CLORINDO TESTA

Arquitecto, pintor, intérprete... un torrente de creatividadque no cesa.

ideas

TEXTO: EDUARDO ROUiLLET

Clorindo Manuel José Testa nació en Nápoles, va a cumplir 88 el 10 de diciembre y es uno de los más renombrados arquitectos argentinos, reconocido por la importancia de obras como la Biblioteca Nacional o el ex Banco de Londres en Buenos Aires, sólo dos entre tantas, y por ser un artista plástico de trayectoria permanente desde la segunda mitad del siglo pasado, multipremiado internacionalmente, doctor honoris causa UBA y UFLO, ciudadano ilustre de la Ciudad de Buneos Aires. Un hombre de voz un tanto ronca, con anteojos marrones de marco grueso siempre sobre la frente calva, a menos que dibuje o escriba. Cada mañana, trajeado y con corbata, entra a las nueve a su estudio de Santa Fe y Callao, inundado de luz, colores, maquetas, pinturas apiladas, rollos de planos y bocetos. Después de almorzar sestea un rato y vuelve a la tarea renovado. Vive cerca, por Recoleta, pero no camina mucho aunque admite que debería hacerlo más.

Encuentro con eh!. Como todos los días hábiles, acceder al centro porteño a primera hora, es viajar en caravana, frenar, avanzar centímetros, frenar, un par de metros, frenar, respirar gases del auto de adelante, ejercitar la paciencia sin mucho resultado, llegar inevitablemente tarde. La ciudad se empecina en ponerse densa, trabada, sorda ante las maldiciones de quienes manejan rumbo al trabajo. Hace años que demanda obras que hagan más fácil vivir en ella, que alivianen el tránsito, mejoren la calidad de su aire, bajen el nivel de ruido ambiente, la humanicen un poco. Mientras la espera en la autopista se hace goma, imaginar otro Buenos Aires alivia tensiones, claro que con la fugacidad de un bocinazo...

–No me puedo ponerme a pensar cómo será la ciudad del futuro, me lo tienen que encargar y si lo hacen, lo desarrollo. Hay arquitectos que, de por sí, les interesa hacer cosas teóricas que saben no se van a concretar, a mí no me divierte.

Responde Testa, sin vueltas, cortito, con sencillez.

–Nadie le pediría eso hoy...

–No, por eso...

–Cuando alguien lo convoca para un proyecto, ¿qué tiene en cuenta en las primeras líneas, la economía de la obra, la belleza del diseño...?

–Por lo general, lo encarga mediante un papel (un pliego de condiciones) porque es un concurso. La persona que lo hace no existe como tal, hay un texto que detalla las necesidades, debe tener esto, la superficie no puede pasar de tanto, el paisaje así, todo lo demás escrito. O sea, uno habla con las bases impresas. Entonces, entiende qué le dicen y trata de desarrollar lo mejor dentro de esos parámetros.

–¿Cómo suelta la mano y dibuja los primeros bocetos? ¿De qué modo aparece la crea- ción?

–Lo pienso antes. O sea, puedo estar sentado acá, pensando y no necesito dibujar. Pienso y lo realizo de igual manera que cualquiera puede hacerlo respecto de cómo quiere su casa. La piensa, sabe cómo será... O con el auto que se va a comprar, lo ve antes de adquirirlo, ubica la marca, la reconoce, no se equivoca. Será un vehículo cuya calidad ya conoce... El arquitecto hace lo mismo con una vivienda, con un concurso, con una casa de gobierno, un hospital, un sanatorio. Lo imagina y lo desarrolla, después lo dibuja.

–El ex banco de Londres, la Biblioteca Nacional, tienen características propias bien definidas, su sello...

–Pero resultan del desarrollo de un equipo que los fue haciendo. Yo doy las ideas pero converso con los socios, con los que trabajan conmigo, imagino...

–Usted tira una línea así (trazo una curva en el aire) y el calculista de estructuras le dice que no se sostiene.

–No, eso nunca, porque siempre al imaginar ya sé que una viga de diez metros de largo debe tener setenta centímetros de altura, ochenta. No necesito consultarlo. O sea, un proyecto se piensa con la estructura, todo junto. No se puede imaginar la fachada y después cómo hacemos adentro... Es como si uno pensara su casa y sabe cómo es por dentro, incluso cómo es la decoración, porque ya está hecha. El arquitecto eso lo inventa sin que aún esté y después lo concreta tal como lo pensó.

