Cuando la falta de trabajo empuja a estudiar un oficio

El Centro Exalumnos de Don Bosco de Roca es una opción para personas de todas las edades que buscan una inserción laboral. Algunos son requeridos por empresas por ser mano de obra calificada, otros arrancan en forma independiente y les va muy bien.



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Aleksei tiene demanda de su trabajo en instalaciones domiciliarias.

Uno de los que asiste al curso de electricidad tiene 70 años, y contó que va porque quiere realizar la instalación en su futura casa en construcción. Entre sus compañeros hay jóvenes de 22 años que buscan una salida laboral en un corto plazo. Otros ya van por su tercer curso, ya son plomeros y gasistas y con la capacitación sobre electricidad quieren completar su saber y ser capaces de realizar todas las instalaciones de servicios necesarias en una casa.

El perfil de los estudiantes del Centro de Formación Profesional Ex Alumnos Don Bosco, que tiene base en el barrio Noroeste de Roca, es así de variado. Su conducción insiste en que no se define por rango de edades –tienen entre 16 y 78 años– ni por el nivel educativo alcanzado.

Lo que unifica y hace de denominador común es que “quieren ir a estudiar porque de verdad necesitan aprender un oficio”, resumió Jaime Ulloa, director de la institución.

“Hay muchos que hacen mantenimiento en una empresa de la ciudad, y que se acercan a la escuela porque saben que si aprenden de soldadura por ejemplo, es posible que puedan hacer carrera ahí donde trabajan”.

La oferta de capacitaciones es numerosa. Dictan desde electricidad del automotor, hasta la domiciliaria e industrial, mecánica, soldadura, gas, plomería, carpintería, tapicería, auxiliar contable, peluquería y corte y confección, cuyas cursadas se extienden entre uno y dos años.

Otra particularidad es que la mayor parte de los cursos comienzan desde las 20 y se extienden hasta las 22, justamente permiten a los asistentes continuar con sus trabajos y estudiar.

“Es mucha la demanda. Hay un cupo de 30 por curso y se anotaron 120 en cada uno”, apuntó el director. En marzo se anotaron 784 personas, cuando la capacidad es para 400.

Para asistir se requiere abonar una cooperadora de 300 pesos para el mantenimiento de las instalaciones y se realiza un seguimiento de cada estudiante con boletines de notas trimestrales y, en algunos casos, horas de trabajo certificadas. En ese sentido, se destacó que desde la escuela se fomenta la tarea solidaria, y en muchos casos se realizan las prácticas en viviendas ubicadas en inmediaciones a la escuela.

“Cuando salen tienen trabajo, porque hay gran demanda. Por ahí es más difícil en carpintería, porque se necesita tener maquinaria para arrancar que en otros oficios”.

La institución se sostiene con el trabajo de 20 personas, entre docentes, secretario, director y apenas un portero para mantener el edificio completo. Todo el personal recibe sueldo por parte de la provincia, se indicó.

Lo que unifica y hace de denominador común es que “quieren ir a estudiar porque de verdad necesitan aprender un oficio”, resumió el director.

La oferta de capacitaciones es numerosa. Para asistir se requiere abonar una cooperadora de $ 300 para el mantenimiento de las instalaciones.

El fin de obra hace Claudia, gasista matriculada.
Andrés Maripe

“Encontré lo mío: hacer proyectos de gas”

Actualización permanente, la clave para Maxi, mecánico de la zona norte.
Emiliana Cantera

“Arranqué a los 17 años y nunca dejé el oficio”

Aleksei tiene demanda de su trabajo en instalaciones domiciliarias.
Emiliana Cantera

“Me hizo un clic, aprendí un oficio y cambié de trabajo”

Guillermo arreglando a un enorme. Hace mantenimiento de colectivos.
Emiliana Cantera

“Hay que dar pelea, hice el curso para salir adelante”

andrés maripe

Emiliana Cantera

Actualización permanente, la clave para Maxi, mecánico en la zona Norte.

El fin de obra hace Claudia, gasista matriculada.

