Cónclave en China

Por Redacción

Mientras que un cónclave de poco más de un centenar de cardenales elegía al nuevo papa, líder espiritual de aproximadamente 1.200 millones de católicos diseminados por el mundo, casi tres mil dirigentes comunistas –hubo un voto en contra– hicieron de Xi Jinping el presidente de un país de más de 1.300 millones de habitantes. Si bien no sólo en la Argentina sino también en el resto del mundo occidental la elección de Jorge Mario Bergoglio ha motivado más interés, no cabe duda de que Xi tendrá un impacto incomparablemente mayor en los acontecimientos de los años próximos, por ser cuestión del encargado de gobernar el país que ya se ha erigido en un rival de fuste de Estados Unidos merced al crecimiento vertiginoso de su economía y a la voluntad declarada del nuevo mandatario de hacer cuanto resulte necesario para que retome el lugar de privilegio que ocupaba en el mundo antes del surgimiento asombroso de Europa medio milenio atrás. Al iniciar su gestión, Xi habló con orgullo del “gran nacimiento de la nación china”, exhortó a las fuerzas armadas a prepararse para “ganar batallas”, se comprometió a luchar contra la corrupción y también contra “el formalismo, la burocracia, el hedonismo y la extravagancia” en palabras que no hubieran sonado extrañas en boca del flamante papa Francisco. Con todo, si bien hay una diferencia evidente entre un pontífice que por motivos éticos o espirituales reclama más austeridad y el representante más poderoso de una dictadura que lo hace por razones pragmáticas, en cierto sentido los problemas que ambos quisieran resolver se asemejan. Bergoglio cree que, para recuperar la autoridad moral perdida, la Iglesia Católica tendría que dar la espalda al “hedonismo y la extravagancia”; Xi y los demás jerarcas temen que, a menos que el Partido Comunista lo haga, el malestar que sienten tantos chinos pudiera intensificarse hasta tal punto que estallara una rebelión masiva y anárquica como en efecto ha sucedido en diversas ocasiones a través de los milenios. En los dos casos, se trata de intentar reducir el peligro que creen está planteado por la convicción difundida de que los líderes de sendas instituciones que inciden en la vida de una proporción nada despreciable de la población mundial son hipócritas que hablan mucho de la compasión que sienten por los pobres pero que en realidad disfrutan tanto de la riqueza como cualquier multimillonario amante de los bienes materiales. De todos modos, aunque el presunto compromiso de Xi con la austeridad gubernamental y su deseo de que los funcionarios se resistan a la tentación de enriquecerse ilícitamente tienen como objetivo mejorar la imagen interna del Partido Comunista, y por lo tanto no preocupan a los líderes de otros países, el tono nacionalista de sus primeros discursos sí ha levantado ampollas en el resto del mundo. Para que China se erigiera nuevamente en el “imperio del centro”, como según parece Xi, con la aprobación de los demás dirigentes comunistas, se ha propuesto, otros países, comenzando con los vecinos, tendrían que resignarse a un papel tributario, alternativa que, claro está, no interesa en absoluto a los japoneses, coreanos, vietnamitas y filipinos. Tampoco resulta aceptable a la superpotencia reinante, Estados Unidos, que, bien que mal, se encuentra obligada a brindar protección a los países que se sienten amenazados por el renacer de China que festejan, con triunfalismo comprensible, Xi y otros integrantes de la elite nominalmente comunista. Aunque los voceros del régimen chino juran que el resurgimiento de su país será pacífico, que no perjudicará a nadie y que son tendenciosas las comparaciones que algunos trazan entre lo que está ocurriendo en la actualidad y lo que sucedía hace un siglo o más cuando el crecimiento vertiginoso de Alemania y el Japón modificaba el tablero geopolítico mundial, con consecuencias que terminarían siendo catastróficas, la verdad es que pocos apostarían mucho a que la irrupción de China tuviera un impacto tan universalmente positivo como aseguran los líderes de la superpotencia emergente. Por cierto, la combatividad, a veces rayana en la histeria, de China hacia el Japón en la disputa por la soberanía sobre algunos islotes, que se llaman Senkaku en japonés y Diaoyu en chino, no presagia nada bueno.


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