China se normaliza
En la mayoría de los países, una tasa de crecimiento del 7% anual motivaría festejos, pero en China el anuncio oficial de que este año se prevé una expansión de dicho porcentaje –según el FMI, será del 6,8%– sólo ha ocasionado preocupación. Lo que temen tanto los jerarcas comunistas como los empresarios más importantes es que la economía china haya entrado en una fase relativamente letárgica, lo que traería muchos problemas políticos para un gobierno cuya legitimidad depende en buena medida de la promesa de que, merced a su liderazgo, seguirá aumentando el nivel de vida de los centenares de millones de personas que conforman la nueva clase media. Asimismo, a pesar de las impresionantes hazañas macroeconómicas que fueron posibilitadas por las reformas liberales impulsadas por el régimen comunista luego de los desastres provocados por la “revolución cultural” de Mao Zedong, China no ha dejado de ser un país pobre, con un ingreso per cápita tercermundista, detalle éste que prefieren pasar por alto los entusiasmados por la idea de que haya desplazado a Estados Unidos como el país dueño de la economía más grande del planeta. El éxito en tal sentido, como los anotados últimamente por otro gigante asiático, la India, se debe a sus dimensiones demográficas; de tratarse de un país con tantos habitantes como la Argentina, digamos, lo logrado por China hubiera tenido un impacto decididamente menor. Los optimistas esperan que en los años próximos China siga creciendo por lo menos a una velocidad de crucero, de entre el 5% y el 7% anual, lo que le permitiría continuar reduciendo la brecha enorme que aún la separa de los países desarrollados de América del Norte, Europa occidental y el Japón, además de algunos de población mayormente china como Taiwán y Singapur, para no hablar de la ciudad parcialmente autónoma de Hong Kong. Los pesimistas creen que lo que le aguarda es un “aterrizaje” traumático en el que choque contra una multitud de problemas acumulados en el transcurso de un cuarto de siglo de crecimiento frenético, entre ellos una serie de burbujas inmobiliarias, la corrupción impúdica, un inmenso sistema bancario “en las sombras” que podría incluir muchas entidades ya quebradas y un grado extraordinario de polución ambiental que perjudica a los habitantes de las grandes ciudades y los centros industriales. Otro peligro se ve planteado por los cambios que están concretándose en Estados Unidos donde, gracias a la caída de los costos de la energía y el progreso tecnológico, las fábricas de bienes de consumo están adquiriendo la capacidad para competir con las de China y otros países de mano de obra barata. Puesto que la transformación de China en una gran potencia manufacturera fue ayudada por la voluntad de empresas occidentales de aprovechar la diferencia de costos laborales entre sus propios países y los de otras partes del mundo, la convergencia que está en marcha le supone muchos riesgos. A juicio de algunos especialistas, la situación en que se encuentra China se parece a la enfrentada por el Japón a comienzos de las “décadas perdidas” que se iniciaron en los años noventa luego de un período prolongado de crecimiento rapidísimo. Sin embargo, mientras que Japón entró en crisis cuando ya era un país rico, razón por la que las consecuencias del estancamiento no han sido muy dolorosas, China carece de los recursos e instituciones que necesitaría para atenuar el impacto social de una desaceleración abrupta. Puede entenderse, pues, que el nerviosismo se haya apoderado de sectores de la elite gobernante. El presidente Xi Jinping y otros miembros del gobierno quieren que en el futuro la economía china dependa menos de las exportaciones y mucho más del consumo interno, como es el caso en Estados Unidos, Europa y el Japón, pero una cosa es teorizar en torno a los cambios estructurales deseables y otra muy diferente implementarlos. Si bien los líderes chinos parecen conscientes de que ha llegado la hora de cambiar el “modelo” que les sirvió para que su país se erigiera en una superpotencia comercial por otro más apropiado para uno en vías de desarrollarse plenamente, sabrán que para lograrlo una clase media sumamente ahorrativa tendría que consumir mucho más, algo que es reacia a hacer porque, para frustración de los gobernantes, no tiene confianza en el futuro.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 13 de marzo de 2015