Guillermo arreglando a un enorme. Hace mantenimiento eléctrico de colectivos.

Emiliana Cantera

cursos dicta el Centro de Formación Profesional Exalumnos de Don Bosco, que funciona desde 1968 en el barrio Noroeste de Roca.

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784

inscriptos hubo este año, entraron 400. Las capacitaciones duran entre uno y dos años. Las cursadas son entre las 20 y las 22.

Datos

Lo que unifica y hace de denominador común es que “quieren ir a estudiar porque de verdad necesitan aprender un oficio”, resumió el director.
La oferta de capacitaciones es numerosa. Para asistir se requiere abonar una cooperadora de $ 300 para el mantenimiento de las instalaciones.
Eran 29 hombres y ella. Única, venía a desterrar el mito de que los trabajos son cuestión de género. Al año, ya empezaba sus primeras intervenciones de campo en obras de gas.
Claudia Ávalos (36) es de Roca, primero maestra mayor de obra egresada del Centro de Educación Técnica 1 y hace cinco años que culminó el curso de gas en el Centro Exalumnos de Don Bosco.
“La escuela enseña sobre la norma, su interpretación y el trabajo para poner las manos en el barro”, resumió Claudia, una de las dos mujeres gasistas matriculadas en Roca, quién además afianzó su vida laboral de manera independiente luego de su paso por la escuela de oficios de Noroeste.
Entre risas comentó que desde que forma parte del listado que emite Camuzzi, recibió más de un llamado que alegaba llamarla “porque es mujer”.
“Para muchos es una garantía de prolijidad, por ejemplo, así me lo han manifestado”, compartió.
Con el tiempo ganó aprendizaje y clientes. Si bien se maneja en forma independiente –y le gusta en particular definir sus horarios– trabaja en dupla: ella hace las cuestiones de proyecto, planos y papeles administrativos, mientras que las conexiones en obra las realiza otro gasista.
“Hago proyecto y dirección porque no me alcanza el tiempo para hacer la obra también”, explicó la mujer, que asegura que tiene tanta demanda que hay noches en que se la pasa haciendo planos.
“Cuando empecé a ir a Camuzzi les dije que iba a pintar el aparato de medición de rosado, porque nunca habían conocido mujeres que se dediquen al gas”.
“Estoy trabajando muy bien, y te digo más, el 50% de los que egresó ese año que yo hice el curso ya está trabajando”, finalizó.
Se anotó en el curso de mecánica a sus 17 años, quería arreglar su auto. En paralelo iba a la escuela técnica, y hacía la orientación afín. Aprendió y se enganchó con el oficio.
“Arranqué trabajando en una concesionaria de mecánico, hice muchos cursos porque todo el tiempo hay que actualizarse”, explicó Maximiliano Strada (36), también egresado del Centro de Profesionales de Exalumnos de Don Bosco.
“Armé el taller de a poco, me llevó diez años, pero todo lo hice con el esfuerzo del trabajo”, indicó el joven, que al comenzar contaba con un pequeño espacio al fondo de un terreno en la calle Evita.
Recordó que en ése tiempo, a la orden de su creatividad, se dedicaba hasta a la fabricación de herramientas para dar respuesta a las demandas cotidianas.
“Las inventaba con lo que tenía. Eso es lo que más cuesta para emprender en éste rubro, porque se necesitan muchas herramientas, y a medida que uno va avanzando se requieren otras nuevas”, explicó.
En la actualidad, y luego de asociarse con dos familiares, pudieron ampliar el galpón cubierto y hoy pueden ingresar 15 vehículos y equiparse de herramientas para desarrollar su trabajo. Ahora son 7 las personas que ponen manos a la obra en el taller de autos.
“Al principio cuando me largue solo trabajaba de lunes a lunes, todos los domingos, feriados, hasta tarde. Recién ahora puedo abrir de lunes a viernes”, comentó el mecánico, que levanta persianas cada mañana a las 8:30 y se queda horario corrido, hasta las 18.
Para definir los precios se guía en internet, con las tarifas que aplican otros y se acerca a un número para realizar los cobros.
