La estafa del transporte público
Santiago Kussianovich DNI 28.249.062
Voy de Neuquén a Centenario. Terminó la virtualidad. No tengo auto. Debo viajar en el Pehuenche. Cuando voy a la parada, me encuentro siempre con una cola interminable de gente esperando. Por ser la primer parada del recorrido, quienes esperan, a pesar de rondar entre 30, 40 o 50 personas, tienen la suerte de subir y emprender el viaje. Pero en el camino, ya en las primeras detenciones del colectivo, el chofer comienza a no parar o a -en un acto de humanidad sorprendente- informar que no puede subir a más pasajeros.
En el trayecto veo a trabajadores mirar impotentes que su transporte pasa sin levantarlos, casi como pidiendo explicaciones, decepcionados y tristes en sus rostros, el colectivo sigue su viaje. Yo pensaba que esos trabajadores y trabajadoras querían llegar a casa para disfrutar del almuerzo tardío con su familia que los estaba esperando, que habían coordinado el único momento familiar del día en el simple acto de compartir la comida, o que simplemente, después de largas jornadas laborales, sus cuerpos sólo necesitaban llegar a casa. Lamentablemente, la cotidianidad (ya) compleja de la clase trabajadora es afectada perjudicialmente por la indiferencia del transporte público.
Desde que se flexibilizaron las restricciones sobre la libertad de tránsito en la vía pública, gracias a la disminución de mortalidad del Covid, terminó la virtualidad y todo el mundo salió a la calle.
Instantáneamente, la precariedad del transporte público se evidenció. La empresa Pehuenche, por ejemplo, empeoró su servicio Nqn-Centenario en un 100%. Mientras antes, con la empresa Campana dos (de la cual también nos quejábamos pero vemos que puede ser peor), la frecuencia era de 15 minutos, ahora es de media hora, y si hablamos del recorrido Nqn-Cinco Saltos mucho más. La empresa Koko, en el recorrido Cipolletti-Nqn por Alem, del cual dependen muchos estudiantes y docentes que concurren a la Universidad del Comahue (FACE), la frecuencia es de una hora y en momentos con algunos intervalos de dos horas, lo cual también da cuenta de un empeoramiento de un 100%, sin contar que ambos servicios redujeron la franja horaria, sobretodo la del final del día.
Primero pensábamos que esa precariedad era producto del achicamiento del servicio debido a las restricciones sanitarias, pero rápidamente nos dimos cuenta que esas rebajas y reducciones ya eran parte de un problema crónico. Hay quienes dicen (y hasta hay poesías escritas al respecto) que el desastroso servicio de transporte público del Alto Valle se padece desde hace varios años y que es uno de los peores de Argentina. Si hablamos de precariedad quizás sea un eufemismo, ya que se parece más a una estafa o a un robo a cara descubierta. La decadencia del transporte público es prueba del total desinterés de los representantes por los representados, y también de las empresas por sus consumidores.
Me pregunto cómo un transporte “público” puede ser tan deficiente. Me pregunto qué es lo público, qué es lo que hace que algo lo sea. Imagino que hay un contrato y pautas que cumplir y que el Estado debe controlar su cumplimiento, porque lo público es un espacio de la ciudadanía, algo que debe ser posibilitado para que el aspecto privado de los ciudadanos pueda desarrollarse. Pero aquí no parece haber interés en realizarlo. Y al fin de cuentas, así como los sueldos de la clase trabajadora no alcanzan, tampoco hay empeño en que esa vida ya compleja sea un poco más llevadera, que no es más que pedir lo mínimo para su subsistencia.
¿Qué tiene que esperar un concejal – del municipio que quieran – para intervenir en el consejo deliberante y denunciar tan sobrada estafa?
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