Morir sin nombre

Por Carta de lector

Javier Genoud DNI 17.506.130

Roca

Hay muertes que parecen doler más que otras. No por la tragedia en sí, porque morir atropellado o en un vuelco es igual de brutal para cualquiera, sino por el lugar que ocupaba esa persona antes de morir. Un ex juez muere atropellado en el centro de General Roca. Y entonces aparecen las notas largas, los reconocimientos, los comunicados gremiales, las palabras medidas. Se lo despide. Se lo destaca. Se lo humaniza.

En paralelo (casi en la misma línea de tiempo) un joven de 26 años muere en un vuelco. Un “pibe”. Una vida que recién empezaba. Un párrafo. Un título. Pero no es un caso aislado. En la misma región, aparecen escenas que se repiten con una crudeza casi mecánica.

Una pareja muere en un choque frontal en la Ruta 22, en Allen, después de un sobrepaso fallido. Dos vidas que se apagan en segundos por una maniobra cotidiana. Otra nota más. Un motociclista muere tras chocar con una camioneta en un cruce de la misma ruta. Llega al hospital. No alcanza. Otra línea que se cierra. Un hombre vuelca con su vehículo en la Ruta 2, en el Valle Medio. No hay otro auto. No hay “culpable” claro.

Igual hay muerte. Igual hay silencio después. Incluso ese joven de 26 años que muere cerca de Darwin, también en la Ruta 22, forma parte de esa cadena invisible de tragedias que se acumulan sin construir memoria.

Y entonces la pregunta ya no es sobre el accidente. Es sobre nosotros. Porque los accidentes de tránsito son cotidianos. Mueren obreros, estudiantes, docentes, desocupados, jubilados. Personas. Pero no todos reciben el mismo espacio en la memoria pública. Cuando la víctima pertenece al entramado del poder, aunque sea un “ex”, aunque haya sido en definitiva un empleado del Estado, personaje político, sindicalista; el relato se vuelve más extenso, más cálido, más institucional. Aparecen los gremios también, despidiendo “a parte de su familia”.

Y ahí, casi sin querer, se filtra otra cosa: esa lógica donde lo público se vuelve íntimo, donde el Estado a veces funciona como una red de vínculos cerrados, casi heredados, casi propios. No es contra la persona. Es contra la vara.

Porque mientras tanto, del otro lado, hay familias que lloran en silencio. Sin comunicado. Sin reconocimiento. Sin nombre repetido.

¿Vale más una vida que otra? No. Pero claramente algunas muertes valen más espacio. Y eso no habla de los muertos. Habla de los vivos. Habla de una sociedad que todavía mide la importancia de una vida por su cercanía al poder, por su cargo, por su apellido, por su pertenencia.

Habla de nosotros, que leemos más atentos cuando el nombre “pesa”. Porque al final, la tragedia es la misma. El impacto es el mismo. La ausencia, también. Pero la memoria: no. Y hay algo todavía más incómodo.

No es solo lo que hacen los medios. Es lo que consumimos. Porque esas notas más largas, más “cuidadas”, más humanas, también existen porque hay un lector que las legitima. Porque hay una atención que se activa cuando el nombre tiene peso. Porque, en el fondo, también elegimos a quién mirar. La desigualdad no empieza en la noticia. Empieza en la sensibilidad. Y entonces ya no alcanza con señalar al diario, ni al gremio, ni al Estado.

Porque el filtro también somos nosotros. Naturalizamos que algunos merecen más palabras. Más recuerdo. Más duelo. Y eso, aunque no lo digamos, es una forma silenciosa de jerarquizar la vida.-

¿Y si la verdadera injusticia no está en la muerte, sino en la memoria?


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