Con o sin barbijo

Por Eduardo Tempone (*)
Cuando la historia mire a la pandemia de Covid-19 quizá no habrá otra pregunta más adecuada que el uso o no del barbijo para reflejar la confusión e incertidumbre que ha generado en el mundo desde que apareció el coronavirus.
¿Llevar barbijos o no? ¿Todos o solo los que tienen síntomas? ¿Es un factor decisivo o apenas una ayuda para contenerlo?
Mientras cada país hace una recomendación diferente, la alarmante escasez de barbijos y de otros suministros médicos ha empujado al mundo a una competencia global. Allí cada uno puja para su propio beneficio sin tener en cuenta que ya no existen fronteras para un virus.
Regidos por los cánones de siglos pasados, los países se están alejando cada vez más en esta lucha contra un enemigo que acecha de una forma más desmedida que las guerras ya vividas. ¿Y dónde queda la imprescindible coordinación internacional? ¿Dónde quedan los criterios, las estrategias y las respuestas que exige una pandemia que ya afectó a más de 185 países?
Bulgaria es el mejor ejemplo sobre las dudas que despierta la conveniencia del uso del barbijo. En pocas horas pasó de imponer su obligatoriedad bajo pena de multa -tres veces superior al salario promedio- a dar marcha atrás bajo reclamos para que sea el propio gobierno el que los provea. Hoy permanece como una recomendación.
La Organización Mundial de la Salud hasta ahora ha aconsejado que solo deben utilizar barbijos aquellas personas que tuvieran síntomas de la enfermedad, así como tos o estornudos. Y en caso de estar sano, solo se necesitaría usarla si se cuida a una persona que esté contagiada.
A pesar de esas indicaciones, el uso de barbijos en lugares públicos se hizo obligatorio en algunos países como Israel, República Checa, Eslovaquia y Bosnia-Herzegovina. Austria lo limitó al momento de realizar las compras en supermercados y Eslovenia a espacios públicos cerrados.
Pero parece que hay cada día más adherentes a las prácticas seguidas por China y otros países del sudeste asiático como Corea del Sur o Japón, donde el uso masivo de barbijos está totalmente extendido por temor a la propagación del virus a través de personas asintomáticas.
Más allá de su efectividad, su uso masivo crea intimidad y confianza social frente a la amenaza de la enfermedad y acrecienta la responsabilidad social frente al otro.
La última en cambiar de postura ha sido la autoridad sanitaria de los Estados Unidos que, hace unos días, aconsejó el uso generalizado de barbijos o de otros sistemas para taparse la boca y la nariz, especialmente en lugares donde es difícil guardar la distancia de seguridad, o en regiones donde existe una alta transmisión de la enfermedad. Algo que California y Nueva York ya habían adoptado.
Los barbijos aparecieron casi al mismo tiempo en que fue identificada la epidemia en los países asiáticos, pero en el resto del mundo los argumentos a favor y en contra de su uso fueron cambiando día a día y de experto en experto.
Algunos apuntan a que la falta de unidad de criterio muchas veces se debe a una cuestión práctica: su escasez. Racionalizar su uso asegura que los que más los necesitan tengan acceso a esta barrera contra el virus. Otros, basados en pruebas disponibles, aseguran que no es necesario usar el barbijo masivamente.
Ante la falta de datos concretos y reales sobre el comportamiento de este nuevo virus, tan mutante que parece convertirse en inasible, tan pequeño que parece traspasar todas las barreras y los barbijos posibles, todavía parece difícil llegar a una conclusión.
Pero de acuerdo con la experiencia de los países del sudeste asiático, los barbijos también pueden tener un efecto social importante. Los contextos culturales y sociales para saber cómo las sociedades responden a la amenaza de una pandemia y cómo se expande pueden resultar claves.
Varios estudios sobre la epidemia del SARS (2003) demostraron que el uso de barbijos de un modo masivo creaba intimidad y confianza de la sociedad frente a la amenaza y al peligro de la enfermedad. Lo cual acrecienta la responsabilidad social frente al otro. Así la gente toma conciencia de lo que significa quedarse en su casa para no contagiarse o contagiar al otro, o advierte que hay que taparse la boca al toser, estornudar o bostezar, y que no se comparten ni vasos ni utensilios.
Peter Baehr, un sociólogo escocés que estudió la emergencia de los barbijos durante el SARS, explicó que en Hong Kong en un comienzo la evaluación sobre su utilidad se efectuó exclusivamente desde una perspectiva científico-médica. Pero pronto adoptó otra dinámica, cuando se constató que, además, reforzaba ese sentido de responsabilidad comunitaria.
Sus palabras son relevantes hoy en día: “La cultura de los barbijos alberga un sentido de destino compartido, obligación mutua y deber cívico”. Algo que se impone como un código de vida en este siglo XXI que estamos transitando.
(*) Diplomático