Cuba acordó con el Club de París y comienza a pagar sus deudas

Por Redacción

Emilio Cárdenas (*)

Desde 1980 Cuba no ha pagado intereses ni devuelto el capital de los préstamos recibidos de los acreedores oficiales del exterior. Nunca. Un cuarto de siglo de una conducta que puede definirse como de incumplimiento total. Esto incluye el financiamiento de toda suerte de bienes –de capital y consumo– que fueron adquiridos en el exterior con financiamiento de los gobiernos extranjeros o de sus organismos de financiación o promoción de exportaciones. Es decir que recibía alegremente lo que “compraba” y simplemente no lo pagaba. Vaya comportamiento. Quienes desde entonces le prestaron dinero sabían perfectamente bien cuál iba a ser su lamentable “conducta”: la de un “mantenido”, perversa. No obstante, muchos gobiernos siguieron “financiando” al régimen castrista. Las cosas pueden ahora haber comenzado a cambiar. La isla está lentamente “normalizando” sus relaciones externas, incluyendo en este capítulo el financiero; reestructurando sus relaciones contractuales con el resto del mundo. Entre las novedades que van apareciendo cabe informar que Cuba acaba de llegar a un acuerdo sobre su deuda externa con el Club de París, una institución que desde 1956 agrupa a unos veinte acreedores oficiales (gubernamentales) de los países industrializados y que fue organizada precisamente para que este tipo particular de acreedores –los públicos o gubernamentales– pueda negociar sus eventuales acreencias con un mismo deudor, en conjunto; esto es, con igualdad de trato. Los acreedores del Club de París le condonaron a Cuba todos los intereses adeudados. Todos. Esto es un perdón de una deuda de unos 4.000 millones de dólares. Pero no se le perdonó el capital, importe que deberá devolver, como ciertamente corresponde, pero financiado a 18 años de plazo. Hablamos de un pasivo que ahora será del orden de los 2.600 millones de dólares. Como lo adeudado sumaba en total unos 11.000 millones de dólares, la diferencia será presumiblemente pagada a través de las llamadas “conversiones de deuda en inversión”; en especie, entonces, capitalizando proyectos concretos de inversión externa en Cuba, presumiblemente. La isla le adeudaba dinero a Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Francia (su principal acreedor en el Club de París), Italia, Japón, Holanda, España, Suecia, Suiza y el Reino Unido. Le debía “a cada santo una vela”. Y no le pagaba nada a nadie. Ahora podrá volver a operar con las instituciones que le habían cerrado el crédito. Cabe suponer que lo hará con vocación real de pagar y no de “bicicletear” a todos, como hasta ahora. Pero habrá que ir viendo sobre la marcha cómo es su conducta. Un deudor con ese feo pasado debe ser tratado con cautela. Cuba también le debe a la Argentina. Y no le paga. Ha llegado aparentemente el momento de sentarse a conversar. La pauta está escrita: perdonarle los intereses y darle plazo para pagar el capital adeudado. Lo ideal sería hacerlo sin plazo de gracia, de modo de ir constatando, desde el inicio, que Cuba se comporta como un deudor normal y no como un “aprovechador” serial, como en el pasado. Ocurre que los préstamos extendidos a Cuba tenían ciertamente destinos alternativos, como el de atender las necesidades de los que menos tenían en los países prestamistas. No es un tema menor, pero la historia certifica que la isla se aprovechó de todos, sin que esto le importara demasiado. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas