“Caso Nisman: dislate 10-racionalidad 0”
Recientemente un fiscal de la Nación que, acertado o no, investigaba –quiero creer que imparcialmente– una cuestión sensible de Estado como el atentado a la AMIA ha muerto en circunstancias cuando menos dudosas y antes de emitir una opinión todos deberían, por prudencia, esperar que la Justicia dilucide el caso. A partir de este hecho luctuoso y preocupante se ha desatado en el país un verdadero aquelarre comunicacional, político e institucional pocas veces visto al que nadie quiere faltar, que casi nada aporta al esclarecimiento del hecho ni a la tranquilidad general y que engrosa el “rating de la muerte” al que algunos medios nos tienen acostumbrados. El gobierno, que se cree poseedor de todas la verdades, y la oposición, fogoneada por sectores de la prensa e intereses visibles y no tanto, aportan jugosamente su granito de arena a la confusión general. Debo confesar que ninguno de los que han opinado sobre el caso (seguramente hay excepciones) me ha sorprendido por el tino, la prudencia, corrección o sensatez de sus planteos. Estamos frente a un verdadero dislate en su acepción etimológica –o sea, un disparate o despropósito disparado a lo loco, a diestra y siniestra– que va ganando por goleada. Es necesario analizar en qué contexto se produjo el hecho, sobre todo cuando transitábamos un enero tranquilo en el que las apostillas electorales se centraban en ver si el oficialismo ganaba o no las elecciones del corriente año, en primera vuelta o no, frente a la orfandad patética de todo el arco opositor. En ese panorama el diablo metió la cola –como diría mi abuelo– o alguien abrió la caja de Pandora y las consecuencias están a la vista. Antes de continuar, dejo expuesta mi desconfianza en los hechos fortuitos, casualidades o detonantes rutilantes. Estoy convencido de que la Primera Guerra Mundial no empezó con el asesinato en Sarajevo ni la Segunda con la invasión a Polonia; tampoco lo que pasa en el país, con la muerte de Nisman. Decir algunas cosas puede no ser políticamente correcto en un país que ha instaurado una suerte de estigmatización de los que piensan por fuera de las concepciones impuestas de un lado y otro. El alineamiento militante de los profesionales de prensa en una dirección u otra, la censura y la autocensura planean evidentes sobre el panorama periodístico y por ello a nadie llama la atención o preocupa que en los medios oficiales no haya voces en contrario ni menos en los opositores, que reiteran hasta el hartazgo por acción u omisión hechos de dudosa veracidad. En ese mar de noticias tendenciosas la población, sin información confiable, sigue el caso como si fuera un culebrón turco y se inclina por una u otra hipótesis, según sus simpatías u odios hacia el oficialismo o a la oposición. Mientras, las empresas periodísticas, de parabienes, mantienen a sus seguidores atornillados frente a los titulares y los supuestos avances del caso. La verdad real, a esta altura, colijo que poco o nada importa; el show debe seguir y se echa mano a todo lo que ayude al debilitamiento del oficialismo en la guerra santa desatada por la oposición y los grupos de poder aliados a ellos. Los errores políticos y la incontinencia verbal del gobierno tampoco colaboran al aquietamiento de las aguas. Hubiera deseado que frente a una cuestión de Estado todos sus componentes hicieran causa común en la preservación del mismo. En el caso vemos lo contrario, ya que la precaria affectio societatis que nos caracteriza se resquebraja aún más, desatando fuerzas que diluyen todo. Sobran respuestas temerarias de un lado y del otro y nadie pregunta seriamente ¿por qué ahora? y, sobre todo, ¿a quién perjudica o beneficia este hecho?, para que a partir de ese punto se pueda trabajar en la resolución del caso. En los tiempos que corren nada es porque sí y mucho menos gratis; algunos ganarán y muchos perderán y, como decía Sartre, “cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren”. En un país serio y ante un caso de esta envergadura, el gobierno debería haber convocado a los líderes de todas las fuerzas políticas y sociales; si no lo hiciera, ellos mismos deberían haberlo exigido. En el nuestro, como en el Antón Pirulero, cada cual atiende su juego y quiere llevar agua para su molino. Me parece una bajeza querer sacar réditos políticos de un hecho que nos afecta a todos y además es inexplicable que los opositores se sumen a la marcha convocada por aquellos que tienen la potestad constitucional de investigar y a quienes, a la luz de diversos hechos graves ocurridos en 30 años de democracia, no los han caracterizado la eficacia ni la profesionalidad en el cumplimiento de sus deberes. Si hubieran sido eficientes, muchos de los casos que durante años se ventilan más por la prensa que por los juzgados quizás tendrían alguna resolución y la verdad hubiera salido a la luz, cosa que no ha ocurrido. Puede que estas reflexiones no agraden a todos, ya que el humor social no acepta términos medios: se está “conmigo o es mi enemigo”, mientras el sentido común, la equidistancia y la racionalidad son sospechadas. Parafraseando la marcha de San Lorenzo, podemos decir: tras los muros, sordos ruidos oír se dejan de corceles y de acero. Son las huestes que prepara la oposición para luchar en las elecciones. Ricardo Luis Mascheroni DNI 10.863.324 Santa Fe
