Carrera contra el tiempo
Entre los problemas más agudos que tienen que enfrentar las sociedades modernas está el planteado por el «envejecimiento», cuyos efectos políticos y económicos están causando alarma en Europa occidental. Aunque es innegablemente bueno que las personas propendan a vivir más y es comprensible que se haya reducido el entusiasmo de muchas parejas por las familias numerosas características de otras épocas, el resultado global de tales tendencias podría ser catastrófico. Por cierto, el colapso del sistema previsional argentino debería servir de advertencia para los habitantes de los países europeos afectados por el envejecimiento muy rápido como España, Italia, Alemania y, si bien en una medida un poco menor, Francia. Lo mismo que nuestros dirigentes, los europeos han sido llamativamente reacios a tomar en serio la necesidad de reformar esquemas que fueron creados en circunstancias radicalmente distintas de las actuales. Puede que ya les sea demasiado tarde: una consecuencia lógica del envejecimiento generalizado consiste en que el poder electoral de los mayores, los que como es natural se resisten a aceptar que sean rebajadas las jubilaciones, aumenta a costa de aquél de los más jóvenes que de un modo u otro tendrán que aportar los fondos necesarios para pagarlas. Aunque las jubilaciones privadas dejan mucho que desear por depender de la evolución siempre errática de los mercados financieros, son claramente preferibles a la alternativa estatal. En Francia y otros países europeos, los esfuerzos gubernamentales por reformar el sistema previsional han provocado choques violentos contra grupos organizados de manifestantes estatales que, lo mismo que sus equivalentes brasileños, están resueltos a seguir reivindicando sus «conquistas». Se trata de una lucha que no podrán ganar porque la crisis previsional ha coincidido con una recesión que, a diferencia de las anteriores, parece deberse a mucho más que los movimientos cíclicos que son tan típicos del orden capitalista. En las últimas semanas, varios dirigentes europeos han expresado su temor de que por motivos demográficos, por el surgimiento explosivo de China y por la casi imposibilidad de modificar un sistema de bienestar social que durante décadas funcionó con eficacia, Alemania, Francia e Italia no están en condiciones de seguir prosperando en el mundo que está configurándose. Si bien el «europesimismo» dista de ser un fenómeno nuevo -en los años ochenta del siglo pasado estaba de moda prever la decadencia del continente-, las cifras socioeconómicas hacen comprensible el clima lúgubre producido por la información de que Alemania e Italia están en recesión y que Francia parece destinada a acompañarlas. Pues bien: en una etapa tan cambiante como la actual, aquellas sociedades que no quieren o no pueden adaptarse con rapidez a circunstancias nuevas se verán postergadas por otras que por las razones que fueran son más flexibles. Por este motivo, son muchos los europeos que prevén que a pesar de sus dificultades financieras actuales Estados Unidos seguirá distanciándose de la Unión Europea o, cuando menos, de la zona del euro, y que los más perjudicados por el desafío planteado por China -un país gigantesco de salarios ínfimos que amenaza con monopolizar una gama creciente de industrias manufactureras- serán precisamente los europeos. Puede que el pesimismo así manifestado sea exagerado, pero si persiste contribuirá a debilitar aún más a muchos países europeos cuyos jóvenes más emprendedores, convencidos de que su futuro personal no será muy promisorio a menos que prueben suerte en sociedades a su entender menos anquilosadas, optarán por trasladarse ya a Inglaterra, ya a Estados Unidos, países que además de ser más «liberales» cuentan con la ventaja enorme de hablar el idioma internacional de nuestro tiempo. Aunque las corrientes migratorias así supuestas no tienen la espectacularidad de las protagonizadas por quienes tratan de dejar atrás la miseria y las persecuciones de los países pobres, ya son lo bastante importantes como para alarmar a los gobiernos de la UE. Para frenarlas, tendrían que asegurar que sus propios países brindaran perspectivas mejores, pero debido en buena medida al «envejecimiento» de sus poblaciones, la posibilidad de que logren hacerlo parece cada vez menor.
