Arenas para Vaca Muerta: mil trescientos kilómetros de distancia, tres razones de fondo

Roberto Lino Blanco, ofrece una mirada de porque la industria argentina eligió la arena premium de Entre Ríos y por qué el modelo de arenas de cercanía del Permian no era trasladable a la Cuenca Neuquina.

Redacción

Por Roberto Lino Blanco

Durante casi un lustro, la discusión sobre el agente de sostén en Vaca Muerta se planteó como una cuestión de flete. La arena de Entre Ríos era mejor, nadie lo discutía, pero estaba a mil trescientos kilómetros del yacimiento; la arena de Río Negro era algo peor, pero estaba a menos de doscientos.

Con el transporte representando más del setenta por ciento del costo puesto en pozo, la conclusión parecía escribirse sola. Entre 2019 y 2024 la arena de cercanía llegó a cubrir cerca del cuarenta por ciento del abastecimiento de la cuenca y Río Negro alcanzó un récord de 1,4 millones de toneladas.

En 2025 esa ecuación se dio vuelta. La decisión de YPF de volver a las arenas entrerrianas dejó camiones parados y plantas en pausa en la Línea Sur, y reabrió una pregunta que la industria había dado por saldada: ¿por qué asumir mil kilómetros adicionales de logística cuando existe un recurso a la vuelta de la esquina? La respuesta no es una sola. Son tres, y solo se entienden juntas.

La industria argentina no eligió la arena premium a pesar de la distancia: la eligió porque el reservorio no admite la tolerancia de calidad que el modelo americano sí permite.


El espejo americano


El punto de partida del modelo de cercanía en la Argentina fue una importación conceptual. En los Estados Unidos, el mercado del apuntalante se organizó históricamente alrededor de la Northern White Sand: areniscas ordovícicas de Wisconsin, Illinois y Minnesota, cuarzo ultramaduro reciclado a lo largo de múltiples ciclos sedimentarios, transportado por ferrocarril a las cuencas productoras. A partir de 2017, sin embargo, el Permian empezó a abastecerse de lo que la industria denominó in-basin sand: arena extraída dentro de la propia cuenca, en las dunas de Kermit y Monahans, en el oeste de Texas.

El ahorro fue extraordinario. Las operadoras del Permian pasaron de traer arena desde más de mil quinientos kilómetros a producirla a cuarenta millas del pozo, con ahorros reportados de entre trescientos y quinientos mil dólares por pozo. En pocos años, la arena de cuenca desplazó a la premium como insumo dominante.

Ese es el modelo que la Argentina observó y quiso replicar. La traducción, sin embargo, omitió lo esencial. La arena in-basin del Permian no es una arena cualquiera que resulta estar cerca: es arena de duna eólica. El viento la trabajó durante milenios exactamente como el río Paraná trabajó a las arenas de Ibicuy, redondeando el grano, mejorando la esfericidad y eliminando los finos.

Cumple las especificaciones API de redondez, esfericidad, clusters y turbidez. Su resistencia al aplastamiento en malla 40/70 se ubica en torno a los 7.000 psi, contra los 8.000 a 11.000 psi de la Northern White. La arena de cercanía del Permian no era buena por estar cerca.

Estaba cerca y además era buena. Esa segunda condición no se cumple en la Cuenca Neuquina. Conviene detenerse en un tercer distrito que la conversación argentina suele ignorar: Brady, en el centro de Texas, sobre la Formación Hickory.

Brady producía una arena marrón de aproximadamente 6.000 psi, más cercana al pozo que la Northern White pero de menor resistencia. Cuando el in-basin del Permian irrumpió, Brady quedó fuera del mercado. Los propios operadores americanos la descartaron por resistencia insuficiente. Es decir: en los Estados Unidos también hubo una arena de cercanía que no dio la talla, y el mercado la expulsó. La diferencia es que allá había otra arena de cercanía que sí la daba.


Primer eje: la geología no se negocia


Las arenas de Ibicuy son depósitos de placer y sedimentos eólicos ubicados en el extremo sur de la provincia de Entre Ríos, sobre la margen del río Ibicuy. Se trata de una arena blancoamarillenta, mediana a fina, redondeada y bien seleccionada, compuesta en un 86% por cuarzo, con feldespatos en un 12% y fragmentos líticos en un 2%. Los minerales pesados aparecen en mínima expresión. El transporte fluvial prolongado operó como una planta de beneficio natural: la abrasión, el redondeo y la selección granulométrica ya vienen hechos por el río.