En la mayoría de los países, una tasa de crecimiento del 7% anual motivaría festejos, pero en China el anuncio oficial de que este año se prevé una expansión de dicho porcentaje –según el FMI, será del 6,8%– sólo ha ocasionado preocupación. Lo que temen tanto los jerarcas comunistas como los empresarios más importantes es que la economía china haya entrado en una fase relativamente letárgica, lo que traería muchos problemas políticos para un gobierno cuya legitimidad depende en buena medida de la promesa de que, merced a su liderazgo, seguirá aumentando el nivel de vida de los centenares de millones de personas que conforman la nueva clase media. Asimismo, a pesar de las impresionantes hazañas macroeconómicas que fueron posibilitadas por las reformas liberales impulsadas por el régimen comunista luego de los desastres provocados por la “revolución cultural” de Mao Zedong, China no ha dejado de ser un país pobre, con un ingreso per cápita tercermundista, detalle éste que prefieren pasar por alto los entusiasmados por la idea de que haya desplazado a Estados Unidos como el país dueño de la economía más grande del planeta. El éxito en tal sentido, como los anotados últimamente por otro gigante asiático, la India, se debe a sus dimensiones demográficas; de tratarse de un país con tantos habitantes como la Argentina, digamos, lo logrado por China hubiera tenido un impacto decididamente menor. Los optimistas esperan que en los años próximos China siga creciendo por lo menos a una velocidad de crucero, de entre el 5% y el 7% anual, lo que le permitiría continuar reduciendo la brecha enorme que aún la separa de los países desarrollados de América del Norte, Europa occidental y el Japón, además de algunos de población mayormente china como Taiwán y Singapur, para no hablar de la ciudad parcialmente autónoma de Hong Kong. Los pesimistas creen que lo que le aguarda es un “aterrizaje” traumático en el que choque contra una multitud de problemas acumulados en el transcurso de un cuarto de siglo de crecimiento frenético, entre ellos una serie de burbujas inmobiliarias, la corrupción impúdica, un inmenso sistema bancario “en las sombras” que podría incluir muchas entidades ya quebradas y un grado extraordinario de polución ambiental que perjudica a los habitantes de las grandes ciudades y los centros industriales. Otro peligro se ve planteado por los cambios que están concretándose en Estados Unidos donde, gracias a la caída de los costos de la energía y el progreso tecnológico, las fábricas de bienes de consumo están adquiriendo la capacidad para competir con las de China y otros países de mano de obra barata. Puesto que la transformación de China en una gran potencia manufacturera fue ayudada por la voluntad de empresas occidentales de aprovechar la diferencia de costos laborales entre sus propios países y los de otras partes del mundo, la convergencia que está en marcha le supone muchos riesgos. A juicio de algunos especialistas, la situación en que se encuentra China se parece a la enfrentada por el Japón a comienzos de las “décadas perdidas” que se iniciaron en los años noventa luego de un período prolongado de crecimiento rapidísimo. Sin embargo, mientras que Japón entró en crisis cuando ya era un país rico, razón por la que las consecuencias del estancamiento no han sido muy dolorosas, China carece de los recursos e instituciones que necesitaría para atenuar el impacto social de una desaceleración abrupta. Puede entenderse, pues, que el nerviosismo se haya apoderado de sectores de la elite gobernante. El presidente Xi Jinping y otros miembros del gobierno quieren que en el futuro la economía china dependa menos de las exportaciones y mucho más del consumo interno, como es el caso en Estados Unidos, Europa y el Japón, pero una cosa es teorizar en torno a los cambios estructurales deseables y otra muy diferente implementarlos. Si bien los líderes chinos parecen conscientes de que ha llegado la hora de cambiar el “modelo” que les sirvió para que su país se erigiera en una superpotencia comercial por otro más apropiado para uno en vías de desarrollarse plenamente, sabrán que para lograrlo una clase media sumamente ahorrativa tendría que consumir mucho más, algo que es reacia a hacer porque, para frustración de los gobernantes, no tiene confianza en el futuro.
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