Clase en crisis
En algunos países es habitual dar por descontado que la pertenencia a una clase social u otra depende mucho más de factores culturales que del poder de compra, pero aquí los interesados en trazar el perfil sociológico de la población propenden a privilegiar lo económico, con el resultado de que con cierta frecuencia nos informan que la «clase media» está en vías de extinción debido a la caída en picada de los ingresos de sus presuntos integrantes. Según un estudio reciente, dicha clase sólo constituye el veinte por ciento de la población, mientras que seis años antes llegaba al 34%. Asimismo, en el pasado no tan remoto se entendía que a diferencia de los demás países de América Latina que se caracterizaban por la gran cantidad de pobres de «clase baja», la presencia de una «clase alta» pequeña pero riquísima y una «clase media» exigua conformada mayormente por profesionales, la Argentina era un país de «clase media» en el que tanto los «aristócratas» como los «proletarios» y «campesinos» eran una minoría.
Aunque los análisis meramente económicos de las «clases» sociales pueden resultar útiles, su valor es limitado. Después de todo, pertenecer a una supone mucho más que estar en condiciones de gastar una suma determinada todos los meses. Antes bien, tiene que ver con un conjunto de actitudes y preferencias compartidas que sin duda se modifican según los ingresos pero que suelen persistir durante varias generaciones. Es una suerte que sea así: la reacción pacífica y sensata de virtualmente toda la población del país frente al cataclismo económico supuesto por una corrida bancaria, el «corralón», el default y la «pesificación asimétrica» se debió a que a pesar de todo lo sucedido la Argentina ha seguido siendo un país «de clase media». De no haber sido por esta particularidad, el colapso económico hubiera sido seguido por otro político similar al ocurrido en Venezuela, pero a pesar de todo la evolución política de la Argentina después del desplazamiento del gobierno del presidente Fernando de la Rúa no se asemejó en absoluto a la experiencia de aquel país. Por el contrario, con la excepción parcial de la candidatura de Adolfo Rodríguez Saá, no hubo ninguna señal de que sectores significantes estuvieran dispuestos a emprender una aventura radicalmente demagógica.
Además, en vista de que en el mundo entero las economías propenden a depender cada vez más del «conocimiento» y menos de los recursos materiales o la disponibilidad de mano de obra de preparación rudimentaria, el que los valores propios de la «clase media» sean los dominantes podría significar que la recuperación será más rápida de lo que sería el caso si dicha clase realmente se hubiera transformado en una masa enorme de personas comparables con los miembros de las «clases bajas» tradicionales que, huelga decirlo, no se han destacado por su nivel educativo. Si bien parecería que la calidad de la educación brindada por nuestros colegios se ha deteriorado últimamente, tal retroceso no puede atribuirse tanto a la regresión económica de la «clase media», si bien los bajos salarios docentes habrán cumplido un papel, cuanto a la influencia de teorías pedagógicas típicas de sociedades de «clase media» propensas a creer que ya no es necesario esforzarse como hacían sus mayores en épocas menos seguras que la actual. Son muchas las diferencias entre sociedades en las que casi todos se sienten en ascenso y otras que están dominadas por una sensación de decadencia. Si bien estas últimas tienen la ventaja de contar con más hombres y mujeres capacitados, raramente logran aprovecharla a tiempo para impedir que quienes poseen los talentos que necesitarían para prosperar emigren a países dispuestos a brindarles la posibilidad de alcanzar sus objetivos personales. Así, pues, aunque sería prematuro hablar de la extinción de la clase media argentina, un desastre que supondría mucho más que la depauperación de una franja amplia de sus miembros, existe el riesgo de que la emigración, acompañada por un proceso gradual de erosión cultural, termine convirtiendo lo que por ahora es un fenómeno más económico que social en una realidad permanente que nos resultaría sumamente costosa, porque sin una gran clase media que se siente segura de sí misma el desarrollo no podrá ser más que una ilusión.
En algunos países es habitual dar por descontado que la pertenencia a una clase social u otra depende mucho más de factores culturales que del poder de compra, pero aquí los interesados en trazar el perfil sociológico de la población propenden a privilegiar lo económico, con el resultado de que con cierta frecuencia nos informan que la "clase media" está en vías de extinción debido a la caída en picada de los ingresos de sus presuntos integrantes. Según un estudio reciente, dicha clase sólo constituye el veinte por ciento de la población, mientras que seis años antes llegaba al 34%. Asimismo, en el pasado no tan remoto se entendía que a diferencia de los demás países de América Latina que se caracterizaban por la gran cantidad de pobres de "clase baja", la presencia de una "clase alta" pequeña pero riquísima y una "clase media" exigua conformada mayormente por profesionales, la Argentina era un país de "clase media" en el que tanto los "aristócratas" como los "proletarios" y "campesinos" eran una minoría.
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