Las arenas de la Línea Sur rionegrina y de la Cuenca Neuquina responden a una génesis distinta. Sin ese transporte prolongado, el grano conserva mayor angulosidad, menor esfericidad y una carga significativamente superior de arcillas y finos. Los laboratorios del propio sector lo describen sin eufemismos: las arenas de Entre Ríos llegan prácticamente limpias y son más esféricas, mientras que las de cercanía traen más suciedad y más arcilla.

Y la mecánica es elemental: una esfera es mucho más difícil de romper que una arista. Esto no significa que el recurso patagónico sea homogéneamente inservible. En el Bajo de Santa Rosa se encontró arena con esfericidad y resistencia relativamente aceptables, y la variabilidad entre yacimientos dentro de la misma provincia es alta. Pero el promedio del recurso, y sobre todo su techo de calidad, se ubican por debajo de lo que la formación exige.

Conviene señalar aquí un dato institucional que suele omitirse y que explica cómo se llegó hasta acá. Las exigencias de calidad que la industria aplicó en los primeros años fueron superiores a las que rigieron después. A medida que se fue conociendo mejor el comportamiento del horizonte productivo, esos parámetros se ajustaron a la baja, y con ellos bajaron los costos del proceso industrial.

Nadie tomó una decisión equivocada en un momento puntual: hubo una deriva gradual y consensuada del umbral de tolerancia, sostenida por la evidencia de corto plazo disponible en cada etapa. El problema es que esa deriva terminó cruzando un límite que los indicadores utilizados no eran capaces de detectar.


Comparación por origen



Resistencia al aplastamiento: malla 40/70


El modelo in-basin americano no se sostiene únicamente en la calidad del recurso. Se sostiene en una arquitectura logística que la Argentina no posee y difícilmente construya en el corto plazo. En el Permian, la planta de procesamiento se ubica en promedio a cuarenta millas del pozo. La incidencia del flete es tan baja que resulta conveniente secar la arena para simplificar el manipuleo en locación y el transporte ferroviario; el sistema húmedo representa apenas el diez por ciento de ese mercado. La arena llega al pozo a un costo aproximado de sesenta dólares por tonelada.

La diferencia de escala es todavía más determinante. El mercado americano moviliza del orden de ciento veinte millones de toneladas anuales. El mercado argentino, en su escenario de máxima hacia 2030, se proyecta en doce millones. Cualquier modelo que se pretenda imitar debe contemplar esa relación de uno a diez: la infraestructura ferroviaria, los sistemas de almacenamiento y la densidad de plantas que hacen viable el esquema americano se amortizan sobre volúmenes que aquí no existen. El contraste de precios ordena la discusión mejor que cualquier argumento.

En la Argentina, la arena puesta en pozo ronda hoy los ciento cuarenta y cinco dólares por tonelada. En el Permian, el mismo insumo llega al pozo a unos sesenta. Son dos números medidos en el mismo lugar de la cadena y separados por un factor de dos y medio, y esa brecha no se explica por el precio de la arena en cantera sino por lo que ocurre entre la cantera y el blender. En la Argentina el noventa por ciento de la carga se mueve en camión. No es una elección técnica: es la consecuencia de no haber construido la alternativa. De ahí que la discusión sobre el origen de la arena derive inevitablemente en una discusión sobre infraestructura. Si el recurso apto está a mil trescientos kilómetros y el sistema se mueve casi enteramente en camión, el cuello de botella se traslada del yacimiento a la ruta.

Por eso YPF, en el mismo acto en que descartó la arena de cercanía, propuso la conformación de un consorcio ferroviario. Las dos decisiones son inseparables.


Tercer eje: lo que la cordillera le hace a la roca


El tercer eje es el que la industria discutió menos y el que más explica. Vaca Muerta no es un análogo geomecánico del Permian, y la diferencia no está en la profundidad —el Delaware tiene pozos igual o más profundos— sino en el campo de esfuerzos y en la sobrepresión.

La Cuenca Neuquina atravesó sucesivos episodios tectónicos compresivos. La dirección del esfuerzo horizontal máximo se ubica hoy aproximadamente este-oeste, asociada a la tectónica andina, y los ensayos de microfrac han confirmado un régimen de rumbo.

