Cristina y los suplentes

Por Redacción

Luego de perder por un margen amplio frente al conjunto de equipos opositores en las primarias que se celebraron hace poco más de una semana, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos informó que le interesan mucho menos los resultados de los torneos electorales que las vicisitudes de su relación conflictiva con “las corporaciones” económicas y sindicales, además de “la embajada” estadounidense. Según Cristina, Sergio Massa, Julio Cobos y otros que obtuvieron más votos que los precandidatos oficialistas son meros “suplentes”, o sea, empleados obedientes de banqueros, hombres de negocios, los dueños de medios de difusión supuestamente monopólicos y, detrás de todos ellos, el imperialismo norteamericano. Aunque es de suponer que al manifestar así su desprecio por aquellos dirigentes que no militan en las filas del Frente para la Victoria, Cristina sólo haya querido desahogarse, el que se crea por encima de la lucha política formal es preocupante. Al fin y al cabo, si la presidenta realmente está convencida de que lo que sucede en el marco de las instituciones democráticas carece de importancia porque los enfrentamientos auténticos se dirimen en otra parte, se sentirá con derecho a continuar violando las reglas, ya a su entender éstas sólo benefician a sectores que, en su opinión, tampoco suelen respetarlas. Huelga decir que Cristina no es la única persona que propende a pensar de este modo. Comparten su actitud tanto los militantes K más fervorosos, entre ellos los líderes de La Cámpora, como los integrantes de partidos minúsculos de la ultraizquierda totalitaria que, a pesar de suponerse los representantes naturales del “pueblo”, raramente reciben más de un puñado de votos en las elecciones. La suya es una visión conspirativa en que las apariencias siempre son engañosas, ya que quienes la reivindican dan por descontado que los presuntos líderes políticos son títeres manipulados por alguna que otra logia mafiosa o una sociedad secreta multinacional que tendría su cuartel general en Nueva York, Londres o, quizás, una ciudad suiza. Puede que, a juicio de ciertos adictos a las teorías conspirativas, Cristina misma esté al servicio de una conjura exótica de ramificaciones mundiales, pero de ser así el relato resultante aún no ha incidido en la política nacional. En las democracias maduras, las teorías de este tipo, según las cuales el destino de las distintas sociedades depende de las maniobras de “corporaciones” maquiavélicas, son la propiedad exclusiva de minorías reducidas. En países de tradiciones autoritarias habituadas a la inestabilidad política y a los intentos de los gobernantes de turno de obligar a todos a someterse a un relato particular, en cambio, pueden tomarlas en serio sectores muy amplios, como ocurre en el Oriente Medio, donde conforme a las encuestas que se han realizado la mayoría está dispuesta a creer virtualmente cualquier rumor, por extravagante que fuera, que sirva para confirmar la astucia satánica de los israelíes y la perversidad norteamericana. Con todo, si bien en la Argentina lo que en algunas latitudes se califica de “franja lunática” es un tanto mayor que en los países políticamente más desarrollados, a partir de la gestión truncada de la presidenta “Isabelita” de Perón, las ideas de quienes la integran no fueron muy influyentes hasta que adoptaron algunas Cristina y sus simpatizantes incondicionales. Es de esperar que pronto las abandonen. De decidir la presidenta y sus adláteres que la política democrática es sólo una especie de show, una pantalla de humo que sirve para proteger a “corporaciones” malignas, y que por lo tanto les corresponde concentrarse en lo que para ellos son las batallas más importantes, los meses y años próximos serán mucho más turbulentos de lo previsto. Mal que le pese a Cristina, los “suplentes” que tanto desdeña cumplen un papel protagónico en la Argentina democrática. Procurar marginarlos, aunque sólo sea retóricamente, es muy peligroso, por basarse en la noción de que los representantes libremente elegidos por la ciudadanía deberían subordinarse a los planteos de una vanguardia de iluminados que, a diferencia del electorado, saben lo que está aconteciendo en el país y en el mundo, lo que les brinda el derecho de proceder sin prestar atención alguna a la voluntad popular tal y como se expresa a través de las elecciones.


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