Cristina, la del FMI
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Todo vale en la guerra, el amor y, claro está, la política, de suerte que sería inútil mofarse de Hugo Moyano por pedirle a la presidenta “ocuparse” ya de la inflación sin por eso ahorrarse el gusto de acusarla del crimen imperdonable de poner en marcha un “ajuste encubierto” y, peor aún, de copiar “por convicción una receta del FMI”. Lo que el camionero y sus compañeros del sindicalismo peronista disidente están tratando de hacer es insultar a Cristina de la forma más hiriente concebible, asegurándonos que es una militante despiadada del capitalismo salvaje que, como todos sabemos, es un sistema tan satánico que ninguna persona decente pensaría en reivindicarlo. ¿Lo es? Le guste o no a Cristina, puede que las circunstancias la obliguen a desempeñar el papel antipático así supuesto. Como presidenta, a veces tendrá que tomar en cuenta la realidad aun cuando le parezca insoportable, y la verdad es que todavía no se ha inventado un remedio antiinflacionario indoloro. Aunque muchos políticos dan a entender que tal remedio sí existe pero que, por motivos perversos, el gobierno de turno se niega a aplicarlo, ninguno ha querido entrar en detalles. A lo sumo, dicen que el fenómeno no es un problema monetario sino uno vinculado con la oferta y que por lo tanto se esfumaría si el país produjera mucho más o si todos los empresarios y comerciantes optaran por reducir los precios de los bienes y servicios o si… Sea como fuere, a juzgar por la evolución de la mayoría de las economías a partir de la revolución industrial, las alternativas recomendadas por los contrarios por principio a un mínimo de austeridad no suelen brindar los resultados esperados. Hasta que un teórico genial o, quizás, un equipo de superdotados reunidos por una versión moderna del “pensatorio” socrático que fue imaginado hace dos milenios y medio por el gran comediógrafo ateniense Aristófanes, en su obra “Las Nubes”, logre confeccionar un remedio indoloro, una píldora mágica que sirva para restaurar la estabilidad y garantizar el crecimiento sin que nadie tenga que sacrificar nada, la economía seguirá siendo la ciencia triste. Nunca habrá recursos suficientes como para satisfacer las necesidades que, por supuesto, propenden a multiplicarse. En muchos países, serán clasificados entre los pobres que merecen dosis regulares de ayuda social quienes no estén en condiciones de comprarse un par de autos nuevos, computadoras para toda la familia e ir de vacaciones al exterior. Tanto aquí como en el resto de América Latina y Europa, los indignados por la brecha entre lo que provee la economía local y lo que ellos quieren de ella se han acostumbrado a atribuir las dificultades a la influencia maligna de sujetos calificados de “neoliberales”. Puesto que, desde hace por lo menos quince años, ni siquiera los que en cierto momento aplaudieron a Carlos Menem dicen sentir simpatía alguna por el “neoliberalismo”, hay que suponer que se trata de miembros de una sociedad secreta asombrosamente poderosa, de conspiradores malévolos que se dedican a frustrar los esfuerzos por liberar al género humano de la pobreza ancestral. Cuando el gasto social aumenta a una velocidad que consideran excesiva, los neoliberales se las arreglan para castigar a los responsables asestándoles un golpe de mercado demoledor. Si un gobierno bondadoso procura facilitar las cosas imprimiendo más dinero, reaccionan desatando un tsunami inflacionario. Podría argüirse que una proporción enorme de los problemas actuales es fruto de la idea, para muchos irresistible, de que debería haber en algún lugar una alternativa al “neoliberalismo”, aquel credo que nadie ha conseguido definir pero que, según parece, se basa en la idea odiosa de que por lo común es mejor respetar ciertos límites y que, de todos modos, en última instancia los mercados funcionen libremente de lo que es dejar la economía en manos de políticos, ideólogos académicos y burócratas, aun cuando todos resulten ser dechados de honestidad de instintos solidarios. En Europa, centenares de miles de personas inundan periódicamente las plazas emblemáticas de las ciudades principales para gritar consignas contra la supuesta tiranía neoliberal y agitar banderas rojas. El que los regímenes comunistas de la mitad oriental de Europa sólo lograran socializar la miseria a pesar de la eliminación física de decenas de millones de personas sospechadas de tendencias que hoy en día serían calificadas de neoliberales no les importa en absoluto, ya que desde su punto de vista sería mejor cualquier alternativa, por atroz que fuera, al statu quo. En la Argentina, agrupaciones que se afirman de izquierda actúan de la misma manera, mientras que, por su parte, Cristina se proclama dueña del “modelo” que, sin saberlo, los indignados griegos, españoles, italianos y franceses están reclamando. Aun así, Cristina acaba de ser acusada por Moyano de someterse a la tutela del FMI, lo que con toda seguridad sorprendería a los técnicos adustos del organismo que sirve de chivo expiatorio universal. Otro mandatario que, para su disgusto, está bajo ataque de quienes insisten en que se ha dejado tentar por la vil herejía neoliberal es el presidente francés François Hollande. Fue elegido hace menos de un año después de comprometerse a salvar a sus compatriotas del horror económico que está provocando tantos estragos en distintas partes de Europa, pero no tardó en aprender que no bastaría con denunciar por inmoral la falta de recursos genuinos. Al deslizarse la economía gala hacia el abismo, el socialista tuvo que ordenar un “ajuste”, aseverando que en adelante intentaría impedir que el gasto público adquiriera dimensiones inmanejables, lo que, para su pesar, lo transformó en seguida en un “neoliberal”, un hombre cruel que antepone los números a las personas de carne y hueso, un sujeto tan inhumano que le parece legítimo conjeturar que el nivel de vida de la gente podría tener algo que ver con la productividad de la economía en su conjunto. La situación en que Hollande se encuentra se asemeja mucho a la de Cristina, si bien, a diferencia de la mayoría que aquí se ha resignado a la pobreza tercermundista, decenas de millones de obreros y oficinistas franceses están acostumbrados a percibir ingresos que en la Argentina los ubicarían en la “clase media alta”.