Cambios

Columna semanal

Por Redacción

El disparador

Dos hombres tomaban cerveza en un bar de Balvanera, junto a una ventana, a través de la que se podía observar el agitado ritmo de Buenos Aires. En el ocaso del horario de oficina, un río de gente inundaba las calles con paso apurado. “Van como locos y se olvidan de pensar”, dijo el más joven. “Parecen cucarachas asustadas”, añadió el otro, que tenía una barba tupida y oscura.

Hablaron un rato sobre qué hacer cuando no sabés qué hacer y, también, sobre qué hacer cuando sentís que querés cambiar algo y no sabés qué es lo que querés cambiar o cómo. “¿Por qué pensamos tanto en cambiar cosas?”, se preguntó el joven.

Con seguridad, el barbudo, que parecía doblarlo en edad, le dijo: “Por la inconformidad propia del ser humano, seguramente. Pero, sobre todo, porque cada segundo que pasa las células de nuestro cuerpo que se modifican. Por qué, entonces, deberíamos seguir haciendo y pensando las mismas cosas, ¿no?”. El joven replicó que, de todos modos, la gente mayormente sigue haciendo las mismas cosas y que, a su entender, las cosas tampoco cambian demasiado.

Intercambiaron ideas respecto de que los cambios son paulatinos y que requieren acción, pero que llegan después de una acumulación de detalles y situaciones. Surgió la imagen de un balde llenándose durante días debido a la constancia de una canilla que gotea cada cinco segundos. “El recipiente se llenará y se podrá usar para regar plantas. Si no, el agua lo desbordará”, dijo el barbudo. “A mi -acotó el joven- me pasa que al repetir mentalmente ‘voy a ir a correr, voy a ir a correr’, finalmente un día salgo a correr con ganas. Pero eso me funciona para algo puntual. El asunto es cómo hago para que eso se sostenga y se convierta en un hábito”.

El barbudo le dijo que no tenía una respuesta, pero que por algún motivo -que no mencionó- algo le hizo pensar en su forma de trabajar como jardinero. “Para mí, el secreto pasa por sembrar de corazón”, dijo el hombre, que luego explicó que, para eso, hay que preparar el terreno con una laya o una pala para remover la tierra, de modo que quede aireada. “Tiene que quedar floja y permeable. Eso es bueno para que las raíces tengan espacio para ir haciendo su camino y, además, para que les llegue el agua. Así, creando las condiciones, la planta podrá crecer”, detalló el hombre, mientras se rascaba la barba.

El joven, que había escuchado con atención, dijo que le costaba encontrar en esto algún paralelo con la vida cotidiana. El barbudo lo vinculó con dormir bien, comer sano, relacionarse con lo positivo de la vida y preservarse de lo negativo; esforzarse, aprender, salir de la zona de comodidad y de lo conocido. “Tenemos que mirar a nuestro alrededor. La guerra en Siria es un horror, pero tenemos mayores posibilidades de hacer algo en nuestro entorno. Ese es nuestro campo de influencia. Hay que actuar ahí. Cada cosa que uno hace, por más mínima que sea, debería apuntar a construir el mundo en el que nos gustaría vivir”, enfatizó el hombre y luego bebió el último trago de cerveza.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


Exit mobile version