Carlotto-Bignone: vidas cruzadas

La vida del general que llegó a presidente y la de la líder de Abuelas se cruzan desde 1977 conel signo de la inmensa tragedia de la Argentina sometida por la violencia política. Ahora, mientras la organización de una es postulada al Nobel de la Paz, el militar fue condenado a 25 años por secuestrar y torturar.

Redacción

Por Redacción

Custodiado por el escudo transparente que porta un bonaerense, el general ingresa a la sala del tribunal que en minutos más lo condenará a 25 años de prisión.

Los separan pocos metros, pero el general la ignora. Camina rumbo al banquillo con la mirada puesta en el suelo. Ella sí lo mira. Mirada serena. Hay paz en su mirada. Es una mirada con la cual en alguna medida ella cierra un tramo inmenso de su historia personal. Historia cincelada con sangre. Dolor. Ausencias irreparables.

Historia que hace a una hija por cuya vida un día de los días de dictadura ella fue a ver a ese general que ya se ha sentado en el banquillo. Él la recibió en el séptimo piso de un edificio vetusto. Inmenso. Un espacio durante décadas referencia esencial en la definición del destino político de este país: el entonces Comando en Jefe del Ejército Argentino.

Hoy ella recuerda que en aquel diciembre de hace 33 años el general “estaba desquiciado”. Omnipotente en tanto selector de quién podía vivir y quién debía morir, pero “desquiciado”. Tenso. Irritable. Tajante y feroz en sus definiciones.

Y, al alcance de la mano del general, una pistola. El poder del general. Correaje y pistola. Macho el general. Ha puesto la pistola ahí, bien a la vista, para amedrentar a esa mujer a la que mira con desprecio desde su metro noventa largo. El general está en guerra y ella lo tiene que saber. Sin esa pistola el general no es nada. La pistola emblematiza el narcisismo del poder del general.

“Narcisismo desaforado”, lo definirá después el psiquiatra José Milma- niene.

El general le habla a ella con inmensa economía de palabras. Necesita –lo obliga su épica– meterle miedo. Rendirla. No lo logrará. El general perderá esa batalla en la que opera con términos tajantes, feroz en sus definiciones.

Claro, es un general. Y admirador de Douglas MacArthur, también general. En sus memorias –“El último de facto”– nuestro general, el general que está frente a ella, da cuenta de que ha leído prolijamente “El César americano. Douglas MacArthur”, de William Manchester.

Y quizá nuestro general, ahí, en aquel diciembre del 77, ante ella, en procura de meterle miedo, recordó aquello de MacArthur caminando en una isla alfombrada de cadáveres de soldados japoneses… “Así me gusta verlos”.

Ella no olvida lo que le dijo el general en ese diciembre…

–Me dijo que mataban a todos los detenidos. Yo le pedí que si a mi hija Laura la habían matado me entregara el cadáver. Pero ella estaba viva y pienso que cuando la policía me entrega el cadáver en nombre del Ejército lo hizo por orden de ese canalla. Yo había ido a pedirle por la vida de Laura, pero él me mandaba el cadáver…

No era la primera vez que ella y el general hablaban. Meses antes, ella lo había entrevistado porque su esposo había sido detenido. El general la recibió en su domicilio de Castelar. Lucía sereno, no desquiciado.

Hoy ella sigue recordando con mucho afecto a quien facilitó los dos encuentros: una hermana del general.

–Susana es una mujer muy digna, una gran mujer. Trabajamos mucho tiempo juntas como docentes –dice ella acompañando la reflexión con un dejo de nostalgia sobre días en que nunca imaginó cómo la envolvería la his-toria–.

En aquel diciembre de general con pistola al alcance de la mano, Laura, la hija de ella, estaba secuestrada y embarazada. Los asesinos esperaron que pariera, luego la mataron. Por montonera, claro.

Porque así seguramente le gustaría al general ver a los montoneros: muertos. Como MacArthur a los japoneses: muertos.

Pero los asesinos también eran ladrones: se quedaron con el bebé de Laura. Para venderlo. Para regalarlo. No se sabe.

Ella, la madre de Laura, hace 32 años que busca a ese nieto que los cobardes le robaron.

Ahora, el general ha pasado entre ella y el Tribunal Oral Federal de San Martín que en un rato más lo mandará de por vida a la cárcel. Mirada puesta en el suelo. Manojo de hojas entre sus manos.

El general tiene 81 años. Egresó como subteniente en el Colegio Militar en noviembre del 47, o sea, Promoción 76. La que más generales dio al Ejército. Entre otros, Sassiain y Bussi; huelgan la palabras en relación con sus roles durante la dictadura.

El general ha sido un hombre elegante. Quienes lo tratamos cuando era teniente coronel reconocemos en él a un hombre afable. Atento. Sin las rigideces propias de esa desviación propia de lo militar que es el militarismo. También recordamos que fue uno de los pocos que en el alto mando del Ejército del 78 trabajaron para que el diferendo con Chile por el Beagle no desembocara en una guerra.

Y, ya retirado, fue también uno de los pocos generales que percibieron la recuperación armada de Malvinas como una aventura que terminaría muy mal para la Argentina. Fue por esa aventura que el general llegó a la Casa Rosada para convertirse en “El último de facto”.

Pero ahora el general Reynaldo Benito Antonio Ramayón está ahí. No luce uniforme. Tampoco bastón de mando ni condecoraciones. Cero en símbolos de poder.

Sentado en el banquillo. Acusado de ser secuestrador y torturador. Su historia como general está cerrando. Su futuro, la cárcel. 25 años de prisión común fue la decisión de los magistrados.

Y ella, Estela de Carlotto, tiene la mirada puesta por detrás del tribunal. “No tengo odios”, dijo momentos antes. En ese mismo instante se conocía que su organización, Abuelas, estaba postulada a recibir el Nobel de la Paz por su incansable defensa de la justicia y de los derechos humanos.

Ahí, en esa sala, Estela de Carlotto está a punto de cerrar una parte de su historia a favor de la vida.

La restante quizá la cierre en el momento en que encuentre a su nieto.

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com


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