En otras palabras, la cordillera impone sobre la roca esfuerzos horizontales elevados que una cuenca extensional no conoce. Allí donde la relación entre esfuerzo vertical y horizontal se vuelve desfavorable, la literatura registra desempeños productivos pobres, y la fractura tiende a horizontalizarse: una geometría indeseable, porque dificulta la colocación del apuntalante y vuelve probable su aplastamiento.

Sobre ese campo de esfuerzos se superpone una sobrepresión de origen térmico, con gradientes de 0,80 a 0,90 psi por pie, producto de la maduración del kerógeno y de la permeabilidad extremadamente baja de la roca. La combinación produce un efecto de dos tiempos que es, probablemente, la clave de todo el asunto. Mientras la presión de poro se mantiene alta, el esfuerzo efectivo sobre el grano es moderado y una arena de resistencia media aparenta desempeñarse correctamente.

A medida que el reservorio deplete, la presión de poro cae y el esfuerzo efectivo sobre el apuntalante trepa. Cuanto mayor la sobrepresión inicial, mayor el recorrido de esa curva ascendente. El grano que resistía a los noventa días deja de resistir en el año tres. El resultado no es un pozo que se agota antes de tiempo.

Es un pozo cuyas fracturas pierden conductividad de manera progresiva y dejan hidrocarburo alojado en la roca, definitivamente irrecuperable. Esta distinción es central y suele perderse en la discusión pública. No se trata de una declinación acelerada, sino de una pérdida de factor de recobro. La molécula está ahí, en la cavidad de la roca, y no sale porque el canal se cerró.

Es por eso que el fenómeno tardó años en detectarse: los indicadores de corto plazo con los que las operadoras evalúan una completación —el caudal inicial, la producción a noventa días— no lo capturan. Solo un estudio comparativo sobre historia productiva acumulada, contrastando cohortes de pozos completados íntegramente con arena premium, con mezclas en proporciones de mitades y exclusivamente con arena de cercanía, podía revelarlo.

Ese ejercicio se hizo, y la conclusión que se hizo pública es contundente: los pozos completados con arena de cercanía presentan sistemáticamente una pérdida no menor al veinte por ciento de las reservas recuperables. Es la cifra que la industria conoce y sobre la que se tomó la decisión. La cuenta que cierra Puestos los tres ejes en la misma mesa, la aritmética deja de ser ambigua.

En los Estados Unidos, la migración hacia la arena de cuenca implicó sacrificar entre mil y dos mil psi de resistencia sobre un piso ya elevado, un nivel que la propia industria considera suficiente para prácticamente la totalidad de los pozos de West Texas, a cambio de un ahorro de hasta medio millón de dólares por pozo.

El sacrificio era marginal y la recompensa enorme. En la Argentina, la migración hacia la arena de cercanía implicó sacrificar un quinto de las reservas recuperables a cambio de un ahorro de flete sobre mil kilómetros. Ningún diferencial logístico compensa esa pérdida. Como lo planteó con crudeza Horacio Marín, presidente y CEO de YPF, en el IEFA Latam Forum de 2025, la reducción de costo por cercanía termina siendo un engaño. Ambos países aceptaron degradar calidad a cambio de logística.

La diferencia no está en la decisión sino en el umbral. En el Permian la degradación se mantuvo por encima del punto donde el reservorio deja de responder. En la Cuenca Neuquina lo cruzó. El modelo americano no falló por haberlo copiado mal. Falló porque el sustrato geológico y geomecánico no soporta la misma tolerancia. El contrapunto, que corresponde escuchar El rigor exige consignar la posición de la otra parte.

El gobierno rionegrino sostiene que no existe documentación técnica pública que cuestione la aptitud del recurso provincial y que la demanda de arenas de cercanía volverá cuando la actividad se expanda. El estudio que respalda la decisión de YPF es interno y no ha sido auditado por terceros independientes.

Además, otras compañías continúan utilizando arena local, en varios casos como blend con material de otras provincias, lo que sugiere que el uso óptimo no es binario sino de mezcla, según el corte granulométrico y la etapa de fractura. También vale señalar que en los Estados Unidos el debate tampoco está cerrado. Existe literatura técnica que sostiene que la Northern White sigue siendo un producto superior al inbasin y que genera mayor conductividad de fractura y mejor producción tanto en el Delaware como en el Midland.

