Como hundirse

A juzgar por la conducta de los dirigentes, la Argentina se ha propuesto desarrollarse prescindiendo de lo esencial: los científicos.

Redacción

Por Redacción

El mundo moderno es en buena medida producto del avance de la ciencia y todo hace prever que la importancia relativa del saber científico seguirá aumentando. En otras palabras, la diferencia fundamental entre un país desarrollado y uno atrasado tendrá cada vez más que ver con la condición de las universidades e institutos investigativos, lo cual es alarmante porque, es de suponer debido a «la crisis» de turno, la comunidad científica sospecha que para ella el futuro será todavía peor que el pasado. Es de esperar que en esta ocasión se haya equivocado por completo. Como señaló hace poco el premio Nobel César Milstein, «si no dan apoyo sostenido a la ciencia, el país no tiene absolutamente ninguna posibilidad de llegar al Primer Mundo ni al Segundo». No exageraba. En el siglo XXI, tratar de prosperar sin un sector científico adecuado equivaldría a intentarlo en el XX sin contar con fábricas o medios de transporte. Sería un contrasentido porque significaría prescindir de las bases fundamentales de la vida moderna. Sin embargo, a juzgar por la conducta de los dirigentes, quienes creen que las penurias de los investigadores locales plantean un problema que acaso podría empezar a solucionarse cuando el país sea varias veces más rico, la Argentina se ha propuesto desarrollarse prescindiendo de lo esencial.

Parafraseando al líder hindú de los años cincuenta Nehru, otro nobelista anterior a Milstein, Bernardo Houssay, solía decir que la Argentina es un país demasiado pobre como para no darse el lujo de promover las ciencias básicas, y lo que ha sucedido en las décadas a partir de su muerte en 1971 ha confirmado el valor del principio así expresado. No se trata tanto de los beneficios económicos y sociales inmediatos que pueden producir las investigaciones básicas, como del hecho difícilmente negable de que la clase de sociedad cuyos dirigentes comprenden la necesidad de apoyar vigorosamente la ciencia también poseería las actitudes que le permitirían hacer frente a problemas sociales que a primera vista no están vinculados de modo alguno con el quehacer de los científicos. Es una cuestión de seriedad, de no conformarse con parches, sino de ir directamente al fondo de los problemas y de hacer cuanto sea necesario para resolverlos. De no darse dicha voluntad, una sociedad no puede sino entregarse a la mediocridad.

El desprecio por la ciencia, que se refleja en la proporción mínima -el 0,40%- del producto bruto que se invierte en ella, es un síntoma más del facilismo populista que está en la raíz de la incapacidad evidente del país para avanzar a un ritmo que le hubiera permitido formar parte del Primer Mundo, al cual debería pertenecer por el origen europeo del grueso de su población. La brecha que nos separaba de los países más ricos ya se había hecho patente en los años cincuenta, pero a pesar de las convulsiones políticas atribuibles a la conciencia de que sería necesario cambiar muchas cosas, la verdad es que no se hizo lo suficiente para intentar reducirla, de modo que se ha ampliado enormemente desde entonces y es factible que ya sea demasiado tarde como para reaccionar. En efecto, los dirigentes políticos y empresarios se han acostumbrado tanto a esquivar dificultades de todo tipo, atribuyéndolas siempre a «conspiraciones» de alguna que otra especie, que es natural que la lista de asignaturas pendientes haya adquirido proporciones tan monstruosas que la mera idea de comenzar a afrontarlas produce miedo. Y a pesar de que el precio que estamos pagando por su miopía es muy grande, aún no hay motivos para pensar que la situación esté por modificarse. Aunque Milstein dice ser optimista porque el país sigue produciendo «talentos que salen como hongos», sorprendería que la mayoría no eligiera emularlo emigrando a países que les permitirían desarrollarse. Al fin y al cabo, siempre hubo mucho talento científico en el país, de suerte que su hipotética escasez nunca ha constituido un problema, a diferencia de la incapacidad «estructural» para aprovecharlo, deficiencia que, huelga decirlo, es actualmente aún más grave de lo que era en la década de los sesenta cuando tantos científicos promisorios, entre ellos el propio Milstein, decidieron irse.


El mundo moderno es en buena medida producto del avance de la ciencia y todo hace prever que la importancia relativa del saber científico seguirá aumentando. En otras palabras, la diferencia fundamental entre un país desarrollado y uno atrasado tendrá cada vez más que ver con la condición de las universidades e institutos investigativos, lo cual es alarmante porque, es de suponer debido a "la crisis" de turno, la comunidad científica sospecha que para ella el futuro será todavía peor que el pasado. Es de esperar que en esta ocasión se haya equivocado por completo. Como señaló hace poco el premio Nobel César Milstein, "si no dan apoyo sostenido a la ciencia, el país no tiene absolutamente ninguna posibilidad de llegar al Primer Mundo ni al Segundo". No exageraba. En el siglo XXI, tratar de prosperar sin un sector científico adecuado equivaldría a intentarlo en el XX sin contar con fábricas o medios de transporte. Sería un contrasentido porque significaría prescindir de las bases fundamentales de la vida moderna. Sin embargo, a juzgar por la conducta de los dirigentes, quienes creen que las penurias de los investigadores locales plantean un problema que acaso podría empezar a solucionarse cuando el país sea varias veces más rico, la Argentina se ha propuesto desarrollarse prescindiendo de lo esencial.

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