuquén.

«Cuando llegamos mi papá nos tenía todo medio organizado para que no nos fuéramos; habló por un trabajo por allá, por otro trabajo por acá. En fin, todo para que nos quedemos», agregó la muchacha que tiene seis años de inglés.

¿Extraña a su familia? -le preguntó el cronista al acróbata.

-Se extraña, claro. Pero uno tiene que hacer su destino.

¿A quién extraña más?

-A todos, pero quizás más a mi hermano Igor que siempre fue mi punto de referencia en todo.

¿Volvería a su país?

-Por ahora estamos bien acá y con muchos proyectos. Las cosas no están bien allá y acá hay más posibilidades. Igual nunca se sabe dónde vamos a estar, nunca se sabe cuál es el destino de uno. (R.Ch.)

Rodolfo Chávez


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