Entre los problemas más agudos que tienen que enfrentar las sociedades modernas está el planteado por el "envejecimiento", cuyos efectos políticos y económicos están causando alarma en Europa occidental. Aunque es innegablemente bueno que las personas propendan a vivir más y es comprensible que se haya reducido el entusiasmo de muchas parejas por las familias numerosas características de otras épocas, el resultado global de tales tendencias podría ser catastrófico. Por cierto, el colapso del sistema previsional argentino debería servir de advertencia para los habitantes de los países europeos afectados por el envejecimiento muy rápido como España, Italia, Alemania y, si bien en una medida un poco menor, Francia. Lo mismo que nuestros dirigentes, los europeos han sido llamativamente reacios a tomar en serio la necesidad de reformar esquemas que fueron creados en circunstancias radicalmente distintas de las actuales. Puede que ya les sea demasiado tarde: una consecuencia lógica del envejecimiento generalizado consiste en que el poder electoral de los mayores, los que como es natural se resisten a aceptar que sean rebajadas las jubilaciones, aumenta a costa de aquél de los más jóvenes que de un modo u otro tendrán que aportar los fondos necesarios para pagarlas. Aunque las jubilaciones privadas dejan mucho que desear por depender de la evolución siempre errática de los mercados financieros, son claramente preferibles a la alternativa estatal. En Francia y otros países europeos, los esfuerzos gubernamentales por reformar el sistema previsional han provocado choques violentos contra grupos organizados de manifestantes estatales que, lo mismo que sus equivalentes brasileños, están resueltos a seguir reivindicando sus "conquistas". Se trata de una lucha que no podrán ganar porque la crisis previsional ha coincidido con una recesión que, a diferencia de las anteriores, parece deberse a mucho más que los movimientos cíclicos que son tan típicos del orden capitalista. En las últimas semanas, varios dirigentes europeos han expresado su temor de que por motivos demográficos, por el surgimiento explosivo de China y por la casi imposibilidad de modificar un sistema de bienestar social que durante décadas funcionó con eficacia, Alemania, Francia e Italia no están en condiciones de seguir prosperando en el mundo que está configurándose. Si bien el "europesimismo" dista de ser un fenómeno nuevo -en los años ochenta del siglo pasado estaba de moda prever la decadencia del continente-, las cifras socioeconómicas hacen comprensible el clima lúgubre producido por la información de que Alemania e Italia están en recesión y que Francia parece destinada a acompañarlas. Pues bien: en una etapa tan cambiante como la actual, aquellas sociedades que no quieren o no pueden adaptarse con rapidez a circunstancias nuevas se verán postergadas por otras que por las razones que fueran son más flexibles. Por este motivo, son muchos los europeos que prevén que a pesar de sus dificultades financieras actuales Estados Unidos seguirá distanciándose de la Unión Europea o, cuando menos, de la zona del euro, y que los más perjudicados por el desafío planteado por China -un país gigantesco de salarios ínfimos que amenaza con monopolizar una gama creciente de industrias manufactureras- serán precisamente los europeos. Puede que el pesimismo así manifestado sea exagerado, pero si persiste contribuirá a debilitar aún más a muchos países europeos cuyos jóvenes más emprendedores, convencidos de que su futuro personal no será muy promisorio a menos que prueben suerte en sociedades a su entender menos anquilosadas, optarán por trasladarse ya a Inglaterra, ya a Estados Unidos, países que además de ser más "liberales" cuentan con la ventaja enorme de hablar el idioma internacional de nuestro tiempo. Aunque las corrientes migratorias así supuestas no tienen la espectacularidad de las protagonizadas por quienes tratan de dejar atrás la miseria y las persecuciones de los países pobres, ya son lo bastante importantes como para alarmar a los gobiernos de la UE. Para frenarlas, tendrían que asegurar que sus propios países brindaran perspectivas mejores, pero debido en buena medida al "envejecimiento" de sus poblaciones, la posibilidad de que logren hacerlo parece cada vez menor.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora