Eternos juicios a psiquiatras
Fabián Pintow
Señor Director:
El Juicio de Núremberg -el más grave de la historia moderna- comenzó el 20 de noviembre de 1945 y concluyó el 1 de octubre de 1946: menos de once meses para juzgar crímenes contra la humanidad de escala planetaria, con 24 acusados principales, montañas de pruebas y un derecho penal internacional que se inventaba sobre la marcha. En la Argentina de hoy, procesos penales contra psiquiatras por actos médicos individuales —sin masacres, sin genocidio, bajo normas vigentes— se prolongan durante años: audiencias interminables, dilaciones procesales, exposición pública sostenida y un daño reputacional que opera como pena anticipada.
¿Cómo es posible que el juzgamiento del horror absoluto haya sido más breve, ordenado y racional que la evaluación de una decisión clínica?
La respuesta no está en la complejidad técnica, sino en una deriva punitiva alimentada por una matriz ideológica criminalizadora que ha encontrado en la ley un instrumento eficaz. En este esquema, el psiquiatra —frecuentemente inocente— es tratado como culpable por defecto, mientras que el verdadero “climatizador” del daño queda fuera de análisis: una normativa y una ideología que confunden tragedia humana con delito, riesgo clínico con dolo penal, y convierten al proceso mismo en sanción. La ley, lejos de ordenar, desordena; lejos de proteger, expone.
El tiempo, que debería servir a la verdad, se convierte así en castigo.un sistema que sanciona sin aprender termina por autodestruirse.
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