–La viga de setenta de alto es una recta a la que usted le da belleza. Hay un manejo de volúmenes, de líneas curvas, de planos que entran y salen, ligados al conocimiento técnico, pero donde su mano se libera y describe una forma plástica. Ahí está su creación, su vuelo estético...

–Sí... Hay arquitectos a los que les interesa más eso que otras cosas, otros no lo piensan. Qué sé yo... El resultado es la cuestión más importante, que el cliente, el comitente, importa y hay que aceptar lo que dice. Por eso me gustan los comitentes escritos porque lo que piden está claro y yo lo interpreto.

–A partir de allí, ¿es libre de hacer lo que quiera?

–Lo que quiera, en el sentido de responder a las bases.

–La obra se concreta, tarda tres, veinticinco años y finalmente funciona. ¿Encuentra que su diseño se adecua al uso para el que fue propuesto, que la escala sirve para que el hombre ande por ahí, se mueva, lea, trabaje, realice operaciones bancarias?

–Se supone que sí.

¿Las visita luego?

–De casualidad. No voy a ver cómo funcionan. Hay un dicho: lo pasado pisado, no? Yo me olvido... Hice lo que quería hacer y lo sigo haciendo. Nunca pienso qué va a ocurrir mañana, nunca que me gustaría hacer tal o cual edificio. O sea, me dedico a lo que estoy realizando. Por ejemplo, el concurso del Sanatorio Gremial en Quilmes no lo recuerdo, tendría que ver los planos y ahí lo reconocería. Si estuviera preocupado por todas las cosas que realicé, no haría otras.

–Claro está, pero ver cómo se comporta algo que salió de su lápiz, de su estudio, de su gente, cómo se mueven las personas por los espacios, si lo que pensó para que sentaran es cómodo, si la circulación es limpia.

–Eso lo doy todo por sentado. Sé, imagino que va a funcionar, siempre respondiendo a lo que piden las bases. Pienso una sala de estar o que tenga la cocina adentro y en ese pensamiento hay una persona moviéndose, actuando. Dibujo una doble altura con un pequeño entrepiso y no importa que mida dos por dos porque es para poner un sillón, que el tipo suba, se siente y mire por la ventana, nada más. Aunque eso no sea lo que yo haga porque imagino quién va a vivir ahí. Eso me lo piden... Hay gente que sabe perfectamente bien que quiere y yo se lo puedo aumentar.

–Recuerdo el sanatorio que recién mencionó, cuyos planos y perspectivas vi en detalle... Habitualmente en las salas de espera, los pacientes miran nucas de otros, revistas viejas, el tablerito de los números o aguardan que de tal o cual puerta salga alguien y diga su apellido. Usted las planteó con un sector vidriado para ver el verde de las plantas en el parque.

–Sí, claro. Eso no quiere decir que falte el cartelito con el número iluminado, pero es más lindo contra un fondo verde natural que contra una pared. Pensé que bien podía convivir un paisaje con los numeritos e imaginé enseguida que iban a estar a contraluz. Y le puse todo un fondo de tonalidades verde oscuro para que se vea el turno. Surge en un instante.

Clorindo abre las manos, apoyadas casi en el filo de su enorme escritorio y las gira hacia afuera explicando en un segundo lo fácil que le resulta diseñar su arquitectura. “Allá está la casa de mis padres en Italia”. La señala detrás de “Río Negro” en el confín de su espaciosa sala. “Es un dibujo que hice a los cinco años. El cuartito de arriba, el cubo, tiene techo y pared, pero lo dibujé como si se vieran todos sus lados. Porque estaba hecho así”. Ahora desplaza el micrófono del grabador a su izquierda, toma un fibrón negro y sobre el puro blanco de un anotador grande va dibujando, recordando como si no hubieran pasado ocho décadas. “Cuando armé la maqueta mucho después, corté acá y esto lo giré para atrás”. Describe en pocos trazos el cubo del cuartito superior. “Bajé esto, claro que me equivoqué y en vez de hacerlo como un cuadrado, lo hice triangular. Cuando yo dibujaba, imaginaba terminado lo que había visto. No es que me hubiera puesto en el terreno a dibujar; estaba sentado en una silla dentro de la casa rememorando cómo era aquello. Lo interpretaba, no era así exactamente. Sabía, cuando delineaba el cuartito, que era un cubo, que tenía una azotea, entonces pensaba en esa estructura.

Tenía entonces...

–...cinco (sonrisas).

