Carrera contra el tiempo
Desde hace varios años, los gobiernos de Israel, Estados Unidos y los países más poderosos de la Unión Europea entienden que, a menos que logren impedirlo antes, tarde o temprano Irán conseguirá los medios –armas nucleares– que necesitaría para concretar la amenaza, reiterada una y otra vez por el presidente Mahmoud Ahmadinejad y distintos líderes religiosos, de borrar el Estado judío de la faz de la Tierra. Aunque muchos especialistas en los problemas geopolíticos del Oriente Medio opinan que los iraníes nunca se expondrían al riesgo de enfrentar una represalia que con toda seguridad sería devastadora, otros, entre ellos el presidente norteamericano Barack Obama, dicen tomar en serio la retórica virulenta de los teócratas islamistas y juran estar dispuestos a ir a cualquier extremo para obligarlos a abandonar un programa que a su juicio está destinado a permitirles pertrecharse de un arsenal atómico. Sin embargo, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y otros dirigentes de su país desconfían no sólo de sus enemigos iraníes, lo que dadas las circunstancias es lógico, sino también de Obama. Creen que, para ahorrarse las dificultades políticas que les supondría una nueva guerra en el Oriente Medio, sobre todo si una comenzara antes de celebrarse las elecciones presidenciales previstas para el 6 de noviembre próximo, Obama se negaría a ayudarlos a pesar de correr peligro la existencia misma del aliado principal de Estados Unidos en una región de evidente importancia estratégica. Parecería que, por su parte, los iraníes también suponen que los norteamericanos se limitarían a lamentar en el Consejo de Seguridad de la ONU un eventual ataque atómico contra Israel. Aun cuando los líderes iraníes se hayan equivocado, el que sospechen que en caso de conflicto la superpotencia permanecería neutral ha contribuido a aumentar el riesgo de que en cualquier momento estalle una guerra atómica en el Oriente Medio. Al multiplicarse los indicios de que los iraníes están acercándose con rapidez a su presunto objetivo, en las semanas últimas los israelíes han estado procurando convencerlos de que están en condiciones de destruir sus instalaciones nucleares sin tener que depender del eventual apoyo de los estadounidenses. Hace poco, el saliente ministro de Defensa Civil israelí, Matan Vilnai, señaló que su país está preparado para “una guerra en varios frentes que podría durar 30 días”, con aproximadamente 500 muertos en Israel. También se han hecho aún más estridentes las amenazas proferidas por los dirigentes iraníes que dicen que muy pronto se verá aniquilado “el ente sionista”, lo que, aseveran, significaría la extirpación definitiva de un foco de infección foráneo en una zona que según ellos tendría que ser exclusivamente musulmana. El escepticismo que sienten tantos occidentales frente a las amenazas de quienes se proclaman resueltos a librar una guerra santa, de exterminio, contra “el pequeño Satán”, Israel, e incluso “el gran Satán”, Estados Unidos, puede atribuirse a lo difícil que les es creer que en el siglo XXI personas inteligentes podrían anteponer sus convicciones religiosas o ideológicas a su propio bienestar. Desde su punto de vista, los arengas belicosas de Ahmadinejad y los clérigos que dominan Irán son para el consumo interno, de suerte que sería un error trágico tratarlas como si fueran discursos pronunciados por políticos occidentales. En cambio, los líderes judíos entienden que en ocasiones hay que tomar al pie de la letra propuestas que pueden motivar incredulidad entre los acostumbrados a la convivencia pacífica. Por lo demás, como dijo una vez el ex primer ministro y actual ministro de Defensa, Ehud Barak, “estamos en un vecindario difícil en el que no hay lugar para los débiles, en el que no hay segundas oportunidades para los que no pueden defenderse”. Por si aún existieran dudas en tal sentido, el dictador sirio Bashar al-Assad, además de los islamistas que todos los días perpetúan nuevas matanzas en Irak y otros países de la región, se ha encargado de eliminarlos. Mal que bien, por estar en juego la supervivencia misma de Israel y de sus habitantes, tanto judíos como árabes, el gobierno de Netanyahu no podrá darse el lujo de minimizar la gravedad de los peligros planteados por el programa nuclear iraní.