Cristina y los golpistas fantasmales

Redacción

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

La democracia es tan aburrida. No deja lugar para epopeyas como las de antes. Luchar con heroísmo por la democracia contra tiranos sádicos es una cosa; tener que vivir en una supuestamente consolidada, otra muy distinta. Lo es porque se trata de un sistema apropiado para burócratas natos, pequeños burgueses a quienes les gusta pasar horas en comités charlando acerca de nimiedades presupuestarias y lo que llaman “los problemas de la gente”.

Es por lo tanto natural que Cristina y sus militantes sientan nostalgia por tiempos más emotivos en que guerreros soñadores, con los pelos al viento y metralleta en mano, bajaban de montañas selváticas para liberar al continente de las dictaduras derechistas miserables que lo infestaban. Con algunas excepciones venerables, ellos mismos no participaron de dicha gesta, pero les encanta imaginarse vestidos como el Che Guevara o el bueno de Fidel, que en sus mochilas llevaban no sólo municiones sino también un mensaje de esperanza para pueblos sumidos en la tristeza.

Puede que no sea así, que en verdad los kirchneristas sean pacifistas tan mansos como corderos que nunca pensarían en lastimar a nadie, que lo único que sienten sea, como nos aseguró hace poco Cristina, el amor por el próximo y por la alegría juvenil, pero su forma de hablar sugiere que, en alguna parte del inconsciente, muchos se creen destinados a desempeñar papeles un poco más románticos que los que les han tocado. Será por eso que los obsesiona la idea fascinante de que la Argentina esté, o debería estar, en vísperas de un golpe parecido a aquel de marzo de 1976. Todos los días nos advierten que columnas de tanques mediáticos, brigadas de fiscales y jueces, economistas neoliberales al servicio de los terribles poderes concentrados y otros enemigos del pueblo están avanzando hacia la Casa Rosada, Olivos y El Calafate con el propósito de restaurar el Proceso militar.

Para ellos sería maravilloso que algo así sucediera, pero muchos sospechan que sólo es una expresión de deseos de quienes quisieran rebobinar la cinta para que el país regresara a los buenos tiempos cuando todo era posible. Aunque Cristina deja saber que se cree Evita Perón rediviva, razón por la que suele mantener a su lado un retrato iluminado de la abanderada de los pobres, a quien más envidia es su sucesora como esposa del general, Isabelita. Tuvo suerte: cuando todo caía en pedazos, los infames militares la rescataron para llevarla a la Patagonia. Pensándolo bien, fue una salida bastante elegante, pero mientras que Isabelita no fue capaz de aprovecharla proclamándose urbi et orbi una mártir de la democracia y de la causa popular, Cristina sí sabría hacerlo.

Ya tiene todo planeado. Por Twitter, Facebook, YouTube u otra red social, informaría al mundo de que la ha destituido una pandilla de reaccionarios viles pero que un día muy pronto volverá para ser millones. No se le ocurriría resignarse a vivir tranquilamente en Madrid u otra ciudad extranjera, si es que encontrara una dispuesta a permitirle conservar el estilo de vida al que se ha acostumbrado. No quedan muchos países en la lista que ha confeccionado. Gracias a los imperialistas, Venezuela está transformándose en una inmensa villa miseria, Ecuador es chiquitito y nadie sabe lo que sucederá en Cuba cuando los hermanos Castro ya no estén. Lo único que le falta para que inicie el gran operativo retorno es el golpe.

Sucede que la señora se enfrenta con un problema que le impide dormir en paz: ¿cómo frustrar a los golpistas en un país en que, según parece, no hay ninguno, ni siquiera un cabo ambicioso que quisiera probar suerte rebelándose contra sus superiores? Los hay que creen que Cristina ya tiene la solución a mano: si nadie quiere hacerle el favor de organizar un golpe en su contra, tendrá que conformarse con un autogolpe.

Es ésta la teoría de la diputada Elisa Carrió, una dama que comparte con Cristina la afición a los melodramas. Lilita dice que el día D llegará el domingo cuando, al inaugurar un nuevo ciclo de sesiones ordinarias, la señora declarará la guerra al Poder Judicial, rebautizado el Partido Judicial para privarlo de sus ínfulas institucionales, ya que, a diferencia del autogolpista peruano Alberto Fujimori, no tiene por qué preocuparse por el Poder Legislativo puesto que el que tenemos la apoyaría sin chistar aun cuando le ordenara abolir la ley de gravedad en todo el territorio nacional. Son buenos muchachos los suyos, demócratas auténticos que saben muy bien que el pueblo los eligió para que le sirvieran como corresponde ratificando todas las leyes.

Cristina preferiría no sentirse obligada a hacer el trabajo de todo opositor que se precie. Según el relato presidencial, le corresponde al gorilaje tratar de reconquistar el poder por los medios que fueran. Pero son tan pusilánimes los radicales, los seguidores de Mauricio Macri, los cómplices del traidor Sergio Massa, los socialistas de aquel rosarino pesadísimo Hermes Binner y hasta los trotskistas que todos los días hablan de revoluciones, que no le queda más alternativa que decirles lo que deberían hacer. En este país, la presidenta tiene que hacer absolutamente todo, ser a un tiempo la máxima garante del orden republicano y la desestabilizadora en jefa, bombera y pirómana. Es muy injusto pero, por desgracia, la Argentina se ha degenerado en un país en que los militares están más interesados en recoger información escandalosa sobre oficialistas u opositores que en buscar pretextos para sublevarse y los políticos de la “corpo” son unos cobardes.

Para complicar todavía más el problema que mantiene en ascuas a Cristina y sus estrategas, los conspiradores contemporáneos son personajes arteros. No son como aquellos viejos coroneles y generales fanfarrones cuyas bravuconadas hacían temblar a algunos civiles y vibrar de júbilo patriótico a otros. Saben camuflarse. Se esconden en multitudes silenciosas, juran respetar todas las reglas de lo que según ellos es la democracia y dicen estar resueltos a ir a cualquier extremo para asegurar que Cristina llegue sana y salva al 10 de diciembre. ¿Y entonces? La comerán viva. Juegan al gato y el ratón. No parecen entender que los kirchneristas son los felinos y ellos los roedores y que la señora, lejos de encontrarse arrinconada sin ninguna vía de escape, está esperando el momento para saltar por encima de quienes creen tenerla atrapada para entonces liderar una contraofensiva furibunda que los dejará postrados.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON


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