Con 15 años y embarazada fumaba marihuana

Testimonios de quienes dejan "la ranchada"

Por Redacción

Tienen entre 10 y 17 años y además de la calle, comparten historias de pobreza, desesperación y retorno a sus hogares, de la mano de sus padres o con un proyecto de vida propio que los aleja de las «ranchadas».

D. tenía 15 años cuando llegó a la asociación civil «El Armadero» y cuatro meses de embarazo. Nunca se había hecho una ecografía y como jalaba pegamento y fumaba marihuana, tenía miedo acerca del desarrollo de su hijo y no se animaba a preguntar. Llegó a la Plaza Julio Cortázar, en el barrio porteño de Palermo, de la mano de su novio, A. de 17 años, que cuidaba coches y vivía en una «ranchada», una suerte de campamento callejero.

De familia numerosa, en el corazón de Florencio Varela, D. se fue de su casa sin discusiones ni peleas graves, pero con la certeza de que ya eran muchos a la mesa, había muy poco que comer y en la plaza la esperaba su novio.

Juntos llegaron a «El Armadero» y al cabo de unos meses fueron a un centro de salud y D. se hizo un chequeo médico. Dicen quienes estuvieron con ella ese día, que cuando vio la ecografía, su vida cambió para siempre.

Volvió a su casa y vive con su novio, en una casilla que armaron en un terreno que tienen en el fondo de la casa materna.

El Consejo de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes porteño, que trabaja en convenio con «El Armadero», los ayudó con una beca. El trabaja y ella, cuando el nene esté más grande, tiene ganas de retomar la escuela.

 

Eran los más chiquitos de la plaza

 

F. y L. son hermanos. Tenían 10 y 12 años cuando viajaron de Moreno a la capital a juntar cartones con su mamá, que tiene varios hijos más y en ese momento estaba sola al frente del hogar. Eran los más chicos de la «ranchada» de Plaza Cortázar, los más mimados y los más rebeldes y no tardaron en quedarse porque para ellos, la calle era un juego.

Llegaron a «El Armadero» con los otros pibes del grupo, que se acercaban convencidos por un operador de calle del Consejo o porque otro pibe les contaba del lugar. Entraron y salieron varias veces del parador hasta que los encontró la mamá, que los buscó por todo Palermo, y les pidió que volvieran a la casa.

F. se decidió enseguida y volvió. L. se quedó unos días más en «El Armadero», tomó la decisión y cuando estuvo listo, armó un bolso y se tomó el tren de regreso. (Télam)