Clase política unipersonal
En estos momentos, tanto "los mercados" como el grueso de la ciudadanía confían más en Cavallo que en el resto de la clase política.
En cierto modo, la diputada radical Elisa Carrió no se equivocaba cuando, con palabras de resonancias nacionalistas, para no decir castrenses, que después se las arregló para sazonar con algunas manifestaciones de intolerancia religiosa, afirmó que a su juicio los que están en favor de dar facultades especiales al presidente Fernando de la Rúa para que las use Domingo Cavallo serían culpables de «traición a la patria», aunque debería haber señalado que la «patria» que es de suponer tenía en mente era la «patria política», la sucesora más reciente de una larga serie de deformaciones que incluía a otras calificadas de «metalúrgica», «financiera» y así por el estilo. Aunque a diferencia de las demás la patria actualmente dominante goza de legitimidad, la hegemonía de la política con minúscula que se caracteriza por un afán insaciable de apropiarse de cargos, mantener aparatos clientelares, acceder a fondos reservados y gastar una proporción cada vez mayor del producto nacional está entre las causas más evidentes de la crisis actual. Tan desafortunado ha sido el manejo de la economía por un gobierno siempre respetuoso de los sentimientos de los legisladores que nos ha llevado a una situación en que para posibilitar una «salida» el Congreso ha tenido que dar un paso al costado, entregando una parte apreciable de su poder a un solo hombre.
Las protestas que se han formulado contra esta decisión son válidas en principio pero, por desgracia, de interés limitado en el mundo real. Tienen razón aquellos que fulminan contra el abandono así supuesto de facultades propias del parlamento, comparándolo, con cierta exageración, con el autogolpe que fue llevado a cabo por el presidente peruano Alberto Fujimori y hablando del «mandato desmedido casi dictatorial» que tendrá el Ejecutivo. Sin embargo, el fracaso del sistema que ha regido durante la primera etapa de la gestión de De la Rúa ha sido tan peligroso, que la alternativa de continuar como antes parece muchísimo más alarmante que la «traición» que tanto molesta a la izquierda de la Alianza y otros sectores de mentalidad similar.
Lo entiendan o no todos los legítimamente preocupados por las implicancias de lo que acaba de suceder, en estos momentos tanto «los mercados» como el grueso de la ciudadanía confían decididamente más en Cavallo que en el resto de la clase política en su conjunto. Esta actitud a primera vista perversa se debe a diversos motivos. Uno consiste en que Cavallo tiene un «plan» que, no obstante sus defectos, es «políticamente viable», otro en que la coyuntura exige rapidez e incluso los parlamentos más admirados suelen obrar con lentitud exasperante. Frente al riesgo de que el país sufriera pérdidas enormes a manos de «los mercados» a menos que reaccionara con la velocidad que podría exhibir un solo hombre, es natural que los que temían que la Argentina protagonizara una nueva catástrofe colectiva hayan querido que Cavallo recibiera cuanto antes sus poderes especiales.
Para el Congreso, los días últimos han sido muy humillantes. ¿Conseguirá aprovecharlos? Podría hacerlo si en lugar de lamentar el crecimiento vertiginoso de la figura de Cavallo o de hacer hincapié en el hecho difícilmente negable de que es de por sí malo que cualquier persona, por dotada y democrática que fuera, haya podido ofrecerse para sustituir al Legislativo, sus miembros se concentraran en las razones del fracaso. Claro, no les será fácil analizar con objetividad su propio comportamiento, y el que se haya tratado de un fracaso sistémico que no puede atribuirse a los errores puntuales de nadie, ni siquiera del presidente De la Rúa, hará aún más trabajosa la «autocrítica» que debería intentarse. Sea como fuere, de aprender de lo que han enseñado estas semanas sumamente agitadas, el Congreso podría reformarse para que en el futuro sea capaz de ponerse a la altura de las circunstancias. En cambio, si se conforma con reducir todo a una cuestión de las internas aliancistas o a un episodio más de la guerra sin fin que en opinión de tantos están librando los «mercados» contra «la gente», muy poco se modificará y las crisis que nos aguardan en los próximos años tendrán repercusiones institucionales igualmente desconcertantes.