Cézanne, Gauguin y Van Gogh en el Metropolitan de Nueva York

Por Oscar Smoljan, Director Museo Nacional de Bellas Artes Neuquén

Redacción

Por Redacción

APUNTES DE LA CULTURA

En la siempre multifacética Manhattan, el arte mundial guarda uno de sus refugios más emblemáticos: el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, una de las instituciones culturales y artísticas más importantes del planeta con una colección estimada en más de dos millones de obras de arte de los cuatro continentes y todos los tiempos.

Desde hace muchos años la ciudad que inmortalizara Woody Allen viene siendo el centro indiscutido de la cultura mundial, desplazando incluso a otras capitales que, si bien continúan irradiando arte y cultura a granel, no alcanzan en multitudes, originalidad e innovación a lo producido en la populosa Gran Manzana.

Sobre el 1000 de la exclusiva Quinta Avenida, el Met, como lo llaman familiarmente los neoyorquinos, guarda algunos de las joyas artísticas más espectaculares de la historia de la humanidad, desde tesoros de la antigüedad hasta obras de artistas modernos como Picasso o Pollock, pero con un especial énfasis en los pintores europeos del siglo XIX, en particular los impresionistas y posimpresionistas y de entre todos tres que se llevan las palmas: Cézanne, Gauguin y Van Gogh, perlas de una colección permanente única en el mundo.

Este museo es un claro ejemplo de un aceitado mecanismo que ha convertido a los museos de arte norteamericanos en monumentales reservorios del arte internacional. Desde 1917, el régimen fiscal de mecenazgo incentiva a las grandes empresas a donar dinero a las organizaciones sin fines de lucro, como los museos, a cambio de importantes exenciones impositivas, lo cual ha permitido la adquisición un cuerpo de obras que otros museos del mundo jamás podrían igualar.

En el caso del Met, de las más de dos mil piezas que integran la colección europea, más de veinte corresponden a trabajos de Paul Cézanne, a quien este museo dedica por estos días una muestra de pinturas, dibujos y acuarelas del genial artista dedicadas a Hortense Figuet, quien fuera su esposa y madre de su único hijo.

Madame Cézanne es el título de la exhibición que recoge veinticuatro retratos de Hortense realizados en óleo, acuarela y grafito, y que conforman un único testimonio gráfico de la mujer que acompañó al artista y le dio su único hijo, en una relación que por años permaneció oculta a los ojos de la familia y el círculo social del pintor, debido a los prejuicios de la época.

La colección incluye Madame Cézanne en un sillón rojo (1877) del Museo de Bellas Artes de Boston; Madame Cézanne (1885) de la Nationalgalerie, Museo Berggruen de Berlín; Retrato de Madame Cézanne (1885-1887) del Museo de Arte de Filadelfia; Madame Cézanne en un vestido rayado (1883-1885) del Museo de Arte Yokohama de Japón; Madame Cézanne en azul (1888-1890) del Museo de Bellas Artes de Houston y, de la colección propia del Met, Madame Cézanne en el Conservatorio (1891) y Madame Cézanne en un vestido rojo (1888-1890).

Fue un pintor ignorado en vida por la crítica y sólo apreciado por sus colegas. Murió de neumonía tras una terrible tormenta que lo sorprendió en el campo. Las nuevas generaciones se encargaron de sacarlo a la luz para el futuro.

No menos importantes son las obras que el Met posee de Gauguin y Van Gogh en su colección permanente. En el caso del holandés, quien en vida sólo vendió un cuadro y se suicidó en medio de graves problemas mentales, se destacan aquí obras inmortales e invaluables como Cipreses, Campo de trigo con cipreses, Corredor en el asilo o Calle en Etten.

De su amigo, el francés Paul Gauguin, están sus célebres mujeres tahitianas pintadas durante sus años en la Polinesia, donde murió pobre y enfermo a los 54 años y donde aún reposan sus restos.

Paradojas del arte y del destino. Todo esto, a metros de la calle más cara y exclusiva de todas las calles que tiene este mundo.


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