Caos en Irak

Por Redacción

Antes de iniciarse la guerra librada por Estados Unidos y Gran Bretaña contra el régimen del dictador iraquí Saddam Hussein, distintas organizaciones «humanitarias» vinculadas con las Naciones Unidas decían que los muertos se contarían por centenares de miles, cuando no por millones, mientras que los países vecinos se verían inundados por una marejada catastrófica de refugiados. Por fortuna, los que previeron calamidades en una escala sin precedentes se equivocaron por completo. Cuando cayó Tikrit, las bajas aliadas aún no habían sumado 150, incluyendo a los muchos que perecieron en accidentes o a consecuencia del «fuego amigo», y según los últimos informes que fueron difundidos por el régimen iraquí mismo la cantidad de civiles muertos había sido relativamente reducida, de poco más de dos mil: cada tragedia personal es lamentable, pero no cabe duda de que la intervención angloamericana ha sido incomparablemente menos cruel para los iraquíes que cualquiera de los alzamientos internos que Saddam aplastó a sangre y fuego sin conmover a quienes se dicen horrorizados por la invasión anglonorteamericana

Aunque los que durante meses afirmaban que sería mejor permitir que los iraquíes quedaran para siempre bajo la bota de un dictador sádico porque los costos de eliminarlo no podrían ser sino apocalípticos han visto desvirtuados sus vaticinios hiperpesimistas acerca de los horrores de la guerra, ya comenzaron a manifestar su disgusto por la paz resultante, insistiendo en que si bien Saddam era un tanto violento, por lo menos sabía mantener tranquilas las grandes ciudades, a diferencia de los soldados norteamericanos y británicos que no hacen nada mientras bandas de saqueadores protagonizan escenas que no son tan diferentes de las que se vieron en Buenos Aires hace poco más de un año. Por supuesto que de haber reaccionado vigorosamente las tropas a fin de restaurar el orden y defender las instalaciones gubernamentales, los que, como ciertos funcionarios de la ONU, están criticando su pasividad los estarían atacando con saña por su prepotencia al comportarse como conquistadores.

Desafortunadamente, tanto en Irak como en casi todos los demás países, la seguridad ciudadana depende más que nada de la presencia de fuerzas policiales dispuestas a hacerse obedecer, de suerte que debería haber sido previsible que al convertirse el país en una «zona liberada» colosal, los saqueadores harían su agosto. Cambiar esta situación sin violencia no será nada fácil. Para comenzar, los aliados tendrán que intentar discriminar entre aquellos policías que siempre han procurado respetar las reglas formales por un lado y, por el otro, los claramente delincuentes uniformados, una tarea esencial que, como sabemos muy bien, no puede llevarse a cabo en seguida en países que fueron gobernados durante largos períodos por regímenes tiránicos que empleaban las fuerzas de seguridad como armas políticas.

Otra tarea que les espera a los aliados consiste en la construcción de una democracia viable en una sociedad que a través de los años se ha acostumbrado a la mano férrea de un dictador totalmente arbitrario. Aunque muchos suponen que los árabes sencillamente no podrán adaptarse a la tolerancia mutua que es la característica fundamental de la convivencia democrática, conviene recordar que hasta hace poco se decía lo mismo de los pueblos latinoamericanos, brindando así a políticos y empresarios norteamericanos, europeos y japoneses un buen pretexto para congraciarse con asesinos. Ultimamente, los mismos planteos han sido adoptados por «progresistas» hostiles a Estados Unidos que han llegado al extremo de tomar por aliados a totalitarios desalmados como el dictador cubano Fidel Castro. Parecería que en el Occidente abundan los que por distintos motivos afirman creer que ciertos pueblos, como el árabe, el chino y, se supone, el cubano, necesitan ser gobernados por regímenes autoritarios, de suerte que sería un grave error correr el riesgo de desestabilizar las muchas tiranías existentes exigiéndoles tratar mejor a sus víctimas. Para estos personajes, lo mismo que para Saddam y sus colaboradores, la segunda guerra del Golfo ha sido una derrota con muy pocos atenuantes aunque, de más está decirlo, en los próximos meses encontrarían muchas razones para calificar de desastrosa la caída de uno de los dictadores más sanguinarios del mundo.


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