Cuentas demasiado confusas

Redacción

Por Redacción

No cabe duda de que el ministro de Economía Axel Kicillof quiere mejorar la relación del país con el FMI porque, a pesar de sus presuntas convicciones heterodoxas, entiende muy bien que es el cancerbero que guarda la entrada a los mercados financieros mundiales, pero también quiere conservar el apoyo de su jefa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que ha hecho del organismo el malo más perverso de su película particular. Desgraciadamente para el funcionario estrella del gobierno, se trata de objetivos incompatibles; no podrá congraciarse con el Fondo sin enojar sobremanera a Cristina, pero para acceder a los préstamos que la Argentina precisa con urgencia necesitaría contar con el aval de la multilateral más influyente de todas que, para más señas, sirve de representante de los países más ricos. Aunque Kicillof logró que Cristina le permitiera asistir a la asamblea conjunta del FMI y el Banco Mundial que acaba de celebrarse en Washington, todavía no ha conseguido convencerla de la conveniencia de dejar que los odiados técnicos fondomonetaristas hurguen en las cuentas nacionales como prevé el artículo IV del estatuto de la entidad. Los motivos son dos; uno es que tanto Kicillof como Cristina saben que los números oficiales no resistirían una auditoría seria, otro es que, desde el punto de vista de la presidenta, sería demasiado humillante confesarse derrotada por aquellos a quienes en diversas ocasiones ha tratado con desprecio, ensañándose con ellos toda vez que le tocó aprovechar un foro internacional para difundir sus ideas. Luego de jactarse durante años de haber inventado un modelo económico superior a los reivindicados por los líderes de los países que llevan la voz cantante en el FMI, a Cristina no le gustaría para nada tener que admitir que ha fracasado. Según Kicillof, no es necesario que el FMI inspeccione la economía argentina porque “no le debemos un centavo”, pero sucede que virtualmente todos los países del mundo lo permiten. Al gobierno kirchnerista le molestó que, en vísperas de la asamblea general, el organismo haya comparado el estado de nuestra economía con el de la venezolana, pero así y todo prefiere solidarizarse no sólo con el convulsionado país bolivariano sino también con Ecuador, Somalia, Egipto y Eritrea, los únicos cuyos gobernantes insisten en mantener a raya a los especialistas foráneos. De más está decir que tal actitud no contribuye a inspirar confianza ni en el gobierno de Cristina ni en la fortaleza de la economía. Por el contrario, combinada con una de las tasas de inflación más elevadas del planeta y la decisión reciente de reducir drásticamente el porcentaje correspondiente al crecimiento del producto bruto el año pasado a fin de no tener que entregar más de 3.000 millones de dólares a los tenedores de bonos atados a la evolución del producto bruto interno, sólo sirvió para confirmar las sospechas de los convencidos de que los kirchneristas son incorregibles. En una época en que entre las economías consideradas más exitosas están algunas, comenzando con la china, que son manejadas por comunistas, al FMI no le interesan las preferencias ideológicas de los gobiernos. Lo único que le importa es la capacidad de los distintos países para cumplir los compromisos; si tiene motivos para dudarlo, le corresponde advertirles a sus socios de los riesgos que correrían y también alertar al resto del mundo para que se prepare para enfrentar un eventual default. Por supuesto, si funcionara bien el modelo del relato de Cristina, el FMI estaría más que dispuesto a darle el visto bueno por entender que no le sería difícil honrar todas sus obligaciones. Asimismo, en tal caso no se le ocurriría al gobierno responsable de una hazaña heterodoxa notable impedir que el organismo llevara a cabo una auditoría exhaustiva; antes bien, le pediría enviar al país equipos de inspectores con la seguridad de que terminarían felicitándolo por el éxito imprevisto de su gestión. El que no lo haya hecho es de por sí motivo de inquietud. Al negarse Cristina a permitir que desembarquen los técnicos del Fondo, sólo habrá brindado a los inversores en potencia más razones para sospechar que la situación económica del país es mucho peor de lo que Kicillof quisiera hacer pensar y que por lo tanto sería mejor esperar hasta la segunda mitad del 2015 antes de arriesgarse.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 16 de abril de 2014


