Conjuras en todas partes
En ocasiones, los que achacan una desgracia a una mano negra no son paranoicos sino personas bien informadas, pero a menos que un hombre público base sus acusaciones en tal sentido en algo más firme que su propio olfato, le convendría guardar silencio hasta contar con pruebas convincentes aunque sólo fuera a fin de ahorrarse malentendidos molestos. Por cierto, hubiera sido mejor que el presidente Néstor Kirchner pensara dos veces antes de reaccionar de forma tan impetuosa frente al apagón que lo sorprendió en la Capital Federal a mediados de la semana pasada. Sin vacilar un instante, Kirchner tomó el corte de luz por una maniobra típica de Edesur destinada a presionarlo para que aceptara aumentar las tarifas y pidió a la gente «estar alerta» frente a tales canalladas. Por su parte, la empresa aseguró que se había tratado de la consecuencia de un robo, debidamente denunciado y pronto aclarado, de los perfiles de una torre de alta tensión. Mientras no surja evidencia que demuestre lo contrario, la explicación de Edesur parece mucho más verosímil que la teoría conspirativa que fue esbozada con la rapidez de un rayo por Kirchner.
De estar en lo cierto el presidente de la República, el país se encontraría en una situación aún más grave de lo que muchos habían sospechado. Si los proveedores de servicios esenciales han elegido defenderse negándose a seguir suministrándolos o saboteando sus propias instalaciones, los próximos meses amenazan con ser caóticos. Sin embargo, aunque por fortuna el presidente se haya equivocado porque los empresarios no soñarían con emplear métodos tan rudimentarios y tan peligrosos, esto no querría decir que las perspectivas fueran mucho mejores. La voluntad ya indisimulada de Kirchner y de distintos integrantes de su gabinete de pensar lo peor de sus eventuales adversarios políticos o de «las corporaciones» económicas, más su costumbre de decirlo sin preocuparse por los datos disponibles, no puede sino crear un clima conflictivo nada salubre. En opinión de algunos oficialistas, el gobierno ha elegido cargar las tintas toda vez que alude a «las corporaciones» por suponer que de este modo podrá negociar con ellas desde una posición de fuerza. En tal caso, estaríamos ante una maniobra cínica pero así y todo racional similar a otras de la misma especie que en distintas oportunidades han urdido sus equivalentes de muchos otros países. Pero también es posible que Kirchner y sus colaboradores realmente hayan creído que era más probable que una empresa como Edesur decidiera presionarlo arreglando apagones, medida que pondría en riesgo la vida de muchas personas, de lo que sería que se hubiera tratado de nada más que un accidente atribuible ya a la falta de seguridad en el conurbano bonaerense, ya a la desinversión derivada del atraso tarifario. De ser así, sería de prever que el gobierno nacional planeara su política económica según pautas conspirativas, tomando medidas que a su juicio servirían para castigar a las corporaciones siniestras y movilizando a la gente para que lleve a la calle la «lucha» contra quienes estarían procurando apretarla.
Pues bien: por fantasiosa que pueda parecer la idea de que sea posible solucionar de esta manera los problemas económicos, la verdad es que muchos gobiernos peronistas y radicales lo han intentado, sin duda por entender que es mucho más fácil convocar a multitudes para que griten consignas contra una empresa o contra el FMI, de lo que es llevar a cabo reformas genuinas resistidas por grupos muy poderosos.
Aunque tales actividades nunca sirven para mejorar el estado de la economía, en términos políticos pueden resultar rentables. Por fortuna, hasta ahora por lo menos todos los aportes de Kirchner a este género populista tan tradicional han sido menores, por limitarse a afirmaciones fogosas dirigidas a la prensa o a pequeños grupos de compañeros, pero se da el riesgo de que si, como muchos prevén, la recuperación económica que se inició el año pasado pronto muestra señales de agotamiento, la reacción de Kirchner será meramente verbal o, si se quiere, política, lo que sería un auténtico desastre para un país que ya ha sufrido demasiado a manos de dirigentes habituados a tomar muy en serio sus propias teorías conspirativas.
En ocasiones, los que achacan una desgracia a una mano negra no son paranoicos sino personas bien informadas, pero a menos que un hombre público base sus acusaciones en tal sentido en algo más firme que su propio olfato, le convendría guardar silencio hasta contar con pruebas convincentes aunque sólo fuera a fin de ahorrarse malentendidos molestos. Por cierto, hubiera sido mejor que el presidente Néstor Kirchner pensara dos veces antes de reaccionar de forma tan impetuosa frente al apagón que lo sorprendió en la Capital Federal a mediados de la semana pasada. Sin vacilar un instante, Kirchner tomó el corte de luz por una maniobra típica de Edesur destinada a presionarlo para que aceptara aumentar las tarifas y pidió a la gente "estar alerta" frente a tales canalladas. Por su parte, la empresa aseguró que se había tratado de la consecuencia de un robo, debidamente denunciado y pronto aclarado, de los perfiles de una torre de alta tensión. Mientras no surja evidencia que demuestre lo contrario, la explicación de Edesur parece mucho más verosímil que la teoría conspirativa que fue esbozada con la rapidez de un rayo por Kirchner.
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