Lo que siempre cuesta es el pago. “Le buscamos la vuelta sumando la alternativa de pagar con débito o de financiar mediante tarjetas de crédito”.
¿Una propuesta al Centro Don Bosco?
“Que se actualicen, porque éste rubro avanza a la par de los autos”.
“Un día quise cambiar, dejar de hacer siempre las mismas pruebas en un laboratorio para hacer una labor que deje algo funcionando, por esa satisfacción es que llegué al curso de electricidad”, resumió Aleksei Zimakov (40), un ruso que eligió Argentina hace casi dos décadas para vivir y, en particular el Valle “porque en el sur estaba mucho más fresco”.
Aleksei llegó tarde a las inscripciones en el Centro Exalumnos de Don Bosco, en marzo del 2013, pero no se resignó. Fue todos los días a cursar durante dos semanas y se ganó un banco en el curso.
Hizo un año de electricidad domiciliaria y completó el segundo de industrial.
“Desde el primer año ya tuve un trabajo, entré como ayudante de electricista y empecé a aprender un montón”, recordó el hombre, quién hace tres años culminó con la capacitación y desde ese entonces es convocado permanentemente a distintas obras para prestar su servicio de instalación.
Destacó que desde ése momento el sustento de su economía son las instalaciones eléctricas, y aseguró que el cambio fue positivo. Por un lado, fue un beneficio por los ingresos que obtiene pero además le permitió la posibilidad de trabajar en forma independiente y manejar sus horarios.
“Hay demanda de electricistas buenos y que cobren un precio accesible”, remarcó y refirió a sus consultas a la lista de precios general de los electricistas del país. En ese sentido, explicó que muchas veces baja el precio de sus trabajos para ayudar a personas que viven en condiciones precarias.
Entre los casos que atiende asegura que hay cantidad de casas del radio céntrico que no tienen la puesta a tierra, algo que se exige pero que antes no era requisito.
“Empecé limpiando los galpones, me acerqué a los muchachos mecánicos y fui aprendiendo. La electricidad me gustaba mucho, me generaba interés, así que hice el curso, y ahí sí que mi trabajo cambió por completo”, explicó Guillermo Llanquihuen (30).
El joven roquense trabaja desde hace más de 8 años en los talleres de mantenimiento de los colectivos de transporte público en Roca, la empresa 18 de Mayo. Bien abrigado llega cada mañana a los galpones, que hacen frente en la calle Alsina, y en donde la atención de unidades es constante.
“Estos días está tranquilo porque están las vacaciones. Cuando vuelvan las clases se llena”, comentó.
El joven llegó a tercer año en el secundario 43 y a los 18 años empezó a trabajar en horarios rotativos. Luego formó una familia, tuvo hijos. Pasó el tiempo y se le complicó para poder retomar y culminar los años del colegio que aún le quedan pendientes.
En el 2009 decidió hacer el curso de electricidad mecánica, cursó un año y obtuvo el certificado.
Con el aprendizaje, confiaba en que el progreso iba a llegar. Un compañero de trabajo le insistió para que ponga en práctica lo aprendido, para que no se olvide. Y tiempo después ingresó a la planta de mantenimiento.
En los tiempos libres comenzó a hacer trabajos independientes, se hizo su clientela y en la actualidad hay muchos días que tras las 8 horas de trabajo acondicionando fallas en los colectivos, vuelve a su casa a seguir con vehículos de particulares.
“Era lo que yo buscaba, no depender de una empresa por completo, sino tener una herramienta que sirva como una salida independiente, eso me parece que es muy importante tenerlo”, resaltó Guillermo, que se calzó el mameluco y se metió en la fosa. Abajo del enorme colectivo, su saber es clave para la reparación de los desperfectos eléctricos. Gran parte de su jornada transcurre ahí o en una piecita ubicada en un extremo del taller, en donde cuenta con un gran banco de apoyo de piezas.

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