Caminos

La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra

Redacción

Por Redacción

El disparador

Latana Buendía salió hacia Hiroshima un día antes que Isidoro Reyes. Al ir por delante, ella estaba convencida de que le podría ir anticipando a su chico todo lo que a él le sucedería en la travesía por los cielos hasta oriente. Al final, solo el destino fue el mismo.

Durante tres días ella lo aventajó. Cuando él estaba por salir de Caracas, ella ya había aterrizado en Frankfurt. Cuando él llegó a Frankfurt, ella volaba hacia Tokio. Y cuando él llegó a la capital japonesa, ella desayunaba en Hiroshima.

En cada ciudad Latana le fue enviando mensajes: “En Frankfurt tenés que salir del aeropuerto y buscar el transfer entre las puertas 7 y 8 para ir directo al hotel”. Estas instrucciones le funcionaron a Reyes, pero lo que siguió fue diferente.

A Latana se le hizo pesado el viaje a Tokio: “El avión estaba lleno y no había buenas películas. Lo mejor es la comida. Ojo: tenés que apurarte porque hay poco tiempo para la combinación a Hiroshima. Ah, y pedí los formularios de migración y aduana durante el vuelo, así ganás tiempo”.

En cambio, Reyes no cenó porque se durmió previo al despegue hacia Tokio. Y hasta se acostó en la fila de tres asientos porque había pocos pasajeros. Al despertar tenía los formularios de migración sobre su pecho, donde los había dejado una azafata. Aterrizó antes de lo anunciado y le sobró tiempo.

Pero lo que más le llamó la atención a Reyes -y modificó su viaje- fue Finding Forrester. Quedó atrapado por la película en la que Sean Connery interpreta a un célebre y solitario escritor que se convierte en el guía literario -y de vida- de un adolescente talentoso y sin padre.

Reyes vio dos veces algunas partes de la película y anotó dos frases: “No pienses. Eso viene después. Escribí tu primer borrador con tu corazón y reescribilo con tu cabeza. La primera clave de la escritura es escribir, no pensar”; y “Escribe. Eso te llevará de la página uno a la página dos”. Le gustaron las ideas, que entendió también como metáforas. Siguiendo su impulso, empezó a escribirle a Lanata una carta que no terminó, y que empieza así:

“Creo que en la vida podemos -debemos- bucear con el corazón, siendo honestos y sinceros; para luego ir editando y corrigiendo con la cabeza. Es inevitable buscar referentes, a los que ya pasaron por los mismos lugares, experiencias o situaciones. Pero eso no va a evitar que cada uno lo viva de un modo personal. Creo que en el esfuerzo por ayudar, uno intenta adelantarle cosas a otro y puede perder de vista que no le va a ahorrar el camino. La experiencia es lo que nos moldea, y define. A veces las personas imponen reglas a los demás en base a lo que a ellos les pasó en determinadas situaciones, pero se olvidan de las circunstancias y, sobre todo, de que cada uno tiene que seguir su rumbo; y al final, ellos a través de sus reglas también manifiestan sus miedos sin discernir qué le pasa a los demás. Igual creo que siempre hay algún motivo, tal vez intrincado, por el cual vale la pena escuchar. Mas no sea para ejercitar la reflexión”.


El disparador

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