El aburrimiento no es trivial: revelan que activa el cerebro y puede cambiar conductas
Investigadores de la Universidad de Flores y del Laboratorio de Investigación en Neurociencias y Ciencias Sociales realizaron una revisión de la literatura científica disponible sobre el aburrimiento para analizar sus dimensiones cognitivas, afectivas, neurobiológicas y socioculturales.
El aburrimiento activa la red neuronal por defecto, la misma que trabaja cuando la mente divaga
El aburrimiento tiene mala fama, pero la investigación científica empezó a tomarlo en serio. Investigadores de la Universidad de Flores y del Laboratorio de Investigación en Neurociencias y Ciencias Sociales de la Argentina revisaron decenas de estudios para entender qué es exactamente lo que pasa cuando alguien se aburre.
El trabajo fue realizado por Mónica Prandi y Marcelo Ceberio. Fue publicado en la revista Retos de la Ciencia y analiza el aburrimiento desde sus dimensiones cognitivas, afectivas, neurobiológicas y socioculturales.
Uno de los datos más llamativos del estudio es que el 63% de los adultos se aburre al menos una vez cada diez días. “Durante mucho tiempo, el aburrimiento fue considerado algo menor, sin demasiada importancia frente a emociones como la ansiedad, la depresión o el miedo”, afirmó Prandi, quien es doctora en psicología en diálogo con Diario RÍO NEGRO.
De hecho, el aburrimiento había sido directamente excluido de las investigaciones sobre las emociones. La experta señaló que la ciencia lo dejó de lado «no por falta de relevancia, sino por su complejidad». Se trata de un fenómeno multidimensional que históricamente se confundió con la apatía, el desinterés o el cansancio. Esos estados pueden acompañar al aburrimiento, pero no son lo mismo.
Señal de alarma
Lo que sí está claro es que el aburrimiento funciona como una señal de alarma del cerebro: indica que algo en el entorno no está capturando la atención de manera satisfactoria.
Esa señal genera un impulso a hacer algo diferente, aunque no necesariamente algo agradable, sino algo que en ese momento parezca significativo. Ahí es donde el aburrimiento se vuelve interesante: puede llevar tanto a la creatividad como a conductas destructivas o antisociales. Lo que define el camino no es el aburrimiento en sí, sino los recursos que tiene cada persona para manejarlo.
“Cuando hay recursos emocionales y simbólicos disponibles, y un entorno que lo permite, el aburrimiento puede abrir puertas a la exploración y la creatividad. Pero cuando predominan la impulsividad, la baja autorregulación o los contextos empobrecidos, el desenlace puede ser muy distinto”, expresó la especialista.

El papel de la cultura
La cultura también juega un papel. Prandi puntualizó que aburrirse «no es solo una experiencia interna, sino también una interacción con las variables del entorno.»
La investigadora lleva adelante otro estudio con latinoamericanos inmigrantes para explorar cómo cambia la vivencia del aburrimiento según el país de residencia.
Los primeros hallazgos muestran que las expectativas culturales sobre el trabajo, el ocio y los vínculos sociales moldean la manera en que cada uno experimenta ese estado. “En algunas culturas, la vida social es central en la experiencia del aburrimiento; en otras, se asocia más con la soledad o la presión productiva”, mencionó.
Lo que el estudio deja en claro es que el aburrimiento no es una pavada ni un lujo de gente sin problemas. Es una experiencia universal, compleja y con consecuencias reales según cómo se gestione.
Lo que le pasa al cerebro cuando se aburre (y por qué puede ser peligroso)
El aburrimiento no es solo una sensación vaga. Los estudios de neuroimágenes muestran cambios concretos y medibles en el cerebro cuando alguien lo experimenta, según informaron en la revista Retos de la Ciencia, publicada por la Fundación Internacional para la Educación la Ciencia y la Tecnología (FIECYT).
La corteza prefrontal, la zona que regula las decisiones y el autocontrol, reduce su actividad. Al mismo tiempo, se activa la llamada «red neuronal por defecto», que es la que trabaja cuando la mente divaga sin rumbo fijo.

El cuerpo también reacciona. Investigaciones recientes confirmaron que el aburrimiento inducido genera respuestas fisiológicas de estrés, parecidas a las que produce una amenaza real. Y ahí viene la parte interesante: esa tensión interna necesita salida. A veces esa salida es positiva, como ponerse a crear, explorar algo nuevo o buscar un desafío que valga la pena.
Pero otras veces el cerebro elige el camino corto. Estudios mostraron que el aburrimiento aumenta la toma de decisiones impulsivas y el riesgo financiero, y se asocia con conductas antisociales o autodestructivas.
La diferencia no está en el aburrimiento en sí sino en los recursos psicológicos de cada persona para manejarlo. No todos responden igual ante la misma señal de alarma.
El aburrimiento tiene mala fama, pero la investigación científica empezó a tomarlo en serio. Investigadores de la Universidad de Flores y del Laboratorio de Investigación en Neurociencias y Ciencias Sociales de la Argentina revisaron decenas de estudios para entender qué es exactamente lo que pasa cuando alguien se aburre.
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