Que la misma discusión persista allá, con una arena de cercanía sensiblemente mejor que la nuestra, es quizás el dato más elocuente de todos. El análogo que recién empieza Hay un capítulo abierto que conviene seguir de cerca, porque es el que podría corregir la ecuación completa. Después de más de una década de depender de recursos ubicados a cientos o miles de kilómetros, la industria comenzó a fracturar con arena extraída en territorio neuquino.

El material proviene de la zona de Cerro Bandera, y hoy son dos las operadoras que lo están utilizando: Vista y Phoenix. Vista integró además el procesamiento en sus instalaciones de Bajada del Palo, y las canteras en cuestión se ubican a distancias del orden de los cien a doscientos kilómetros de las locaciones. La limitación de hoy no es de calidad sino de escala. La producción neuquina se mantiene por debajo de las veinte mil toneladas mensuales, un volumen que alcanza para completar uno o dos pozos de baja intensidad.

Funciona como complemento del abastecimiento entrerriano, no como sustituto. Pero la dirección es la correcta: si existiera en la Cuenca Neuquina un equivalente a las dunas de Kermit, estaría ahí, y las solicitudes de cateo se multiplican en consecuencia. La pregunta no es si la arena neuquina sirve para fracturar. Es si sigue sirviendo en el año tres. Y acá conviene aprender del ciclo anterior. El error de la etapa de las arenas de cercanía rionegrinas no fue apostar por la proximidad: fue validar el material con los indicadores equivocados.

Si estos ensayos se evalúan por caudal inicial o por producción a noventa días, la industria corre el riesgo de repetir exactamente el mismo camino. La resistencia y la redondez del grano se miden en laboratorio, pero la respuesta definitiva la da el reservorio sobre historia acumulada, cuando la presión de poro cayó y el esfuerzo efectivo sobre el apuntalante llegó a su máximo. Recién entonces se sabrá si Vaca Muerta encontró su arena de cercanía o si volvió a confundir cercanía con aptitud. Conclusión La materia prima no es el problema.

La Argentina tiene reservorios de arena para abastecer a Vaca Muerta por más años de los que probablemente dure Vaca Muerta. El problema es que el recurso apto está a mil trescientos kilómetros del punto de consumo y que la industria construyó un sistema de abastecimiento montado casi por completo sobre el camión. Reducir la discusión a la elección entre arena premium y arena de cercanía es quedarse en la superficie.

La elección ya está hecha y la geomecánica la hizo por nosotros. Lo que queda por resolver, y es lo verdaderamente difícil, es la dimensión física del problema. Vale hacer la cuenta. Diez millones de toneladas anuales, a treinta y dos toneladas por camión, son unos trescientos veinte mil viajes al año: alrededor de veintiséis mil setecientos por mes y ochocientos setenta y seis por día.

Con el indicador que maneja la industria de dos viajes por semana por unidad en el corredor entrerriano, cada camión completa del orden de ciento cuatro viajes anuales, lo que arroja una necesidad de aproximadamente tres mil cien camiones dedicados de manera permanente a mover arena.

Ese número, obtenido por una vía independiente, converge con la advertencia pública de Marín cuando dijo que habría un camión por kilómetro de ida y otro de vuelta: sobre mil trescientos kilómetros en cada sentido, unas dos mil seiscientas unidades circulando de manera simultánea en el corredor. Dos métodos distintos, el mismo orden de magnitud. No es una proyección alarmista: es la escala real del problema.

Ahí es donde la industria debería estar poniendo su energía: en la multimodalidad, en el ferrocarril, en el transporte marítimo en buques graneleros hacia San Antonio Oeste, en el almacenamiento en cabecera y en la integración hacia atrás de la cadena de valor. La ventana está abierta y no será eterna. La respuesta no vendrá del sector arenero, que llega a este ciclo descapitalizado y sin margen para invertir. Tendrá que venir de quienes tienen más que perder si el abastecimiento se quiebra.


Durante casi un lustro, la discusión sobre el agente de sostén en Vaca Muerta se planteó como una cuestión de flete. La arena de Entre Ríos era mejor, nadie lo discutía, pero estaba a mil trescientos kilómetros del yacimiento; la arena de Río Negro era algo peor, pero estaba a menos de doscientos.

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