Cristina frente al vacío
En los países en que rige el sistema presidencialista, es perfectamente normal que la persona elegida para encabezar el gobierno obtenga más del 50% de los votos, de suerte que en otras partes del mundo democrático el previsto triunfo de Cristina Fernández de Kirchner en los comicios del 23 de este mes no sería considerado excepcional. Sin embargo aquí hay un consenso muy amplio en que, sobre la base de la cantidad respetable pero de ningún modo “plebiscitaria” de los votos que es de suponer cosechará, la presidenta estará en condiciones de gobernar sin preocuparse en absoluto por las opiniones ajenas, lo que no es nada normal según las pautas internacionales. Y como si esta anomalía no fuera más que suficiente, ya se habla de la voluntad de quienes dependen de Cristina de impulsar una reforma constitucional con el propósito de permitirle seguir en la Casa Rosada después de diciembre del 2015. El gran problema político de la Argentina no es la voracidad de poder del oficialismo –en el resto del mundo escasean los mandatarios que vacilarían en aprovechar todas las oportunidades para aumentar el suyo– sino la debilidad extrema de las instituciones, entre ellas los partidos políticos, que en teoría deberían servir para impedir que una sola persona domine a todas las demás. El agrietamiento del arco opositor, la propensión de funcionarios supuestamente apolíticos –comenzando con los jueces, además de una multitud de “dirigentes” oportunistas– a plegarse al poder dominante de turno, ha creado una situación en que a Cristina le sería muy difícil resistirse a la tentación de gobernar de forma cada vez más arbitraria aun cuando no se viera respaldada por el grueso de un movimiento cuyas tradiciones no son exactamente democráticas. Puesto que la presidenta se ha rodeado de personajes que se imaginan comprometidos con una epopeya casi revolucionaria, puede entenderse la inquietud que sienten sus muchos adversarios. Con toda seguridad, a mandatarios como el norteamericano Barack Obama, la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy les encantaría no tener que enfrentar opositores tenaces que a su juicio no hacen otra cosa que “poner palos en la rueda”, pero en sus momentos más sobrios comprenderán que para que el sistema democrático funcione de manera adecuada son necesarias tanto una oposición fuerte como instituciones capaces de obligar al gobierno a acatar todas las reglas vigentes. Aunque los obstáculos así supuestos hacen que su tarea sea mucho más ardua, reducen el riesgo de que persistan en el error. Asimismo, sirven para repartir responsabilidades. A diferencia de Cristina, sus homólogos de los países avanzados saben que su poder es relativo. Por molesta que les parezca dicha realidad, significa que operan dentro de límites que son mucho menos flexibles que los enfrentados por nuestra presidenta y que por lo tanto cuentan con un grado de apoyo institucional que en la Argentina apenas existe. En su segundo período presidencial Cristina se encontrará virtualmente sola. El vehículo electoral que armó su marido, el Frente para la Victoria, es por su naturaleza sumamente precario. La administración pública no se asemeja del todo a las de países mejor organizados. Su círculo áulico está conformado por individuos obsecuentes que están más interesados en hacer gala de su propia “lealtad” y en echar dudas sobre la de sus rivales internos que en ayudarla a gobernar con realismo y eficacia. Sin embargo, al hacerse sentir aquí el impacto de la crisis económica internacional que está cobrando fuerza no sólo en Estados Unidos y Europa sino también en Brasil, y que según algunos pesimistas no tardará en frenar el avance vertiginoso de la gran locomotora china, afectando negativamente el precio de la soja, Cristina precisará contar con el asesoramiento de economistas que sean un tanto más confiables que su compañero de fórmula Amado Boudou, el inefable secretario de Comercio Guillermo Moreno y otros integrantes del improvisado elenco oficialista. Caso contrario, sería poco probable que el “modelo” socioeconómico que la presidenta dice estar resuelta a defender cueste lo que costare, pero que además de la fiebre inflacionaria está sufriendo una sangría de capitales de dimensiones alarmantes, sobreviva por mucho tiempo más.