¿Cómo democratizamos nuestras democracias?



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La pregunta se orienta a detectar herramientas que nos brinden mayores y continuos niveles de legitimidad –participación e impacto ciudadano efectivos– a los gobiernos legalmente instalados por el voto democrático.

El voto ciudadano legitima un proceso constitucionalmente llevado a cabo para instalar un gobierno. En origen es legítimo y legal –constitucional–. Durante el mandato gubernamental la legalidad del poder puede disociarse de la legitimidad alejándose del anclaje social ciudadano del mismo. De allí que sea interesante siempre reflexionar sobre nuevos y creativos mecanismos de participación individual y colectiva tales como consultas populares, presupuestos participativos, foros ciudadanos, de entre otros tantos posibles.

Sin dejar de valorar a estos, en esta ocasión nos preguntamos cómo legitimar aún más y continuamente un gobierno de forma tal de achicar esas posibles distancias entre el elegido y los electores, gobierno y ciudadanía. Es que la deslegitimación del poder es un tema que nos habla de la fragilidad de las democracias, legitimarlas nos permite fortalecerlas y resignificarlas permanentemente. Para ello es necesario imaginar herramientas que permitan a los gobiernos ser permeables del sentir ciudadano, y no quedar aislados de quien es el verdadero titular del poder: la ciudadanía.

La pregunta puede acaso tener múltiples respuestas y aun así ser todas ellas insuficientes. Nosotros hemos pensado algunas, que aquí presentamos:

1. Las ONG: irrupción en los espacios de gobierno de las organizaciones sociales, de forma tal de amplificar su recorrido social y territorial pero ahora desde el propio Estado. La mirada fresca, sensible, de escucha, de sensibilización por lo general de las ONG brinda una flexibilidad y plasticidad distinta a los gobiernos cuyos funcionarios políticos habrán de aprender que el Estado es un estado. Un estado anímico, del sentir, del pensar, del escuchar, del articular, entre otras acciones, para luego, sí claro, gestionar.

Ello conlleva algunas precisiones necesarias: a) las ONG deben primero aceptar el desafío, están acostumbradas muchas de ellas a “luchar contra” el gobierno y en el esquema que proponemos ellas pasan a integrar un gobierno, ahora es desde el gobierno y no en contra de éste; b) los gobiernos deben desde el espacio estatal ampliar, multiplicar y apalancar el recorrido social preexistente para impactar las estructuras estatales y desde allí expandirse con mayor fuerza aún hacia la sociedad toda. Con ello es posible “contagiar” la matriz de sensibilización y lucha por los derechos y deberes propios de cada ONG a otras áreas de la humanidad y otros sectores sociales; c) los gobiernos deben revisarse continuamente para autorrestringirse en la “tentación” de apropiarse o vaciar las ONG en vez de amplificar sus trayectos sociales.

2. El ecosistema cultural: la escucha a las y los artistas, la mirada hacia y desde su presencia sensible y testimonial de quienes son hacedores de la cultura nos alertan sobre aquello que no debe suceder, de los límites del accionar de todo gobierno y del propio contenido de las políticas públicas, todo ello en sensibilidad y heterogeneidad social. Los hacedores de la cultura son una suerte de “luz roja” que alerta a los gobiernos de qué fronteras no traspasar.

3. Banco de pensadores: personas que desde sus ciencias puedan brindar interdisciplinariamente miradas a temas locales y del presente desde una perspectiva universal y temporal distinta. Los pensadores son en parte las y los intelectuales pero también son aquellas personas activistas sociales que con su escucha, su recorrido y su sapiencia recogida desde la experiencia pueden conjuntamente diagnosticar los grandes trazos por donde camina y caminará nuestra humanidad. La fusión de ideas, valores y experiencias se convierte en insumo para las posibles políticas públicas.

En fin, estas tres herramientas junto a cientos de otras que puedan acaso imaginarse pueden impactar en una gestión de gobierno abierta y sensible de forma tal de refrescarla, renovarla constantemente y con ello legitimarla en términos del sentir ciudadano desde las miradas heterogéneas. De esta forma el voto emitido legalmente en forma esporádica adquiere mayores niveles de legitimidad en el curso de un gobierno, y éste a su vez hunde sus raíces en el entramado social en vez de alejarse, aislarse y hasta en ocasiones intentar combatirlo.

Es tiempo de cambiar la matriz de la gestión de los gobiernos, sus maneras muchas veces de no sentir que el Estado es eso, un estado, un Estado de ciudadanía. El desafío es seguir pensando mecanismos ciudadanos individuales y colectivos de participación e incidencia que sean legitimantes de los gobiernos legalmente constituidos.

*Profesor de Derecho, UNC

La deslegitimación del poder es un tema que nos habla de la fragilidad de las democracias, legitimarlas nos permite fortalecerlas y resignificarlas.

El desafío es seguir pensando mecanismos ciudadanos individuales y colectivos de participación que sean legitimantes de los gobiernos legalmente constituidos.

Datos

La deslegitimación del poder es un tema que nos habla de la fragilidad de las democracias, legitimarlas nos permite fortalecerlas y resignificarlas.
El desafío es seguir pensando mecanismos ciudadanos individuales y colectivos de participación que sean legitimantes de los gobiernos legalmente constituidos.

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