Recientemente un fiscal de la Nación que, acertado o no, investigaba –quiero creer que imparcialmente– una cuestión sensible de Estado como el atentado a la AMIA ha muerto en circunstancias cuando menos dudosas y antes de emitir una opinión todos deberían, por prudencia, esperar que la Justicia dilucide el caso. A partir de este hecho luctuoso y preocupante se ha desatado en el país un verdadero aquelarre comunicacional, político e institucional pocas veces visto al que nadie quiere faltar, que casi nada aporta al esclarecimiento del hecho ni a la tranquilidad general y que engrosa el “rating de la muerte” al que algunos medios nos tienen acostumbrados. El gobierno, que se cree poseedor de todas la verdades, y la oposición, fogoneada por sectores de la prensa e intereses visibles y no tanto, aportan jugosamente su granito de arena a la confusión general. Debo confesar que ninguno de los que han opinado sobre el caso (seguramente hay excepciones) me ha sorprendido por el tino, la prudencia, corrección o sensatez de sus planteos. Estamos frente a un verdadero dislate en su acepción etimológica –o sea, un disparate o despropósito disparado a lo loco, a diestra y siniestra– que va ganando por goleada. Es necesario analizar en qué contexto se produjo el hecho, sobre todo cuando transitábamos un enero tranquilo en el que las apostillas electorales se centraban en ver si el oficialismo ganaba o no las elecciones del corriente año, en primera vuelta o no, frente a la orfandad patética de todo el arco opositor. En ese panorama el diablo metió la cola –como diría mi abuelo– o alguien abrió la caja de Pandora y las consecuencias están a la vista. Antes de continuar, dejo expuesta mi desconfianza en los hechos fortuitos, casualidades o detonantes rutilantes. Estoy convencido de que la Primera Guerra Mundial no empezó con el asesinato en Sarajevo ni la Segunda con la invasión a Polonia; tampoco lo que pasa en el país, con la muerte de Nisman. Decir algunas cosas puede no ser políticamente correcto en un país que ha instaurado una suerte de estigmatización de los que piensan por fuera de las concepciones impuestas de un lado y otro. El alineamiento militante de los profesionales de prensa en una dirección u otra, la censura y la autocensura planean evidentes sobre el panorama periodístico y por ello a nadie llama la atención o preocupa que en los medios oficiales no haya voces en contrario ni menos en los opositores, que reiteran hasta el hartazgo por acción u omisión hechos de dudosa veracidad. En ese mar de noticias tendenciosas la población, sin información confiable, sigue el caso como si fuera un culebrón turco y se inclina por una u otra hipótesis, según sus simpatías u odios hacia el oficialismo o a la oposición. Mientras, las empresas periodísticas, de parabienes, mantienen a sus seguidores atornillados frente a los titulares y los supuestos avances del caso. La verdad real, a esta altura, colijo que poco o nada importa; el show debe seguir y se echa mano a todo lo que ayude al debilitamiento del oficialismo en la guerra santa desatada por la oposición y los grupos de poder aliados a ellos. Los errores políticos y la incontinencia verbal del gobierno tampoco colaboran al aquietamiento de las aguas. Hubiera deseado que frente a una cuestión de Estado todos sus componentes hicieran causa común en la preservación del mismo. En el caso vemos lo contrario, ya que la precaria affectio societatis que nos caracteriza se resquebraja aún más, desatando fuerzas que diluyen todo. Sobran respuestas temerarias de un lado y del otro y nadie pregunta seriamente ¿por qué ahora? y, sobre todo, ¿a quién perjudica o beneficia este hecho?, para que a partir de ese punto se pueda trabajar en la resolución del caso. En los tiempos que corren nada es porque sí y mucho menos gratis; algunos ganarán y muchos perderán y, como decía Sartre, “cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres los que mueren”. En un país serio y ante un caso de esta envergadura, el gobierno debería haber convocado a los líderes de todas las fuerzas políticas y sociales; si no lo hiciera, ellos mismos deberían haberlo exigido. En el nuestro, como en el Antón Pirulero, cada cual atiende su juego y quiere llevar agua para su molino. Me parece una bajeza querer sacar réditos políticos de un hecho que nos afecta a todos y además es inexplicable que los opositores se sumen a la marcha convocada por aquellos que tienen la potestad constitucional de investigar y a quienes, a la luz de diversos hechos graves ocurridos en 30 años de democracia, no los han caracterizado la eficacia ni la profesionalidad en el cumplimiento de sus deberes. Si hubieran sido eficientes, muchos de los casos que durante años se ventilan más por la prensa que por los juzgados quizás tendrían alguna resolución y la verdad hubiera salido a la luz, cosa que no ha ocurrido. Puede que estas reflexiones no agraden a todos, ya que el humor social no acepta términos medios: se está “conmigo o es mi enemigo”, mientras el sentido común, la equidistancia y la racionalidad son sospechadas. Parafraseando la marcha de San Lorenzo, podemos decir: tras los muros, sordos ruidos oír se dejan de corceles y de acero. Son las huestes que prepara la oposición para luchar en las elecciones. Ricardo Luis Mascheroni DNI 10.863.324 Santa Fe
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