Gira Testa su sillón a la derecha y marca esta vez un dibujo en lápices de colores. “Ese automóvil, tenía seis años. Está dibujado como en los planos, fachada lateral, fachada principal, planta. Esto lo hacen los chicos. Es divertido porque del otro lado está la palabra mamá. Iba al colegio y estaba aprendiendo a escribir. Dice mamá mal escrito, el dibujo es mucho mejor que la palabra. El de arriba es la radio que había en casa, con su bocina de 1930. Fachada lateral, planta, ya las pensaba cuando tenía cinco, sin darme cuenta... Después seguí haciendo lo mismo”.

–Como lo plantea usted parece fácil. Sus obras terminadas denotan una enorme complejidad de pensamiento, no sólo acumulación de conocimientos, sino consideración de muchos factores en un único trazo.

–Exacto. De la misma manera que cuando de chico pensaba en fachada y planta, a los treinta, cuarenta o cincuenta, mucho más evolucionado, seguía siendo el mismo juego. El trabajo tiene que divertir porque de lo contrario es una tortura. Cualquier tarea. El mecánico se divierte con lo que hace toda su vida en el taller.

–Cuando el comitente es usted y trabaja en su pintura, hay diferencia con lo que crea arquitectónicamente, ¿hay conexión, mayor libertad?

–Hago siempre lo que creo está bien y me gusta hacer. Cuando viene una persona a encargarme una obra me pongo en su lugar. En realidad, si el tipo me pide –éste es el dormitorio (lo dibuja)– que el baño esté lejos porque le gusta ir, caminar y volver, yo no se lo corrijo. ¿Por qué, si a él le agrada caminar? A lo mejor le invento que el pasillo comunicante sea privado, para que no salga a otro ambiente con distinto uso donde puede estar la mujer con una amiga y él en piyama.

–¿Y cuando la obra es suya?

–Es la misma libertad. Por ejemplo, esa pila de cuadros (sin enmarcar) la hice para una exposición –hace dos o tres años– cuyo tema era el verano porteño, por eso los amarillos, esa especie de sol. Buenos Aires es el espacio que yo tengo acá, que miro por la ventana. La primera medianera está a –yo diría– a setenta metros de distancia. Nunca cierro las persianas, mirá la luz que entra, las vistas. Ves cosas que están a dos kilómetros. Es agradable, eso en otras ciudades no se ve, hay una casa enfrente. En este cuarto tengo distinta suerte, pero no es la única casa; debe haber centenares que tienen medianeras a más de media cuadra.

Tuve una imagen recién sobre el orden del mecánico... Hay un cuento de un tío mío que tenía campo en La Pampa, allá por 1915. Un hombre se ocupaba de los tractores y dice que estaba sentado ante el motor de un tractor, entonces sacaba las tuercas, las limpiaba, engrasaba y las ponía en un banco que estaba detrás de él. A sus espaldas, un ñandú –que en las casas era un animal doméstico más– cada vez que el otro ubicaba una tuerca engrasada, se la tragaba. Al final se dio vuelta y como no encontró ninguna, se agarraron a patadas el ñandú y el mecánico. A los que organizan todo, las cosas le desaparecen, se las come un ñandú.

–Como a una obra suya la devora el uso de la gente.

–Claro, claro. Están los que ordenan voltear una pared o directamente la casa entera para construir un edificio. A la sucursal del Banco de Londres que hicimos unas cuadras para arriba sobre Santa Fe (esquina Junín), la cambiaron, tiraron la parte del frente, le agregaron otra cosa, qué sé yo... Eso es inevitable. No soy el dueño de la obra, la hice. Los propietarios son otros y depende cómo sean éstos para que la conserven o no. No me puedo desesperar porque la voltearon. Por eso: lo pasado, pisado. La imaginé, la terminé, después queda o no.

–¿Tiene dimensión de quién es como arquitecto, como crea- dor?

–Ah, qué sé yo... hice tanto durante tantos años...

Porque a veces contesta como si lo hecho no tuviera demasiada importancia o no fuera el maestro que es para sus colegas.

–Es que depende de cada uno. No vivo pendiente de eso. Mi vida fue así, siempre haciendo. Y yo lo encuentro natural.

–Como cuando dibujó la casa donde vivía en Nápoles.

–Exactamente, sí. Mis padres vieron cuál podía ser mi camino. Estando en cuarto año, yo quería ser médico, pero mi papá no me dejó, intuyó que debía seguir algo que tuviera relación con la arquitectura, que pasara por ahí. Esos dibujos están porque ellos los guardaron, un chico no hace eso. El auto que dibujé era mi papá, un Peerless modelo 29... Pero no he realizado nada con el afán de transmitir, soy como soy y eso se transmite. Y los demás hacen con ello lo que quieran. Yo sé que he hecho mucho pero lo olvido después.


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