Ciclos económicos

Redacción

Por Redacción

Desde el Antiguo Testamento, con su relato de las siete vacas gordas seguidas por otras tantas flacas, sabemos que la prosperidad no está garantizada.

Karl Marx fue el primero que intentó estudiar sistemáticamente las crisis de la sociedad industrial. Entre sus observaciones, sostuvo que la inestabilidad era inherente al funcionamiento económico, dadas las contradicciones que arrastraba el capitalismo. En su utopía, Marx pensó que se llegaría a una crisis final que terminaría suplantando el sistema por otra forma de organización productiva: el socialismo.

En 1863, en su libro «Las crisis comerciales y su retorno en Francia, Inglaterra y Estados Unidos», el médico francés Clément Juglar planteó la existencia de movimientos ondulatorios en el proceso económico. Juglar sostenía una periodicidad de aproximadamente ocho años en el alza y la baja de la actividad económica.

La historia tuvo en la gran crisis de 1929 una referencia ineludible en este tipo de dramáticas caídas de la actividad económica. Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) el optimismo regresó a Estados Unidos. Clara imagen de esta situación fue la suba de las acciones en la Bolsa de Nueva York. Durante la década de 1920, algunos valores bursátiles llegaron a ganar el 50% por año y la tasa de interés abonada por disponer de dinero alcanzó el 12%. Estaban dadas las bases para la especulación financiera; la gente se endeudaba para comprar acciones y, al vender los títulos, obtenía dinero con el que pagaba sus obligaciones bancarias y quedaba con una fácil ganancia. Cuando el 24 de octubre de 1929 se produjo la estrepitosa caída de los valores, millones de acciones no encontraron compradores. Al no poder venderlas, sus dueños dejaron de honrar las deudas con los bancos, lo que ocasionó un descomunal pánico en medio del cual la gente corría a retirar los depósitos y quebraban instituciones financieras. En 1932, en el país del Norte había más de trece millones de desocupados y en nuestra Argentina la crisis posibilitaba el golpe de Estado que iba a derrocar al presidente Hipólito Yrigoyen.

En 1936 el célebre economista inglés J. M. Keynes publicó su «Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero», uno de cuyos objetivos principales era dar elementos de política económica para controlar las variaciones cíclicas de la economía y evitar el desempleo generalizado.

Los buenos años posteriores a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) hicieron perder importancia a estos movimientos, que comienzan con el ascenso de la actividad económica hasta que se produce una crisis; lo siguiente es la caída o descenso para, finalmente, entrar en algún momento en un nuevo capítulo de reactivación. La experiencia indica que no hay dos ciclos iguales, por lo que las predicciones que puedan hacerse sobre los patrones de las fluctuaciones económicas son endebles.

Con el enorme impulso de la globalización y liberalización de los noventa, las operaciones financieras en el gran mundo alcanzaron cifras gigantescas. Ya a fines de la década pasada en el Primer Mundo se vivía una clara efervescencia, cuyas manifestaciones clásicas fueron la suba de los valores bursátiles, olas de fusiones entre grandes empresas y el alza en los precios de las propiedades. En esos cercanos años, los optimistas pensaban que la «nueva economía» generada por la revolución en las comunicaciones, con las redes como internet, la telefonía celular y las computadoras, constituía una base segura para un progreso indefinido. Sin embargo, la burbuja de la alegría estalló en el 2001 y hubo que comenzar nuevamente. Los grandes países bajaron las tasas de interés para contribuir al crecimiento, a lo que se sumó una política liviana de acceso a los préstamos. Se repetía el mecanismo, comprándose propiedades con créditos baratos. Por su parte, las instituciones financieras transformaban estos montos de dinero en papeles que colocaban en los mercados con la garantía del valor de la propiedad. El negocio de apostar a la suba dejaba buena diferencia al vender las casas o departamentos.

Pero, como siempre suele pasar con los movimientos especulativos, un día «un extraño silbato» ordenó parar, entonces comenzaron a bajar los precios de las casas y, conjuntamente, a subir las tasas por temor a las presiones inflacionarias. El temor como una enfermedad rápidamente contagiosa invadió a los operadores bursátiles y se sentenció: «crisis de confianza». Si bien los bancos centrales han comenzado a actuar inyectando dinero al sistema bancario y evidenciando un cierto interés en bajar las tasas nuevamente, esta historia todavía tiene un final abierto. Los expertos financieros diagnostican «volatilidad», o sea que hoy se puede subir y mañana bajar sin ninguna claridad de la dirección en el mediano plazo.

La crisis presente tiene nuevos jugadores. Los denominados «hedge-funds», cuya traducción aproximada es «fondos de cobertura», son grupos que juntan dinero y luego lo vuelcan en operaciones de alto riesgo. Utilizan sus capitales para apostar a las diferencias entre las monedas en el corto plazo como, por ejemplo, comprar euros bajo el supuesto de que seguirá subiendo frente al dólar, apostar a la valorización de materias primas como el petróleo o jugar con los valores de propiedades, evidenciando no tener temores de endeudarse para meterse en todo lugar que presumen de beneficios cercanos. Hacia 1999, en el mundo había 39 de estos grupos, que al 2006 llegaron a sumar más de 1.400. Al no estar reglamentados, sus operaciones pueden arrastrar a dramáticos derrumbes del sistema económico.

Dos son los caminos que podemos transitar frente a la repetida historia de un ciclo en los países centrales. Por un lado, si el problema financiero salta a la economía real con toda su fuerza, es muy probable que bajen los precios de nuestros sagrados bienes de exportación: soja, trigo y maíz, entre ellos. De ocurrir esto, disminuirán los ingresos del Estado y será complicado mantener el superávit. Por otra parte, al enrarecerse el sistema internacional, será más difícil para empresas y gobiernos obtener la necesaria financiación.

Los optimistas dicen que la demanda de China e India puede compensar la posible caída de los países desarrollados y ayudar a mantener los precios de los commodities o materias primas. Los pesimistas piensan que, si viene el vendaval, será complicado poder aislarse.

Existe la posibilidad de que en un plazo no muy largo las negras nubes que hoy opacan principalmente el panorama de los Estados Unidos se disipen, dando lugar a la continuación de vientos favorables para la Argentina.

ERNESTO BILDER (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Docente de la UNC


Desde el Antiguo Testamento, con su relato de las siete vacas gordas seguidas por otras tantas flacas, sabemos que la prosperidad no está garantizada.

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