“El Marginal II”: Cinco puntos por los que el estreno de la serie se convirtió en éxito

El estreno de la segunda temporada en la Televisión Pública se volvió récord y repasamos los por qué. Alerta, esta nota contiene spoillers.

18 jul 2018 - 16:52

Tan cruda e intensa como la temporada inicial, el comienzo de la segunda parte de “El Marginal” no nos dio respiro este martes, con el principio de la precuela de una historia que ya pudimos ver por la Televisión Pública y posteriormente en Netflix.

No apta para impresionables, la serie argentina rompió récords y metió once puntos de rating en horario central, además de ser tendencia durante la madrugada en redes sociales.

¿Por qué?

Si bien la salida de Juan Minujín de la tira (al menos por ahora) no convencía del todo a los fanáticos, la presentación en sociedad de los nuevos personajes residentes en la vida cotidiana de la cárcel “San Onofre” generaba curiosidad. Ahora nos encontramos con la esencia intacta de quienes ya habían aparecido (como el “Diosito” de Nicolás Furtado) y la suma de misterio que aporta cada una de las nuevas historias (como la de Patricio, interpretado por Esteban Lamothe o la incorporación de Verónica Llinás). Y sií, nos mantuvimos por ellos atados al sillón.
Sabemos que la realidad carcelaria lejos está de ser color de rosa, y ese hilo de relato se mantuvo. Si al público le faltaba capacidad de empatía con lo que sucede dentro de esos establecimientos, la visibilidad de las disputas de poder y las maneras en que se desarrollan los vínculos dentro de esas instituciones da realidad a una situación que puede estar en el imaginario colectivo, pero no siempre resulta (tan) palpable.
La velocidad impresa en cada una de las escenas no permite que quien mira la serie se despegue de lo que está sucediendo. Esta nueva temporada parece dejarnos incluso más manijas que la anterior (con un clima que viene desde el inicio con el tema musical de Sara Hebe), ya que mientras seguimos cómo despliega su impunidad “el Sapo” (Roly Serrano), por detrás vemos cómo acomoda el tablero de ajedrez Antín (Gerardo Romano) o la pelea que se propone Ema (Martina Guzmán) ante un sistema apolillado.
Todo es posible en el encierro claustrofóbico de la cárcel. Se percibe en las relaciones de poder y amor entre internos, la corrupción entre agentes y autoridades, el pesimismo de quienes trabajan en la institución y decidieron que no pueden hacer nada para cambiar el contexto. Como dice Diosito: “esto se parece más a una villa”; “esto es una villa”, le contesta Mario Borges en este primer capítulo y nos habla (ni más ni menos) del círculo vicioso de la marginalidad.
La música y el sonido ambiente. Sí, merecen un párrafo aparte. Rock y cumbia hacen de esta serie una marca personal, con letras que calan en lo profundo en dos estilos que no zafamos de escuchar a diario. Y cuando no hay música, el sonido ambiente permite que se te ponga la piel de gallina (imposible olvidar los llantos y gritos de desesperación en el incendio del cierre de la primera temporada). Los golpes suenan como un taladro y la muerte deja ese silencio espeluznante, en un lugar donde la desidia es moneda corriente.
Redacción central

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