Cuba quiere abrirse

Por Redacción

Si los últimos baluartes del comunismo se destacan por algo, no es por la justicia social, ya que los miembros de la elite política y sus amigos disfrutan de una multitud de privilegios materiales negados a los demás, sino por la extrema pobreza en que vive la mayoría abrumadora de la población. Puesto que en la anticuada ideología marxista no hay nada que sirva para estimular la productividad económica, tanto los norcoreanos como sus correligionarios cubanos se han sentido obligados a importar algunas recetas desde el odiado mundo capitalista. Mientras que en Corea del Norte los cambios han sido apenas perceptibles, puesto que se limitan a la creación de algunas pequeñas zonas mixtas en que participan algunas empresas surcoreanas, la dictadura cubana acaba de abrir las puertas a los capitales extranjeros, una medida que, al confirmar el fracaso humillante del esquema revolucionario que fue adoptado hace más de medio siglo, podría tener consecuencias imprevistas. Según la nueva ley de inversiones que aprobaron, con la disciplina que les es habitual, todos los 412 integrantes de la Asamblea Nacional, durante ocho años las empresas extranjeras no tendrán que pagar impuestos sobre sus utilidades y, desde luego, no correrán el riesgo de verse expropiadas sin recibir la indemnización correspondiente. Dicho de otro modo, se prevé que la Cuba de los hermanos Fidel y Raúl Castro sea un lugar mucho más seguro para los inversores de lo que ha sido la Argentina de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

El régimen encabezado por Raúl Castro espera que los inversores extranjeros aporten al menos 2.500 millones de dólares anuales a la depauperada economía de la isla. Es probable que lo consiga. Por lo común, a los empresarios no les importa en absoluto la ideología o credo religioso de los gobiernos de los distintos países. Siempre y cuando las reglas sean claras y existan motivos para suponer que las autoridades están decididas a respetar la seguridad jurídica, estarán dispuestos a probar suerte. Desde su punto de vista, es mucho mejor un gobierno marxista previsible que uno presuntamente capitalista pero tan caprichoso como el de nuestro país. Puede que a su juicio las ideas de los hermanos Castro sean casi tan exóticas como las reivindicadas por los líderes de los emiratos del Golfo Pérsico, pero a pesar de tales excentricidades la dictadura cubana les parecerá relativamente confiable.

La razón por la que los hermanos Castro han optado por girar hacia el capitalismo no constituye un misterio. Lo mismo que los camaradas chinos y vietnamitas una generación antes, han llegado a la conclusión de que el modelo económico marxista no funciona como habían imaginado y que por lo tanto tienen que elegir entre la pobreza revolucionaria y el desarrollo. Asimismo, los más realistas saben que a partir de 1959 la economía cubana ha sido esencialmente parasitaria. Para sobrevivir, ha dependido de subsidios procedentes primero de la Unión Soviética y, últimamente, de la Venezuela chavista. La implosión del bloque soviético tuvo repercusiones terribles en Cuba; de caer el régimen tambaleante del Nicolás Maduro, el impacto sería menos fuerte pero así y todo muy doloroso. Es comprensible, pues, que la dictadura haya querido avanzar con mayor rapidez por el camino que ya fue abierto por los asiáticos que, entre otras cosas, han mostrado que, en el corto plazo por lo menos, un partido comunista totalitario puede convivir sin demasiados problemas con el capitalismo liberal. Con todo, mientras que a Pekín le ha resultado fácil relacionarse con la diáspora china, los comunistas de La Habana se sienten preocupados por la posibilidad de que la pujante comunidad de exiliados anticastristas que viven en Estados Unidos aproveche lo que para algunos será una oportunidad no sólo para ganar dinero sino también para intentar una reconquista ideológica. Si bien funcionarios del régimen dicen que no es su propósito “ir a buscar inversión extranjera en Miami”, entienden que no les será dado prohibirla y que, de parecerles atractivas las perspectivas, muchos cubanos o sus descendientes procurarán incidir en la evolución de la isla con la esperanza de que la debacle económica sufrida por el castrismo pronto se vea seguida por una derrota política aún más contundente.


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