Cuando la historia se vuelve romántica

Redacción

Por Redacción

4º feria Patagónica del libro de fundación cultural patagonia

Eduardo Rouillet

Autora por excelencia de novelas histórico-románticas, Gloria Casañas nació un 22 de agosto de 1964 en Buenos Aires, y desde pequeña escribió poesías y cuentos que la rumbearon hasta los libros que escribe hoy. Ganadora del Premio del Lector de la Feria del Libro de Buenos Aires 2012, es autora de “En alas de la seducción”, “La maestra de la laguna”, “Y porâ”, “El ángel roto”, “La canción del mar” y “Por el sendero de las lágrimas”, su libro más reciente. Todas con el amor en un contexto histórico como eje. Y justamente de este tema hablará el sábado próximo, a las 19, en el Espacio Cultural de FCP, con el público. La primera de sus obras, transcurre en un rincón remoto de Patagonia; “La maestra de la laguna” es Elizabeth O’Connor, una de las norteamericanas –de familia irlandesa– que Domingo Faustino Sarmiento trajo a Argentina en 1870, para impartir sus conocimientos y es puesta a prueba en Buenos Aires y en La Pampa, donde el eco de los malones resonaba aún, a la luz de la estrella de Calfucurá; la siguiente, se sitúa en la Mar del Plata de 1880; “Y porâ”, en la guerra de la Triple Alianza; “El ángel roto” es un fresco de la Capital en las últimas décadas del siglo XIX; “Por el sendero de las lágrimas” se ubica en 1872, cuando la masacre de Tandil que dejó treinta y seis campesinos inmigrantes muertos, y en el sudeste de Estados Unidos donde vivían los llamados cherokee. Gloria se recibió de abogada –profesión que ya no ejerce– en la Facultad de Derecho de la UBA, donde sí es docente en la cátedra de Historia del Derecho Argentino. “A la docencia la considero tan importante como escribir, son dos actividades paralelas. Enseñar es una fuente de ideas, de información, me gusta mucho dar clases, me obliga a mantenerme siempre vigente… Primero, en el contacto con los alumnos, los jóvenes y sus inquietudes; y también a estudiar. Para mí eso es muy valioso, muy útil. Estoy siempre estudiando, para la materia, para investigar un tema. Me mantiene viva, atenta a resolver interrogantes. Se aprende enseñando, en realidad, porque hay que saber más que el alumno por supuesto, e ir por encima de lo que pueda surgir. Y cuando uno enseña, la misma explicación de un tema, sirve como aprendizaje propio. Cosa rara. Explico a otro, pero capto, a la vez, lo que expreso. –Esto último, ¿se podría aplicar a la escritura? –Sí. Se aprende escribiendo, sí, porque es un oficio y cuanto más lo hacés, mejor sale. Hay que escribir, no importa si luego se usa o no. Es un consejo que suelo dar cuando me preguntan en las charlas, para el que empieza o quiere hacerlo profesionalmente: escriban, no se inhiban pensando que lo que hacen no es bueno, nadie lo está leyendo… Escribiendo se pule la escritura. –En clase, tenés una metodología, un programa a desarrollar… ¿La construcción de una novela es así de ordenada? –Es caótica… Porque aunque tenga algo pensado, durante la escritura, la mayoría de las veces, cambia. Toma otra forma. Yo no tengo ideada la novela de pe a pa. Hay escritores que sí. O saben el final, por ejemplo, o lo tienen escrito. Yo no hago esa estructura, me lanzo a escribir… Tengo una idea de lo que quiero hacer y adonde quiero llegar, de qué personaje voy a hablar, pero no es algo fijo a lo que después me atenga. No me aferro demasiado a lo que tenía planeado inicialmente y me ha pasado que la novela toma otro rumbo, inesperado para mí también, porque me compenetro mucho con los personajes y pueden sorprenderme por lo que quieren hacer, piensan o manifiestan. Es como si no fueran míos y estoy viendo cómo actúan. –Suena raro, porque vos los estás creando. –Sí, suena raro, es verdad. Pero es así, porque me dejo llevar. Alguna vez me ha ocurrido que vuelvo para atrás, no me gusta el rumbo o me parece que el personaje se excedió, que no era lo que tenía pensado para él. Aunque no siempre, porque los dejo que hagan su voluntad y me amoldo a lo que surgió. Me pasó con uno secundario concreto que había tomado demasiada fuerza, le estaba dejando hacer demasiadas cosas (sonríe Gloria) y se convertía un poco en protagonista. Lo volví al redil y ya veremos más adelante qué sucede en otro libro, quizá. –Como ya has hecho. –Claro. A veces, me doy cuenta mientras escribo que ese personaje va a tener su historia; otras, no. Se me va formando la idea con el tiempo, y muchas veces coincide con el gusto de los lectores, que me lo piden. Es una contingencia muy linda. –¿Te releés, criticás, corregís palabras? –Cada día que me siento a escribir, leo lo último que hice y corrijo invariablemente. No hay vez que lea lo anterior y no le haga correcciones. Suprimo palabras, adjetivos, expreso una frase de otra manera, hallo fallas que reparar. Tanto es así que cuando entrego la novela a la editorial, donde supuestamente pasa a la etapa de corrección, la tengo súper revisada… Nunca entrego nada en crudo. Y lo hago porque me gusta, me sale hacerlo. Pero… Siempre encuentro algún defecto. Detrás de cualquier cosa que se emprende, hay una labor que no se ve. Sucede, sobre todo para los argentinos, que llama mucho la atención la persona que espontáneamente hace algo. Nos gusta ver al genio, al iluminado. Hasta en los jugadores de fútbol, detrás de su talento, hay trabajo también, entrenamiento, prácticas, muchas cuestiones, errores cometidos que se superan luego. Entonces, todo lo valioso tiene detrás una construcción paciente. Cuando escribía de chica, no corregía, me parecía que aquello no se podía tocar más. Era resultado de un destello y lo dejaba. Después, me di cuenta al madurar, que no es así y todo se puede hacer mejor. Hay técnicas que se pueden aprender de otros, siempre hay alguien que enseña algo. En el caso de los escritores, esto se presenta más sutilmente, quizá. Pero, algo abre la mente. A mí, me pasó con Borges, por ejemplo… De él, me impactó el valor que le daba al sustantivo. Nunca lo supo (se ríe), pero lo tomé como una guía –ubicada en un plano superior– para mejorar y perfeccionarme. –Por eso hablaste de suprimir los adjetivos. –Sí, sí, se vuelven innecesarios. Cuando escribo sale la adjetivación y al releer, la idea cobra más peso, se refuerza, si no están. –Ahora vas a la Feria del Libro y tendrás contacto directo con lectores… ¿Qué te significa esa relación? –Verles la cara, encontrarlos, es como un encuentro de amigos a distancia. Con algunos he tenido trato por correo electrónico, durante tiempo ya, y voy a verlos por primera vez. Otros serán nuevos, pero cuando regrese a Buenos Aires y esté escribiendo, tendré su recuerdo y su comentario presentes. Se va formando una comunidad que me envuelve mientras escribo. Me gustaría que la gente preguntara… Ahí es donde tengo el ida y vuelta que me alimenta. Más que dar una conferencia o hablar en general, como si fuera una clase, prefiero dialogar con el público.


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