No cabe duda de que el ministro de Economía Axel Kicillof quiere mejorar la relación del país con el FMI porque, a pesar de sus presuntas convicciones heterodoxas, entiende muy bien que es el cancerbero que guarda la entrada a los mercados financieros mundiales, pero también quiere conservar el apoyo de su jefa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que ha hecho del organismo el malo más perverso de su película particular. Desgraciadamente para el funcionario estrella del gobierno, se trata de objetivos incompatibles; no podrá congraciarse con el Fondo sin enojar sobremanera a Cristina, pero para acceder a los préstamos que la Argentina precisa con urgencia necesitaría contar con el aval de la multilateral más influyente de todas que, para más señas, sirve de representante de los países más ricos. Aunque Kicillof logró que Cristina le permitiera asistir a la asamblea conjunta del FMI y el Banco Mundial que acaba de celebrarse en Washington, todavía no ha conseguido convencerla de la conveniencia de dejar que los odiados técnicos fondomonetaristas hurguen en las cuentas nacionales como prevé el artículo IV del estatuto de la entidad. Los motivos son dos; uno es que tanto Kicillof como Cristina saben que los números oficiales no resistirían una auditoría seria, otro es que, desde el punto de vista de la presidenta, sería demasiado humillante confesarse derrotada por aquellos a quienes en diversas ocasiones ha tratado con desprecio, ensañándose con ellos toda vez que le tocó aprovechar un foro internacional para difundir sus ideas. Luego de jactarse durante años de haber inventado un modelo económico superior a los reivindicados por los líderes de los países que llevan la voz cantante en el FMI, a Cristina no le gustaría para nada tener que admitir que ha fracasado. Según Kicillof, no es necesario que el FMI inspeccione la economía argentina porque “no le debemos un centavo”, pero sucede que virtualmente todos los países del mundo lo permiten. Al gobierno kirchnerista le molestó que, en vísperas de la asamblea general, el organismo haya comparado el estado de nuestra economía con el de la venezolana, pero así y todo prefiere solidarizarse no sólo con el convulsionado país bolivariano sino también con Ecuador, Somalia, Egipto y Eritrea, los únicos cuyos gobernantes insisten en mantener a raya a los especialistas foráneos. De más está decir que tal actitud no contribuye a inspirar confianza ni en el gobierno de Cristina ni en la fortaleza de la economía. Por el contrario, combinada con una de las tasas de inflación más elevadas del planeta y la decisión reciente de reducir drásticamente el porcentaje correspondiente al crecimiento del producto bruto el año pasado a fin de no tener que entregar más de 3.000 millones de dólares a los tenedores de bonos atados a la evolución del producto bruto interno, sólo sirvió para confirmar las sospechas de los convencidos de que los kirchneristas son incorregibles. En una época en que entre las economías consideradas más exitosas están algunas, comenzando con la china, que son manejadas por comunistas, al FMI no le interesan las preferencias ideológicas de los gobiernos. Lo único que le importa es la capacidad de los distintos países para cumplir los compromisos; si tiene motivos para dudarlo, le corresponde advertirles a sus socios de los riesgos que correrían y también alertar al resto del mundo para que se prepare para enfrentar un eventual default. Por supuesto, si funcionara bien el modelo del relato de Cristina, el FMI estaría más que dispuesto a darle el visto bueno por entender que no le sería difícil honrar todas sus obligaciones. Asimismo, en tal caso no se le ocurriría al gobierno responsable de una hazaña heterodoxa notable impedir que el organismo llevara a cabo una auditoría exhaustiva; antes bien, le pediría enviar al país equipos de inspectores con la seguridad de que terminarían felicitándolo por el éxito imprevisto de su gestión. El que no lo haya hecho es de por sí motivo de inquietud. Al negarse Cristina a permitir que desembarquen los técnicos del Fondo, sólo habrá brindado a los inversores en potencia más razones para sospechar que la situación económica del país es mucho peor de lo que Kicillof quisiera hacer pensar y que por lo tanto sería mejor esperar hasta la segunda mitad del 2015 antes de arriesgarse.

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