Escuelas de vida

Por Carta de lector

Alejandro De Muro DNI 5.081.245

Buenos Aires

Muchos menores vulnerables, envueltos en dramas sociales que avergüenzan, delinquen como resultado del aprovechamiento que muchos mayores, a su vez, hacen de ellos.

Los opositores a la baja de la edad de imputabilidad argumentan que la merma etaria, próxima a establecerse por ley en 14 años, llevará a los popes marginales, sobre la base del auge del delito reinante, a ampliar sus filas con agentes cada vez más cerca del biberón que de los pantalones largos.

La negativa al instrumento legal en ciernes se agota en la crítica. Carece de fórmulas superadoras. Considera que asistimos a los efectos de una sociedad injusta y castradora. Una vez más, el criterio “zaffaroniano” en versión superlativa: “El delincuente es una víctima”. Poco menos, nos induce a creer que causamos el daño y nos merecemos la réplica cruel.

Se probó que, después de cometidos los ilícitos, la vuelta de los pequeños imputados a sus hogares no redundó en beneficios. Básicamente porque, en muchos casos, emergieron de familias donde no les fijaron límites y tampoco les brindaron ejemplos. Incluso, algunos, recibieron el adoctrinamiento de doctorados en asaltos o crímenes: sus padres.

La sociedad demanda que no continúen asolándola. Reclama la construcción de institutos en los cuales la resocialización no sea un albur. Donde la generación de escuelas de vida no constituya una quimera.


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