Condenan a banda narco liderada desde la cárcel
Abastecían a los revendedores de la región. El cabecilla dirigía desde el penal de Santa Rosa.
NEUQUÉN
NEUQUÉN (AN).- El Tribunal Oral Federal de Neuquén condenó a seis integrantes de una organización que se dedicaba al tráfico de drogas y cuyo líder operaba desde una cárcel en Santa Rosa, La Pampa. Fueron clave como prueba en el juicio los diálogos surgidos de intervenciones telefónicas, cuya validez atacaron sin éxito las defensas de los imputados.
Los jueces Eugenio Krom, Orlando Coscia y Armando Márquez impusieron penas de 8 años y 6 meses, 7 años y 6 años de prisión, y multas de 10.000, 6.000 y 2.000 pesos.
Los seis condenados fueron: Diego Díaz, Lucía Coronado, Héctor Díaz, Oriana Pargade, Carlos Ullua y Oscar González. Hay otros dos miembros sobre los que pesan órdenes de captura.
La forma de organización, el lenguaje en clave que utilizaban, la comunicación mediante mensajes de texto entre celulares y la conducción de la banda desde la cárcel convierten a este caso en uno de los más singulares y reveladores de la región.
La fiscal Cristina Beute explicó que se trata de “un estrato intermedio de la organización, eran personas que vendían a revendedores.”
La investigación se realizó entre marzo y julio de 2012. A partir de un celular secuestrado en un allanamiento por otra causa se dispuso la intervención de una línea por diez días (ver recuadro). De las escuchas se evidenció el funcionamiento de la red de comercialización de cocaína y marihuana. La comunicación era mediante “lenguaje encriptado”, dice el fallo.
A la droga la llamaban: “madera”, “camisetas”, “remeras”. En el fallo se señala que la abreviatura “ti” antecedida por la cantidad y “k” aludía a la cantidad de “tizas.” Al dinero le decían “papeles.” (ver recuadro)
Diego Díaz dirigía el grupo. Se encontraba al momento de los hechos detenido en la Unidad 4 de La Pampa por infracción a la ley 23.737 de tenencia y tráfico de estupefacientes.
Desde allí coordinaba telefónicamente la organización: “disponía del destino del dinero obtenido”, “decidía sobre las cantidades a comprar y entregar”, “definía con quién y cuándo debían realizarse las transacciones” y mantenía “una celosa contabilidad”. Ejercía un estricto control sobre el resto de los integrantes.
Lucía, la pareja de Diego, cumplía las directivas que él le impartía por teléfono. “Gestionaba los cobros y las entregas” y “rendía el estado de las cuentas”. Le brindaba información sobre el resto de la banda y lo alertaba si se “excedían en sus funciones.” Llevaba en cuadernos apuntes sobre personas, cantidades de sustancia y montos de dinero.
Héctor, uno de los hermanos de Diego, alquilaba un taller de chapa y pintura en Centenario que era usado para ocultar los estupefacientes. Oriana, cuñada de Diego y pareja de Walter (uno de los dos hombres sobre los que pesa la captura), cobraba el dinero y enviaba las sustancias en días, horarios, y lugares acordados.
Ullua oficiaba de proveedor de Diego y no dependía jerárquicamente de él. Tenía “su propio mercado” y le entregaba el cargamento que era trasladado por González desde Buenos Aires a Neuquén.