«Todo un hombre», la serie de Netflix que retrata el derrumbe de un magnate y de su imperio

La serie de seis capítulos, que fiugura entre las favoritas de Netflix, es una adaptación de la novela de Tom Wolfe, del exitoso realizador David E. Kelly. Miseria, riqueza y valores en medio del derrumbe.

Charlie Croker morirá. Y eso sabe en la primera toma de la nueva propuesta de Netflix, “Todo un hombre”, producida por el rey de las series, David E. Kelly (responsable de “Big Little Lies”, de “El abogado del Lincoln”, y un larguísimo etcétera) y protagonizada por Jeff Daniels.


Morirá teatral y absurdamente, en el primer y el sexto capítulo de esta serie que es la adaptación de una novela de 762 páginas de Tom Wolfe, el llamado padre del nuevo periodismo de los años sesenta, y autor, entre otros libros, de “La hoguera de las vanidades”.


En 1998, cuando salió la novela que lleva el mismo título que la serie, los escritores John Updike, Norman Mailer y John Irving, la defenestraron. Wolfe, que no tenía ningún pelo en la lengua los llamó “Los tres chiflados”.


Algo de esa lengua desatada, pero sobre todo de esa vanidad desatada, es lo que tiene Charlie Croker, el protagonista de esta historia de seis capítulos. Con su tono sureño, en una Atlanta siempre agrietada por sus conflictos sociales y morales, el magnate inmobiliario Charlie Crocker se cree rey, inmune a todo y a todos. Es el dueño de un monstruoso edificio que hace brillar a toda la ciudad, se compró un enorme haras para ir a cazar codornices, vuela sin discreción en sus jets privados y le gusta alardear : de su mujer, 30 años más joven, y del sexo. Casi todas sus referencias parecen tener connotaciones sexuales. Son testosterona pura . ¿Suena a Donald Trump?. Puede ser. Su fantasma sobrevuela la serie.


El problema de Crocker es que inmediatamente después de celebrar un fastuoso cumpleaños de 60, con Shania Twain cantándole en vivo ‘You’re still the one’, tiene una reunión con Harry Zale (el gran Bill Camp), director del departamento de gestión de un gran banco, que le recuerda que debe 800 millones de dólares. Y entonces, este hombre que hace alarde de la virilidad, que se cree dueño del mundo, empieza a notar que el mundo, el suyo al menos, puede desmoronarse.


Lo interesante de la serie es que pinta seres ambivalentes y todo las tonalidades de grises éticos sobre temas sociales. No es que Crocker sea el objetivo fácil y exclusivo de todas las críticas. Porque junto a su historia, hay toda una pintura de los que lo rodean: ahí está Roger White (Aml Ameen), el respetado asesor legal negro de Croker que debe, además, defender a Conrad Hensley, el marido de Jill , la recepcionista de Charlie, que fue arrestado en la calle por protestar porque una grúa le llevaba el auto. A la vanidad de Crocker, entonces, se le suma esta capa humanitaria, cuando paga la fianza y cede a su propio abogado para que defienda a un hombre que está claramente siendo perjudicado por su color por un juez blanco.


Pero ahí está también el alcalde Atlanta que, en busca de una reelección, quiere volver a despertar el trauma en una probable víctima de agresión sexual solo por arañar unos votos. Algo para lo que necesita a Crocker. El alcalde intenta seducirlo negociando su deuda a cambio del testimonio de una conocida de Crocker.
Nadie es trigo limpio. Nadie es trigo sucio. No completamente.

El problema de “Todo un hombre” y su tono satírico, y por momentos ramplón, es que la tramas y subtramas empiezan a tropezar, en lo que parece un apuro por cerrarlas. Hay resoluciones que parecen logradas a hachazos.

Todas las tramas y subtramas de "Todo un hombre"

Por partes. Por un lado, está el duelo crediticio entre Croker y el dúo de vengativos financieros que forman Zale (Bill Camp) y Raymond Peepgrass (Tom Pelphrey), una especie de segundón carcomido por la envidia que lo que más quiere en el mundo es hundir a Crocker y parecerse a él. Por el otro, está el drama legal de Hensley.
Y en el medio, crecen ramificaciones desprolijas, como por ejemplo el esperpéntico romance de la primera mujer de Crocker, Martha (una gran Diane Lane) con Peepgrass , mientras ella aspira a conservar el valor de sus bienes.


La decadencia de Crocker, aún entre de algunos atisbos de entereza, es tan patética como grotesca. Pero casi nadie -salvo el marido de Jill , que resiste estoico la prisión y el juicio- y casi nada está a salvo de esa caída: la sociedad, la política, la religión, las aspiraciones, las relaciones sexuales, los valores, todo huele mal. El derrumbe es completo.


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